Definición de barco

Monumento al Maestro en Plaza de la Inmaculada, frente a la Catedral de San Antolín

¡Es genial! A veces el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es ¡genial! Si uno busca la definición de barco halla, en su primera acepción, lo siguiente: “Embarcación de estructura cóncava y, generalmente, de grandes dimensiones.” ¡Sí, sí!, tienen razón, es una definición sin mucha gracia. La genialidad aparece cuando seguimos leyendo y hallamos, en su cuarta y última acepción: “Profesor benévolo al dar calificaciones”. ¿A poco no? ¿Verdad que esto linda con lo genial?

Claro, el diccionario aclara que se emplea de manera coloquial. Resulta una genialidad reconocer que, en México, barco también significa “Profesor benévolo”.

Resulta pertinente la aclaración, porque no faltan los alumnos que emplean la palabra de manera despectiva. ¿Cómo decirles que se fijen en la definición del diccionario? ¿Cómo explicarles que esta definición privilegia la palabra benévolo? La benevolencia nada tiene que ver con la gazmoñería.  ¡No! La benevolencia es un valor sublime. Ya que andamos con definiciones de diccionario, acudamos de nuevo al de la Real Academia y leamos qué dice respecto a benévolo: “Que tiene buena voluntad o simpatía hacia las personas o sus obras”; es decir,  un maestro barco es más grande que los maestros estrictos, porque estos últimos basan su sistema de medición en tasas estadísticas severas, despojadas de cualquier sentimiento.

¡Ah, cuántas veces hemos escuchado decir que fulano de tal es un maestro barco! Quienes lo dicen, lo dicen con la línea que refiere a un maestro tonto, del que no tiene el suficiente carácter para aplicar con severidad la norma de la evaluación.

No sé ustedes, pero a mí me parece genial que, por una parte, el diccionario haya contemplado tal acepción de barco (y de manera tan generosa) y, por otra parte, que existan maestros barcos. ¡Ah, qué vocación tal maravillosa! Los maestros barcos son aquéllos que surcan los más extensos mares, los que vencen todos los huracanes, los que bogan con libertad, los que, en última instancia, avanzan siempre.

No sé ustedes, pero a mí me parece genial que alguien sueñe con ser un barco y logre su deseo. ¿Cuántos profesores se quedan en simples piedras, en desnudas sandalias? ¡Ah, ser barco debe ser lo máximo!

¿Por qué no en todas las plazas del mundo se levantan estatuas con barcos para recordar las hazañas de esos maestros que, benevolentes, navegaron por la vida con el estandarte de la buena voluntad por delante?

Si alguien piensa que por culpa de los maestros barcos (que ponen ochos, nueves y dieces a alumnos que, supuestamente,  no lo merecen) el mundo está plagado de profesionales mediocres, yo digo que eso no es culpa del maestro que los trató con benevolencia. Él les dio una lección al colgar en su verga dura la vela que podía llevarlos a buen puerto. Si ellos, los alumnos malhechos no entendieron la lección no fue culpa del viento sino de su espíritu chichina.

Por eso digo que debería erigirse una estatua en cada plaza del mundo para dejar constancia que, cuando menos, alguna vez, un maestro trató con benevolencia a la infecta cucaracha. Si comprendiéramos la lección una luz aparecería a mitad de la cueva, lugar donde la vulgaridad abona todos sus árboles.

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