De la lucha por la tierra a la agenda municipalista

 

Foto: Verónica Gómez

 

Uno de los focos más importantes de la lucha por la tierra en los años ochenta en Chiapas fue la zona norte. En la reseña histórica de la llegada de mujeres y hombres de otras entidades al estado de Chiapas, una de las oleadas tuvo que ver no con la fase de la toma de tierras y la construcción de las grandes organizaciones campesinas, sino con la de hacer producir las tierras ganadas. La lucha por la tierra en México puede ser un elemento mítico, como lo han sugerido algunos autores, pero ha dejado siempre sus huellas y registros en la memoria de quienes encabezaron las batallas respectivas. Y de quienes las acompañaron.

Estas mujeres que se incorporaron a distintos procesos organizativos,  como “los técnicos” (en masculino, aunque hubiera mujeres), iniciaron la construcción de la organización propia de las mujeres indígenas, luego de que éstas les dijeran: “queremos aprender de política”.

Así lo recuerdan: “las mujeres tzotziles y choles de la zona norte nos hicieron feministas, porque el planteamiento de ‘queremos trascender nuestros sistemas de producción y hablar de política’, nos llevó a hacerle caso a algunas de nuestras compañeras que nos decían siempre “¿cuándo le van a entrar con las mujeres?”.

Quienes han sido partícipes directas saben que, si construir una organización de mujeres indígenas en las zonas rurales es una ardua travesía que ocurre, en sus orígenes, en los años ochenta, hacerlo en el contexto de una organización mixta guarda todas las complejidades y problemáticas imaginadas.

Las mujeres indígenas y campesinas siempre estuvieron ahí, pero pocas veces se las veía. Como se ha argumentado en la academia, en las grandes organizaciones campesinas participaron siempre, de muchas maneras, reproduciendo los roles de género tradicionales pero también al frente de las movilizaciones. En la imagen de las mujeres que defienden sus comunidades y pueblos no aparece la violencia política y la violencia de género específica que vivieron, pero refleja, bien o mal, la ingente participación femenina: “las mujeres encabezaban la entrada a los predios, eran ellas porque partían de que el ejército no iba a disparar en contra de las mujeres”.

Las grandes organizaciones campesinas se han regido, en buena medida, por ese binomio político de movilización-negociación. Fue su línea de acción central. Lo hicieron, por ello mismo, en el marco del Consejo Estatal de Organizaciones Indígenas y Campesinas (CEOIC), en los primeros años del levantamiento zapatista, lo que les costó ser llamados “traidores”.

Congruentes con su línea de acción, aquí y en otros estados, algunas de esas organizaciones han apostado por la lucha municipalista y, por ende, la vía electoral. Otras se han rehusado a hacerlo.

En todo ese proceso las mujeres han estado presentes.

Y, sin embargo, hay una deuda histórica con ellas.

Las mujeres han hecho de todo, desde la tortilla y el frijol para marchas y plantones hasta la formación de los escudos humanos necesarios. Han apoyado también las campañas políticas de los compañeros que acceden a cargos de elección popular.

Ellas han hecho de todo, pero siguen en falta.

En el ámbito de la representación política siguen en deuda.

Treinta o cuarenta años se dice pronto: es el período histórico que estas mujeres han tenido para dejar el espacio privado y doméstico -con el que se las asocia- a la esfera pública. Sin llegar a la representación política, claro. La participación social y política se ha extendido enormemente, en todas las formas y los métodos posibles, pero no ha tocado aún las fibras del poder municipal.

El ensayo más cercano a la representación política femenina en la zona indígena y rural fue en el Proceso Electoral Local 2014- 2015, pero demasiado apresurado para conseguir buenos frutos. Como se recordará, la confección de las listas partidarias en los ayuntamientos se hizo apenas una semana antes de la jornada electoral, tomando por sorpresa y asalto las rígidas estructuras partidarias. Y el resultado es el que conocemos.

Hoy por hoy, el escenario es distinto.

Hoy por hoy, esas mujeres adultas y jóvenes forjadas al calor de las luchas por la tierra en los ochenta y las luchas municipalistas en sus lugares de origen, desde los años noventa, podrían encabezar las listas de varios partidos políticos. Ya es  tiempo de que los liderazgos masculinos vean en estas mujeres formadas políticamente un capital social imprescindible en las luchas electorales por venir.

Esas mujeres indígenas que reivindican su identidad son mujeres con arraigo, con trayectoria política, con fuerte compromiso con sus comunidades y municipios.

Si algunos de tales municipios indígenas van por la vía de los usos y costumbres (que podría revelar, no afirmo categórica que así sea, una disputa partidaria, la búsqueda del reposicionamiento de poderes determinados), en otros parecería impensable hacer procesos electorales sin partidos políticos.

Menos aún con candidaturas independientes.

El ámbito rural no es el ámbito urbano.

De manera que se tiene la ley de paridad –para decirlo pronto-, la formación de liderazgos femeninos, y una elaboración cuidadosa de agendas locales trabajadas en las últimas dos décadas. Es decir: se conoce bien qué y cómo hacer.

¿Faltará la voluntad política en las estructuras partidarias? ¿Faltará la visión política?

Tal vez la representación política en el ámbito rural e indígena corre por caminos distintos a la de las ciudades. ¿Sería posible una candidatura independiente?

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