Definición de inferior

Hay palabras que deberían encerrarse en jaulas; es decir, que no tuvieran capacidad de volar por todos los cielos, que no fueran capaces de aplicarse en cualquier contexto. Inferior es una palabra que debería ser limitada en su aplicación.

A mí me encanta la palabra inferior, cuando se aplica a contextos físicos, por ejemplo. Es fascinante aplicar el término inferior cuando un objeto está por debajo de otro, que existe en un plano inferior. El maestro Beto, en aquel salón casi en penumbras, que sólo tenía la luz de la puerta que siempre permanecía abierta, nos decía que el infierno estaba “en el plano inferior” y, con la regla de un metro, somataba el piso de madera. Nosotros, niños inocentes, temblábamos y mirábamos hacia abajo, hacia donde la regla del maestro señalaba. Imaginábamos que debajo de ese planchón de madera había túneles que conducían, irremediablemente, a los territorios donde los demonios, con tridentes gigantescos, azuzaban a los pecadores y los empujaban para que cayeran en lagunas de agua hirviente. Nosotros, por fortuna, permanecíamos en un plano superior.

Cuando fui al panteón por primera vez, al entierro del tío Eustoquio, quien murió (así lo dijo su hermano Ernesto) de tanto tomar trago, me hice hacia atrás, hasta chocar con un árbol, cuando vi que habían abierto un agujero para meter el cajón donde estaba el cuerpo del tío difunto. Entendí la cara de cabra que había puesto el tío Ernesto al decir que su hermano había muerto por tanto tomar trago; entendí que los bebedores consuetudinarios eran pecadores; entendí que al tío Eustoquio lo habían condenado a permanecer en el infierno, por eso lo habían metido en ese hueco, que luego habían cubierto de tierra, para que no tuviera posibilidad de escapar.

El cielo, por supuesto, estaba en un plano superior.

Cuando iba de día de campo con mis papás o con el tío Gilberto y mis primos, me encantaba mirar hacia arriba, hacia donde estaba el cielo, hacia el lugar a donde iban los muertos que en vida se habían portado bien.

Cuando la tía Hermila me contó que a todos los muertos los enterraban se me hizo injusto el tratamiento. Los mal portados sí debían ser enviados al plano inferior, pero ¿por qué a los bien portados les aplicaban el mismo trato?

Alfonso me dijo que su abuelo, un viejo que había participado en la revolución mexicana, siempre criticó esa práctica que, como decía Sabines, es “una costumbre salvaje”. Por eso, el abuelo exigió como última voluntad que lo incineraran, que lo llevaran a la orilla del río Grijalva, que levantaran un túmulo con maderos y que, a la usanza de los hindúes, envolvieran su cuerpo en una sábana y lo quemaran. Que los desechos de su cuerpo fueran llevados, en un costal, a la cima del Tacaná y los esparcieran en los arremetidos de las cuevas para que los consumieran los zopilotes y los animales de rapiña.

La palabra inferior sólo debería aplicarse para los planos físicos, jamás para comparar capacidades humanas. Debería proscribirse su uso para designar planos intelectuales. El racismo tiene un elemento de justificación en el uso indiscriminado de tal vocablo. ¿Quién puede asegurar que existen razas humanas superiores y razas humanas inferiores? ¿Qué maestro, y con qué autoridad moral, puede determinar que un alumno es inferior al otro en capacidad de raciocinio o en inteligencia? El término inferior debería estar limitado sólo en su aplicación a objetos, debería meterse en una jaula y, como loro casero, cortarle las alas para que no volara en cielos que, se supone, debería ser sólo territorio de espíritus superiores.

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