Feminismo joven, Jóvenes feministas

Primer Congreso Feminista. Foto: Verónica Gómez

Sin feministas jóvenes el feminismo no es posible en el presente ni en el futuro: tal fue una de las ideas-fuerza en la organización y el diseño del Congreso Feminista en Chiapas de noviembre de 2016. La otra idea-fuerza, sobre la que repetidamente he escrito en esta columna, fue recuperar la memoria y la historia de los movimientos y los procesos organizativos feministas.

Sin memoria ninguna radicalidad es posible.

Sin historia ninguna lucha camina hacia adelante.

Cada mesa del Congreso Feminista estuvo así conformada por mujeres adultas y mujeres jóvenes, en la idea explícita de espejearse, comunicarse, conocerse y reconocerse.

Quiensabe si lo logramos, pero lo intentamos.

Resultaría una larga lista si nombramos a todas las jóvenes presentes en el Congreso Feminista, de manera que enunciaremos tan sólo  algunas de las problemáticas que afrontan y contra -o por- las que luchan.

Hay que decirlo: Los combates contra la violencia hacia las mujeres en todas sus formas, empezando por el feminicidio, constituye el pilar de las luchas de las feministas jóvenes.

La defensa del derecho a decidir sobre el propio cuerpo, que es defensa de la decisión de abortar, pero también de lograr transformaciones corporales y prácticas sexo-afectivas no binarias: ése es otra de las grandes luchas que se libran hoy por hoy. Una lucha no concebible separada de la autonomía, esencia que cruza todos los feminismos.

La defensa del ambiente, las luchas por el derecho al agua y al territorio, la lucha al lado de las mujeres privadas de la libertad, la lucha por una socialización primaria distinta de niñas y niños que evite la reproducción temprana de las desigualdades impuestas a cuerpos generizados, a corporalidades selladas –condenadas- desde la heterosexualidad obligatoria y el patriarcado.

Las luchas  contra las humanidades esclavizadas de antiguo y las luchas por la reivindicación de las afrodescendencias.

La lucha por la tierra, donde las mujeres campesinas e indígenas siempre estuvieron, pero no se las veía.

La lucha por el derecho a participar.

La lucha por la información, por construirla a partir de la experiencia de las mujeres (toda una novedad ésta, una de cuyas semillas también está en Chiapas) y por difundirla para que llegue a muchos espacios y a todas las personas.

Primer Congreso Feminista. Foto: Verónica Gómez

¿Qué hay de nuevo en todo ello?

Una de las premisas más cuestionadas en diferentes mesas –de la que me asumo como responsable- fue lo que se llamó, o llamé, “nuevos feminismos”. ¿Es el feminismo afrodescendiente un feminismo “nuevo”? ¿Es el transfeminismo un feminismo “nuevo”? Sin llegar a discutir a fondo por qué sí o por qué no, lo cierto es que en Chiapas algunos de los feminismos presentes en el Congreso son nuevos en el sentido de que aparecieron hace tan sólo unos años y en el sentido de que son personas jóvenes quienes los enarbolan.

Admito, con humildad, que en el párrafo precedente falta materia teórica y –oh, sorpresa- materia histórica para argumentar a favor de la novedad de tales feminismos.

Hablemos entonces desde la perspectiva generacional.

Feministas jóvenes.

Jóvenes Feminismos.

Las luchas de las feministas jóvenes se libran en las calles, con movilizaciones masivas, pero también por vías institucionales.

Se libran por medios de grandes redes feministas, con financiamiento y sin éste.

Se libran, y tal vez aquí radica la mayor de las novedades, a través de las redes sociales.

Así se dejó ver en el Congreso Feminista, y así se constata en el día a día.

Las redes sociales juegan un papel fundamental en la política feminista contemporánea y en toda política, a juzgar por hechos recientes. Las redes sociales tienen grandes virtudes porque posibilitan poder diseñar proyectos editoriales en línea y difundirlos a través de las cada vez más numerosas vías virtuales. Posibilitan hacerlo al mínimo costo.

(A decir verdad, nunca fueron un problema los costos económicos, ya que las feministas siempre “ponemos de nuestro bolsillo” para los proyectos que emprendemos).

A través de las redes sociales se llega a un sinnúmero de personas en todos los puntos imaginables del orbe, como nunca antes visto.

Y, sin embargo, las redes sociales tienen desventajas.

Su potencial puede ser su mayor riesgo.

La espontaneidad de quienes escriben y la rapidez con que se difunde lo escrito, ha jugado a favor de las iniciativas y movilizaciones feministas, así como a potenciar en distintos grados convocatorias diversas. La espontaneidad, no obstante, también alimenta la ira. Y este pecado capital -permítaseme el plagio-, juega en contra de las alianzas.

Las palabras que resultan de la ira o el enojo no son las mejores aliadas.

Si, en contextos determinados, se piensa con razón que las alianzas con no-feministas pueden ser indiferentes, políticamente quiero decir, se puede estar equivocada con toda probabilidad si se piensa que las no-alianzas con feministas  favorecen varias de  las luchas libertarias arriba enunciadas.

De ahí la relevancia de la memoria y la historia, que permita ver los cleavages, los conflictos y los resultados.

Hagamos corte de caja.

La necesidad de estas mesas-encuentros que tejieron el Congreso Feminista fue, en todo caso, uno de los impulsos básicos del gran evento: partimos del fuerte desconocimiento mutuo que tenemos entre feministas históricas, feministas de segunda generación y feministas jóvenes. No siempre el conocimiento lleva al reconocimiento, pero por lo menos hay que saber qué hacemos todas y cada una de nosotras en este contexto en el que las mujeres y las personas no binarias estamos en condiciones de vulnerabilidad por las violencias que se ciernen sobre nosotr@s. Un contexto donde siguen siendo válidas las luchas de ayer.

Y sobre todas las cosas: sin el reconocimiento de las feministas jóvenes por las antecesoras, no hay feminismo que perdure en el tiempo y el espacio.

O resulta mucho más difícil.

Entre feministas hay que reconocernos.

Es un necesario juego de espejos.

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