Definición de Maximiliano

 

Todo mundo reconoce que es un nombre propio. Nombre que han tenido hombres modestos y hombres destacados. En México, sin duda, muchas personas, al escuchar el nombre, lo relacionan con un personaje fundamental en la historia de la patria: Maximiliano de Habsburgo.

En la escuela primaria aprendí (porque así me lo enseñaron los maestros) que el tal Maximiliano fue el principal opositor de Benito Juárez, por lo que, en una ecuación simple, todo mundo llegaba a la conclusión de que nosotros, mexicanos irredentos, debíamos estar de parte de don Benito y aborrecer la figura del Emperador que había llegado a usurpar el poder. ¿Cómo -se preguntaban los maestros- podíamos estar a favor de un extranjero? ¿No sabíamos acaso que Benito Juárez había sido un presidente indígena que, siendo apenas un modesto cuidador de ovejas, gracias a su talento y a amor por la patria, había llegado a ocupar la primera magistratura?

Los maestros hablaban como si de su boca salieran flores cuando mencionaban al indio de Guelatao y lanzaban piedras cuando mencionaban a Maximiliano de Habsburgo. Preguntaban: ¿Debemos venerar al de nuestra tierra, al de Guelatao, o al de tierra ajena, al de Habsburgo? Todos, a una voz, decíamos: ¡Al de nuestra tierra, al de Guelatao! La verdad es que para nosotros, niños de diez u once años, no había mucha diferencia entre Guelatao o Habsburgo, pues eran nombres raros de tierras igual de raras.

¿Quién sabía dónde quedaba Guelatao? ¿Quién sabía dónde quedaba Habsburgo? Ah, para los ignorantes, los maestros desplegaban un mapa mundial y, con una vara de membrillo (que lo mismo usaban para señalar puntos de mapas o para pegarnos en las piernas cuando no dábamos bien la respuesta a la pregunta: ¿Cuál es la capital de Uruguay?), señalaban el estado de Oaxaca e insistían en un punto que era como una cagada de mosca. ¡Acá nació el Benemérito de las Américas!, decían los maestros y nosotros, niños cumplidos y respetuosos, abríamos la boca, como si nos maravilláramos. Luego, los maestros, con cierto tono déspota e irrelevante, mostraban un punto más grande. Acá está Austria, decían los maestros, en Europa. Y punto, ni una palabra más.

Miento. Sí decían más palabras, recalcaban que el tal Maximiliano era (ya lo habían dicho) un extranjero, un hombre que no correspondía a nuestras raíces y nos enseñaban fotografías de ambos personajes. Benito era un chaparro, moreno, raza de bronce; Maximiliano era un hombre alto, barbado y con ojos claros. Los ojos de Benito eran del mismo color de su piel. ¿A quién debíamos venerar? ¡A Juárez!, decíamos todos.

El tío Romeo siempre dijo que si sus padres lo hubieran bautizado con el nombre de Maximiliano los demandaba. Mientras todos reían preguntaban si era porque sería una vergüenza llevar el nombre del archiduque. ¡No, no!, decía el tío Romeo y aclaraba: “Nunca permitiría que alguien pensara que yo fuera un Maxi mil y, encima, ano, como decir, muchos miles de culos”. Y ahí era él quien disfrutaba su bobera.

Los maestros nos decían que Benito Juárez murió de una angina de pecho, en su habitación del palacio nacional; nos decían que Maximiliano murió fusilado en el Cerro de las Campanas, cinco disparos terminaron con su vida.

La lección era que el ovejero, que había cuidado ovejas en el campo, había muerto en un palacio; y el heredero de un palacio austriaco, había muerto en un campo sembrado de piedras.

Sí, parece que el tío Romeo tenía razón: era de muy mal augurio llamarse Maximiliano.

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