Mujeres, Género y Feminismos

Fotografía: Primer Congreso Feminista de Chiapas, 2016, Verónica Gómez

III Parte

En las entregas previas, señalaba que los años ochenta del siglo XX constituyen un periodo clave -no sólo en Chiapas sino en todo México- para la emergencia de varias vertientes del feminismo, y también para la consolidación de un objeto-sujeto de investigación nuevo en la academia: “la mujer”.

En efecto, si en el Distrito Federal –hoy Ciudad de México- en los años setenta ya había expresiones claras de esa específica producción emergente, es en la década siguiente que cobra relevancia y reconocimiento social. Al menos entre un sector importante de la academia había tal reconocimiento, ya que, a decir verdad, todavía luchamos por la legitimidad académica de los estudios de género, pero sobre todo de las investigaciones feministas.

Al respecto, mucho se ignora todavía y, por tanto, mucho hay por hacer.

Más allá del momento actual que vivimos, podemos reconocer que muchas cosas ocurren para que sea posible la emergencia y consolidación de una tema de investigación como el de “la mujer”.

No cabe duda que la Primera Conferencia Internacional de la Mujer, realizada en México en 1975, fue importante en tal sentido, ya que alentó procesos microsociales en marcha en clave de “mujeres” y en clave “feminista. No quiere decir que los creó, sino que generó posibilidades diversas para hacer más públicos y, acaso, más extendidos tales procesos micro.

No puedo explicarme de otra manera la realización, en 1976, del Primer Simposio Mexicano Centroamericano de Investigación de la Mujer, realizado en el Distrito Federal. “Algo” posibilita los procesos, pero también “alguien” los lidera y conduce, alguien los protagoniza. Muchas mujeres en aquellos años empezaban a destacar la importancia de centrarse en “la mujer”, tanto en la reflexión como en la práctica.

Al volver la vista atrás saltan nombres de grandes maestras, algunas de las cuales ya no están con nosotras. De hecho, se fueron muy pronto, como la gran Alaíde Foppa, desaparecida en Guatemala en 1980.

Fotografía: Primer Congreso Feminista de Chiapas, 2016, Verónica Gómez

Si bien en aquella época se solía hablar de “la mujer mexicana”, “la familia mexicana”, “la mujer cubana”, “la mujer en China”, lo que en todo caso refleja las amplias miras de quienes escribían, lo importante desde una perspectiva histórica es que el “objeto” de investigación y reflexión política ya estaba identificado. Así lo muestran las publicaciones de los setenta, pero sobre todo de los ochenta.

Es también en ese largo periodo que las “campesinas” son el sujeto privilegiado de análisis, al menos en la academia. Un análisis difícilmente divorciado de un proyecto político de transformación social. Hay épocas, digo yo, con los ánimos revolucionarios a flor de piel y aquélla, sin duda, ha sido una de las grandes épocas en la historia. En ella, la academia no se concebía divorciada o separada de la vida política ni de un proyecto político.

En los noventa serán mujeres campesinas indígenas el sujeto de investigación de co-labor, como se empezó a llamar a la ciencia social “comprometida” (término común en los años previos). Es decir, damos otro salto o, mejor dicho, emprendemos un viraje en la academia al pasar de reconocerlas como “campesinas” a nombrarlas como “indígenas”.

También apunté en las entregas previas a ésta que en los noventa se dio un boom de publicaciones sobre mujeres y género, ya bien asentada esta última categoría tanto en la academia como en la vida pública y política.  Los noventa son años importantes porque nuevos temas son colocados en la academia.

Sin embargo, más allá de las temáticas, en los ochenta y noventa no sólo nos obligamos a pasar del singular  mujer al plural “mujeres”, sino también a precisar ¿de quiénes hablábamos? En la investigación sobre participación política, por ejemplo, observamos que no todas las mujeres indígenas o mestizas se organizaban o se involucraban en actividades de transformación social. No valía entonces hablar de “las mujeres se organizan”. Era/es un número determinado de mujeres que, por ser posiblemente indeterminado –permítaseme la circularidad y cacofonía-, nos referimos a ellas (a nosotras) como mujeres organizadas.

Parece de poca monta la identificación antedicha que las feministas hicimos en aquel momento, pero no fue así. Pasar de “la mujer” a “las mujeres” y de ahí a referir con mayor precisión de quiénes hablábamos fue un importante cambio en la investigación.

En este sentido la perspectiva de la interseccionalidad y la matriz de opresiones ha sido útil para asentar que no todas las mujeres somos iguales, sino que nuestra condición está cruzada por el género, la raza (o etnia), la clase social, entre las variables más significativas. Es decir, conscientemente o no, encontramos que la categoría de género  no sólo ha ayudado mucho en la investigación social, sino que tiene limitaciones considerables que es necesario enfocar.

Además de las primeras variables que fueron puestas en la mesa al lado del género, los primeros años del siglo XXI arrojaron con fuerza otras variables que durante mucho tiempo pasaron inadvertidas (por invisibles, cuando no por temidas): entre ellas, la llamada preferencia sexual, la diversidad sexual, las disidencias sexuales.

Mucho ha pasado en la investigación social sobre mujeres, género y feminismos. No me detengo en sus detalles porque forma parte todo ello de una investigación en curso, [1] la cual espero publicar en el 2018.

Precisamente la idea del Primer Congreso Feminista de Chiapas, realizado en noviembre de 2016, fue recuperar la memoria y la historia de todo lo que hemos hecho en la entidad en clave de mujeres, género y feminismos. Las mesas dedicadas a los estudios de género y las investigaciones feministas en dicho Congreso Feminista, tema del que nos hemos ocupado en las últimas contribuciones de esta columna, fueron un botón de muestra de lo que mucho que se ha trabajado en esta dirección.

Gracias enormes a las participantes destacadas en esas mesas, todas ellas estudiosas del género y/o de los feminismos, investigadoras de varias generaciones: Mercedes Olivera Bustamante, Walda Barrios, María Elena Fernández Galán, Graciela Freyermuth, Anna María Garza Caligaris, Karla Chacón Reynosa, Teresa Garzón Martínez, Angélica Aremy Evangelista, Daniel B. Chávez Coleman, Hilda Argüello.

Como comercial de cierre comparto la noticia de que ya tenemos el primer vídeo de ese Primer Congreso Feminista de Chiapas, y pronto tendremos las Memorias.

Memorias de una historia hecha por muchas mujeres.

[1] Este libro versa sobre los procesos organizativos de mujeres en los años ochenta y los primeros de los noventa del siglo XX en el estado de Chiapas. Necesariamente, reflexiono sobre lo que acontece en otras partes, sobre todo el Distrito Federal, y cómo se vincula con lo local. Agradezco un financiamiento de FOMIX del Posgrado en Estudios e Intervención Feminista del Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA) de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH) para la estancia de investigación de tres meses en New Mexico State University que hace posible centrarme en la escritura de mi libro.

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