Definición de maga

Mujer que sueña. Fotografía: Flor Garduño

 

Los lectores saben que no hay más maga que La maga, de Cortázar, de Rayuela; la maga de los puentes de París, la despistada mamá de Rocamadour; es decir, la maga es un prodigioso personaje sacado de la chistera del mago.

Pero, cualquier mortal lo sabe, hay más magas en el mundo. A través de los siglos, como los genios, algunas magas han brotado sin que se sepa bien cómo es el nacimiento. La maga (lo dice el más elemental diccionario) “realiza cosas extraordinarias, gracias a la ayuda de seres o fuerzas sobrenaturales”. ¿Cómo se establece ese puente? ¿Por qué? Lo importante en la definición es admitir que la maga está por encima de lo natural; por eso asombra, por eso es diferente y sobresale entre millones y millones de mujeres que son “naturalitas”, que no miran más allá de los pañales del hijo o de la computadora en la oficina.

Perdón, no puede haber magas en las oficinas de gobierno, simple y sencillamente porque en estos espacios la magia no se da (bueno, parece que los directores y secretarios sí saben realizar el conocido truco pedestre de desaparecer el dinero de las arcas públicas, pero de ahí en fuera no hay otro prodigio).

La maga verdadera no se conforma con hacer trucos de cartas o con sacar conejos de sombreros, ni con aparecer monedas de oro en las bolsas de los incautos. ¡No! La maga hace que sus amados, por ejemplo, sueñen ríos de deseo y siembren varas de incienso en el cuerpo de ella.

La magia, lo sabe medio mundo, sirve para que la vida terrenal realice un guiño a lo sobrenatural. Lo que está por encima de lo cotidiano, entra en el terreno de los dioses. El campo donde la maga crece es el Olimpo.

Se dice que la vida sería insoportable si no, de vez en vez, un prodigio de maga modificara la rutina. Ya se dijo que las magas se dan muy de siglo en siglo, pero se debe admitir que toda mujer, aún la más liviana, la más hoja seca de otoño, posee en su ADN la simiente del prodigio; es decir, toda mujer lleva, como hijo no nato, la posibilidad de lo sobrenatural.

A veces, no sé ustedes, veo en los ojos de mi mamá algo como una luz que no es terrenal, que nada tiene que ver con el brillo del sol o con el reflejo de un lago; es una luz casi sobrenatural, una luz que mora en distancias más allá de lo inmediato. Sé, entonces, que en ese momento, cuando mi mamá de ochenta y seis años de edad abraza a su hijo de cincuenta y nueve, algo accede al otro lado de la grieta elemental. Mi mamá, como si fuese una niña, brinca y corre por campos donde lo milagroso es lo cotidiano.

Las magas poseen el don de la intuición. Se sabe que la intuición no corresponde a las leyes de la aburrida física. ¡No! Ese elemento (no me pregunten cómo se da) tiene un hilo con vasos comunicantes, con lo que está más allá de lo cercano, de lo tangible, de lo mensurable.

Por eso, tal vez, la definición de maga debería incluir la palabra ala, porque la maga es una mujer que sueña, pero no lo hace con los pies en la tierra, ya que su mundo, como el mundo de Cristo, no es de este mundo.

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