Alaíde Foppa y las madres que lloran

Foto: Cristina Chiquín, «Mujeres frente a la Suprema Corte de Justicia», 2013

 

Mi corazón, ya lo verás,
es una sangrienta granada abierta.

Alaíde Foppa

 

 

Las Cruces, New Mexico. “En la vida de Alaíde Foppa se compendian las bondades de la mujer guatemalteca; en la muerte de Alaíde Foppa se compendian la insólita vesania y la inaudita crueldad guatemalteca”, dijo el poeta Luis Cardoza y Aragón.

A principios de los años ochenta, en un viaje a Guatemala, la poetisa Alaíde Foppa desapareció para no volver. Se sabe que la cofundadora de la revista feminista Fem en México murió tras ser torturada durante dos días, según Silvia Solórzano Foppa, su hija. La desaparición de esta extraordinaria mujer que nació en Cataluña, vivió en Italia, se nacionalizó guatemalteca y pasó sus años en México, tuvo una fuerte repercusión internacional, insuficiente para que los militares de Guatemala la dejaran vivir.

 

La vida de Alaíde Foppa fue un destierro sin retorno.

Parte de la historia trágica de Guatemala -país hermano- es también nuestra historia en México, en Chiapas. La vida navegante en nave de nostalgia y sufrimiento de centenas de refugiados en la frontera Chiapas- Guatemala estuvo en manos de gobiernos insensibles, pero también de mucha gente solidaria que apoyó como pudo en la sobrevivencia de mujeres, hombres e infantes que huyeron de la guerra.

La historia trágica de Guatemala es la historia de Alaíde Foppa y de las mujeres que lloran a sus familiares muertos. Todas las personas, ciertamente, buscan a sus hijos e hijas, familiares todos, desaparecidos por décadas bajo gobiernos militares. Tener el cuerpo frente a sí, velarlo, darle santa sepultura, es no sólo una tradición cristiana milenaria, sino parte de una naturaleza humana que no admite descripciones.

 

Simbología

Quién sabe hasta dónde se remonte la práctica transcultural de enterrar a los muertos, pero ésta data de antiguo.

El Museo de la Universidad (University Museum) de la Universidad Estatal de Nuevo México (New Mexico State University) exhibió, a principios de febrero de este año, el trabajo de varios fotógrafos guatemaltecos sobre la memoria de las y los desaparecidos en Guatemala. Roderico Y. Díaz, uno de tales fotógrafos, presentó la exposición en el evento Defendiendo la verdad y la memoria: el camino hacia la justicia en Guatemala (Defending Truth and Memory: The Path Towards Justice in Guatemala).

Roderico Y. Díaz –quien nos invita a visitar su página web- [1] expuso ampliamente varias de las historias tejidas en torno a una serie fotográfica verdaderamente magistral, si bien dolorosa. Su presentación verbal –en español, con excelente traducción al inglés porque había presencia de estudiantes y profesores de la Universidad- se apoyó con varias diapositivas en las que mostró fotografías de  las mujeres que, en su mayoría, en ellas aparecían. Y también la historia que éstas le narraron.

La historia de “cuando se lo llevaron”, de “la última vez” que la vio.

No parece ser que la selección realizada en la exposición fuera hecha ex profeso para mostrar al público –mostrarme a mí misma- que había muchas mujeres con la fotografía en mano de su familiar desaparecido. Roderico me confirmó que, efectivamente, es significativa la presencia de mujeres en la lucha por las y los desaparecidos, es decir, en la lucha por la justicia en Guatemala.

La historia de América Latina, Centroamérica y El Caribe es también la historia de estas madres que buscan a sus hijos e hijas, a sus familiares desaparecidos. Varias de las organizaciones que desde la Patagonia hasta Ciudad Juárez se han creado para buscar a las y los desaparecidos son obra de ellas, de las madres.

Para hablar de Guatemala, dos hechos bastan para ilustrar la tragedia vivida.

El primero: en el año 2012, alrededor de 15 mujeres declararon en audiencia sobre la esclavitud sexual y doméstica a la que fueron sometidas a manos de militares guatemaltecos durante el conflicto armado. En la base militar Sepur Zarco muchas mujeres fueron obligadas a cocinar y limpiar para los soldados, y fueron violadas sistemáticamente por éstos.

La sentencia del 26 de febrero de aquel año sentó un precedente en ese país, al declarar culpables a dos militares por los delitos de lesa humanidad de esclavitud sexual y doméstica de las mujeres q’eqchies.

Sí, la violencia más cruda fue vivida por mujeres y familias indígenas.

Por otro lado, entre los años 2012 y 2015, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) llevó a cabo 14 exhumaciones en el centro militar CREOMPAZ, situado en Cobán, Alta Verapaz.

En CREOMPAZ se encontraron 558 osamentas, noventa de las cuales eran de niños y niñas; la mayoría presentaba señales de tortura, tiro de gracia, ojos vendados o cadenas alrededor de tobillos y cuellos. [2]

La FAFG ha confirmado que 128 de las osamentas corresponden a personas desaparecidas entre 1981 y 1988.

Por ello, el 6 de enero de 2016 catorce militares retirados fueron detenidos por esas últimas  desapariciones forzadas y crímenes de lesa humanidad.

 

¿Se hizo justicia por todo lo ocurrido?

El 10 de mayo de 2013, a los 86 años, el ex dictador Efraín Ríos Montt fue condenado a 80 años por crímenes de lesa humanidad y genocidio en Guatemala. Sin embargo, el júbilo no duró mucho, ya que Efraín Ríos Montt no fue a prisión debido a que, según sus abogados y médicos, presentaba “incapacidad mental”…

Hay que recordar que –como Ríos Montt- otros tantos militares latinoamericanos se “salvaron” de condenas ejemplares por los genocidios y crímenes cometidos. La fundación de un nuevo orden, como supo leer el sociólogo Norbert Lechner (1990) el tránsito de la revolución a la democracia, no ha hecho justicia a miles de familias y pueblos enteros que claman en el desierto.

Esas madres, esas familias, esos pueblos podrían decir, con Alaíde Foppa: “ya no hay tierra prometida para mi esperanza”.

Destierro

Mi vida
es un destierro sin retorno.
No tuvo casa
mi errante infancia perdida,
no tiene tierra
mi destierro.
Mi vida navegó
en nave de nostalgia.
Viví a orillas del mar
mirando el horizonte:
hacia mi casa ignorada
pensaba zarpar un día,
y el presentido viaje
me dejó en otro puerto de partida.
¿Es el amor, acaso,
mi última rada?
Oh brazos que me hicieron prisionera,
sin darme abrigo…
También del cruel abrazo
quise escaparme.
Oh huyentes brazos,
que en vano buscaron mis manos…
Incesante fuga
y anhelo incesante
el amor no es puerto seguro.
Ya no hay tierra prometida
para mi esperanza.

Alaíde Foppa

[1] https://rodediaz.com/

[2] La información ha sido tomada de boletines de la Red en Solidaridad con el Pueblo de Guatemala (NISGUA, Network in Solidarity with the People of Guatemala).  Esta red, con dos de sus representantes femeninas en Las Cruces, Nuevo México, fue la organizadora de la conferencia y la exposición comentadas.

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