Definición de bulla

Imagen: www.eldeber

No negarán que la propia palabra bulla es bulliciosa, suena como lo que significa: “Ruido confuso de gritos y voces producidos por unas pocas personas, generalmente en un lugar cerrado”. Yo tengo sesenta y un años, cuando tenía quince o dieciséis se puso de moda una canción llamada “La bala”, creo que era una cumbia colombiana, que interpretaban muchos grupos musicales de ese tiempo. En Comitán la escuchábamos con marimba orquesta. Todos los amigos íbamos a los bailes que se efectuaban en los patios centrales de las casas y en el salón del Club de Leones. A mí no me gustaba bailar (nunca me ha gustado hacerlo en público), como dicen los clásicos, a mí me gusta más bailar los ojos, así que me sentaba en una de esas sillas plegadizas, que no sé porqué siempre estaban pintadas de verde o de azul, y veía a mis amigos cómo se adueñaban del patio e iban bien abrazaditos con sus ocasionales muchachas. ¡Ah!, me encantaba presenciar el momento cuando los marimbistas anunciaban que tocarían la bala. Veía cómo todo mundo se emocionaba. Me encantaba ver cómo todos se comportaban como soldaditos y hacían todo lo que la canción dictaba, porque la canción era dictatorial con la justificación de hacer el ambiente grupal. Tal vez algunos recuerdan la letra, que comenzaba diciendo algo más o menos así: “Baila la bala, la tienes que bailar, porque si no la  bailas, te la pueden disparar”.  ¿Quién quería morir atravesado por una bala si el guateque estaba bien sabroso? Nadie. Así que todo mundo se paraba a bailar y seguía al pie de la letra las indicaciones, porque la letra dictatorial indicaba que los bailarines debían poner una mano en la barriga y darse una sobadita, y luego todo mundo debía agacharse y luego levantarse, porque el cantante gritaba: ¡Todo mundo para abajo!, y todo mundo se agachaba, y luego ¡todo mundo para arriba!, y todos volvían a ponerse en posición de changos bípedos. Los bailarines disfrutaban mucho las órdenes y yo, desde mi asiento, con una cerveza en la mano, disfrutaba mucho la coreografía, donde chaparritos, gorditas, flacos, altos, güeros y morenos, como si estuvieran en un teatro de Broadway, hacían los movimientos indicados, claro, las gorditas hacían como que se agachaban, porque la gordura les impedía hacer los gráciles movimientos de las flaquitas, así que flexionaban tantito las piernas y cuando el cantante mandaba a pararse, se pescaban de los brazos de sus parejas a fin de volver a estar en posición de firmes, pero con un pie adelante y el otro atrás, porque el cantante mandaba: ¡Hagan una rueda, giren esa rueda!, en ese momento, las gorditas no tenían mayor inconveniente, porque sabían que esa figura geométrica estaba cercana a ellas. El momento más sublime, al menos para mí, era cuando el cantante tomaba el micrófono con la mano derecha, mientras levantaba la izquierda, como para darle énfasis al grito que lanzaba: “Hagan un relajo”.  ¡Ah, qué prodigio! Todos, todos, los bailarines y los mirones, gritábamos hasta que el aire de los pulmones cesaba. Había algunos que hacían una bocina con sus manos para que la bulla fuera más espectacular. Ese era el instante de la catarsis total. La gente, de por sí entonada con los puritos de comiteco o de ron, daba rienda suelta a su instinto animal y todos, dependiendo de su carácter y complexión física, se volvían leonas, elefantes, ratas que les pisaban la cola, gatas en celo y burros. Toda la fauna espectacular abandonaba la selva en el momento en que el cantante volvía a levantar el brazo y ordenaba: “Paren el relajo”.  ¡Uf! Todo regresaba a la calma del mar embravecido que había iniciado su movimiento de huracán desde el momento en que todo mundo, para no recibir la bala, la bailaba para darle gusto al cuerpo.

Y lo mejor era cuando, en el supuesto final, el cantante abandonaba su condición de dictador y como si fuese un demócrata consultaba a su pueblo: ¿Ya están cansaditos? Y todos los agotados bailarines se hacían los muy machitos y las muy hembritas y gritaban un rotundo ¡No!, con lo que autorizaban al cantante a que regresara a su posición hitleriana y volviera a ordenar: Todos para abajo, todos para arriba, hagan una rueda, hagan un relajo y la bulla no necesitaba definición alguna, porque hasta los loros y las chachalacas se sorprendían de esa capacidad humana de volverse monos aulladores.

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