Jerónima Toledo recibe bastón de mando de 94 comunidades indígenas: la feminización del bastón de mando

 

Jerónima Toledo, alcaldesa de San Cristóbal de Las Casas, recibe de manos de indígenas originarios de San Juan Chamula, el «bastón de mando». Foto: CEDH

El 02 de febrero, Jerónima Toledo presidenta de San Cristóbal de Las Casas (2019-2021), recibe el bastón de mando que le entregaron representantes de 94 comunidades indígenas del municipio, en un acto cargado de simbolismo, ritualidad, con olor a incienso, arpas y previa purificación del bastón.

El acto ritual se desarrolló en el atrio del edificio del palacio municipal, una bella edificación neoclásica construida en 1885, con mano de obra indígena de la ciudad y pueblos circunvecinos. Poco a poco, no sin resistencias sociales y culturales, la presencia indígena gana espacios de poder y representación, obligándose a las autoridades locales a otro tipo de relaciones.

Este fue el sentido de los mensajes emitidos. La presidenta, mujer zapoteca del Istmo de Tehuantepec, quien comprende los códigos de este tipo de ceremonias,  al dirigirse a las autoridades comunitarias, dijo asumir la entrega del bastón: “como un reconocimiento de respeto mutuo y legalidad”. Se comprometió a fortalecer a los gobiernos comunitarios de los 94 agentes y subagentes, renovando la relación del ayuntamiento con ellos, como interlocutores legítimos de sus comunidades. Haciendo eco de lo que ha establecido el presidente Andrés Manuel López Obrador y que parece ser, será un sello de la 4T.

En el tenor de la política del Gobierno de México, la presidenta hizo saber a las autoridades comunitarias que los dineros de las políticas sociales y de desarrollo, dirigidos a las comunidades, ya no se canalizarán mediante la vía de las organizaciones sociales, sino a través de las autoridades comunitarias, legalmente instituidas, comprometiéndose a fortalecer la organización social comunitaria, reforzando la idea fuerza que “Entre los ejidos y comunidades y el ayuntamiento no habrá intermediarios. No habrá organizaciones ni líderes que buscan hacer a un lado a las autoridades legalmente reconocidas”.

No obstante, afirmó: “No se responderá a petición, sino a proyectos con previo diagnóstico y análisis, explorando distintas soluciones”. Los agentes municipales allí presentes, por su parte, manifestaron que esperan de la presidenta un compromiso de acompañamiento y trabajo de manera coordinada; tal y como se lo demandó un agente municipal, al momento en que recibía su nombramiento oficial como tal.

La actividad ritual de purificación y entrega del bastón de mando, la realizaron hombres del pueblo de Chamula, residentes en San Cristóbal. Pero, no sólo estuvieron ellos, sino que de manera inusual, la presidenta estuvo flanqueada por un grupo de mujeres diversas, de las comunidades del municipio.

Antes, años atrás, la también presidenta municipal de San Cristóbal, Victoria Cecilia Flores, en el periodo 2011-2012, también recibió el bastón de mando de manos de las autoridades comunitarias que representaban a 92 comunidades. Lo que da cuenta de una tendencia hacia la feminización del bastón de mando en el municipio.

 

Fotografía: Ayuntamiento de San Cristóbal de Las Casas

La feminización del bastón de mando

El “bastón de mando” es uno de los símbolos del poder ampliamente difundidos por el mundo. No tiene un origen cultural específico, sino que está presente en diversas culturas, desde periodos lejanos. Los arqueólogos datan los primeros “bastones” (cetros, varas o báculos) desde el Neolítico, cuando se configuran las primeras sociedades estructuradas y jerarquizadas.

Los bastones de mando surgen como resultado de la resignificación de ciertas herramientas o armas de la época que denotaban poder, como el mazo o las lanzas; o bien las herramientas de trabajo, como la vara para medir terrenos (que era un acto de autoridad); el cayado de pastor o el palo sembrador. Estas herramientas fueron significadas desde la cosmovisión propia de cada cultura, que fue la que le dio el sentido a esos artefactos, convirtiéndolos en símbolos de autoridad política, militar y religiosa.

En Mesoamérica, el cetro, varas y bastones, de los gobernantes del pasado prehispánico, se fusionaron en su diseño y simbolismo con el bastón de mando de origen castellano, que instituyó el poder colonial en las Republicas de Indios, estableciendo el bastón de mando como un símbolo de autoridad cívico-religiosa.

Adicionalmente, poco a poco, mediante un largo y paciente proceso de apropiación cultural, los bastones fueron sacralizados, fusionándolos con elementos propios de la ritualidad católica. Los bastones quedaron asociados con los pueblos y sus santos patrones. El bastón se simbolizó como el centro del cosmos, por lo que quien lo portaba se constituía en el padre del pueblo, como un eje rector del universo que representaba. En este sentido cada bastón de mando indígena contiene significados propios, que son comprendidos por los miembros del grupo cultural, en tanto comparten valores comunes.

No obstante hay algunas hipótesis generalizables. De acuerdo con el antropólogo Andrés Medina, en su libro “En las cuatro esquinas, en el centro. Etnografía de la cosmovisión mesoamericana” publicado por la UNAM (2000), el bastón de mando se relaciona con lo masculino. Documenta esta relación con el pene o con formas fálicas, refrendando a los dioses y santos patronales (hombres) como los símbolos del poder.

Sin embargo, la relación del bastón con lo masculino no está restringida al mundo indígena; por el contrario, en la historia de la humanidad el poder ha sido concentrado por los varones universalizando el sistema patriarcal, reforzado siempre en lo simbólico; independientemente de tiempo, lugar o cultura. Así, desde las monarquías hasta los gobiernos democráticos, el bastón ha sido un ícono de mando que ha permanecido en manos de los varones, hasta concluir el siglo XX. Nuevos fenómenos irrumpen en el siglo XXI, de los que aquí se da cuenta.

De los variados  símbolos del poder en el mundo, el “bastón de mando” es el más popular, ya que puede ser usado por autoridades de diverso rango, siendo, además, más fácil de portar, además que puede ser usado con propósitos expresamente políticos y no sólo de autoridad.

Por ejemplo, en los últimos años en el mundo indígena el bastón de mando ha sido usado como un artefacto investido con una identidad, para ser usado en la negociación con el poder político, como un recurso en el “intercambio de dones” (de acuerdo a la conceptualización de Marcel Mauss, 1925). Pueblos indígenas que entregan una réplica de su bastón de mando (o incluso inventados, con regodeados símbolos que buscan lo espectacular) a gobernantes, políticos, candidatos y hasta funcionarios de gobierno de menor rango; o incluso a líderes sociales distinguidos (como los varios bastones que recibió el Subcomandante Insurgente Marcos), como actos de alianzas o reconocimientos, esperan a cambio prebendas o tratamiento preferencial.

La entrega de un bastón a un político contiene una apuesta hacia la alianza y la reciprocidad. No obstante, hay que hacer notar que estos bastones que en actos políticos públicos se entregan a personas ajenas a los pueblos, se inscriben en procesos de secularización, en otras lógicas de poder: ya no representan a un pueblo; ya no son artefactos sacralizados, sino que entran al mundo del intercambio de dones políticos y económicos.

Por estos múltiples usos, la elaboración y uso de bastones de mando se ha popularizado. En los municipios indígenas de los Altos de Chiapas, en el nuevo siglo, los bastones de mando han adquirido relevancia en la política étnica. Hoy hay todo un “mercado de bastones”, cualquier político(a) que asuma la autorepresentación de un grupo social, puede mandar a hacer el suyo, intentando ganar legitimidad en su representación.

Adicionalmente, en los municipios indígenas hoy hay muchos más bastones circulando, que en el pasado reciente. Por un lado el número de comunidades se ha duplicado, y día con día surgen nuevas comunidades, muchas de ellas creadas adhoc para la disputa en la distribución de recursos y poder.

En otros municipios, este “descentramiento del poder” municipal se produce empoderando a las comunidades, para que cada agente municipal porte su propio bastón de mando, como ocurre en Oxchuc, en donde el bastón no es privativo al presidente. De igual forma otros bastones surgen en el marco de las luchas sociales. En algunos municipios de la región Altos se han establecido gobiernos paralelos (al oficial), como por ejemplo las autoridades de los municipios autónomos zapatistas, que portan todos ellos, sendos bastones de mando, semejantes al de la autoridad de su municipio constitucional, adecuándolos al marco cultural de su municipio de origen. Indicadores todos ellos que dan cuenta del descentramiento del poder y de la atomización del gobierno indígena en la región, en un marco general de “invención de tradiciones” (Eric Hobsbawn y Terence Ranger, 1983).

En este mismo orden de transformaciones, ocurre la feminización del bastón de mando. Es hasta este siglo XXI, cuando las mujeres comienzan a recibir el bastón de mando. En la medida en que las mujeres aumentan su participación en la vida política y acceden al poder, en un proceso de “feminización de la política”, el bastón de mando ha llegado a mano de las mujeres, feminizándolo; no sin tensiones y confrontaciones, ya que al tomarlo en sus manos, desafían el orden de lo simbólico, al deconstruir los valores de la masculinidad asociados al bastón como artefacto fálico, que durante cientos de años permaneció como un valor y una verdad, casi de manera absoluta.

Al incorporar el bastón de mando en la ritualidad del poder político, las mujeres se legitiman portando los íconos del poder masculinizado; toda vez que hasta hoy día el poder público es un constructo patriarcal que exige ciertos códigos ritualizados para adquirir legitimidad. Como lo ha definido Lévi Strauss, el ritual es una combinación de palabras habladas, actos significantes y objetos manipulados que se comportan como símbolos de la relación entre el poder político y la sociedad. El acto de la toma del poder y el entramado simbólico que lo rodea, legitima al gobernante frente a la sociedad.

Recientemente, en México y particularmente en Chiapas, imágenes de bastón de mando en manos de mujeres han proliferado, como los casos referidos de las presidentas Jerónima Toledo y Cecilia Flores, modificando el paisaje de la costumbre política de mujeres sin poder. En la última década, mujeres recibiendo y portando el bastón de mando se ha vuelto una imagen familiar en el imaginario popular chiapaneco.

Destacan como hechos extraordinarios que mujeres indígenas porten el bastón de mando de autoridad municipal con empuñadura de plata y con los listones chamánicos, propio de cada pueblo. Estas mujeres han ascendido al poder al haber ganado una elección, habiéndosele entregado el bastón en actos de transmisión del mando, con todo el protocolo y ritualidad que lo amerita.

La primera en recibirlo fue María Gloria Sánchez (2005-2007) en su primera gestión en enero de 2005. Ella fue la primera mujer en el municipio tseltal de Oxchuc en presidir el ayuntamiento municipal; recibió el bastón de manos de las autoridades tradicionales, quienes previamente realizaron el ritual de purificación del bastón. María Gloria Sánchez, volvió a recibir el bastón de mando en octubre de 2015, para su segunda administración, que no concluyó. Posteriormente, otra mujer, Cecilia López Sánchez (2011-2012) ha sido presidenta municipal de Oxchuc y recibió también el bastón de mando, cumpliendo con el ritual de asunción.

Sin embargo en Oxchuc la ritualidad que ha acompañado al bastón de mando se ha modificado. En el pasado reciente el bastón era purificado por las autoridades tradicionales, el propósito era que éste se entregara a la nueva autoridad, limpio de problemas, envidias y conflictos (por lo que las autoridades tradicionales debían “hacerlo sudar”) que pudieron haber vivido las anteriores autoridades que tuvieron el bastón en sus manos. Pero, por los conflictos y polarización que ha caracterizado a este municipio en las últimas dos décadas, la transmisión del bastón de mando sacralizado, se perdió. El presidente saliente ya no entregó el ancestral bastón de mando al entrante; por lo que ése tuvo que mandar a hacer el propio. Desde entonces cada presidente o presidenta municipal se ha encargado de hacer su propio bastón, perdiendo el sentido de sacralidad que tenía, al permanecer protegido en el nicho de los santos y/o el Cabildo Municipal, sahumado y bajo el resguardo de las autoridades tradicionales.

Es importante mencionar que en Oxchuc, a diferencia de otros municipios indígenas del altiplano chiapaneco, la figura del regidor municipal también porta un bastón de mando de empuñadura de plata, de tal forma que las regidoras que han ingresado en los primeros tres lustros del siglo XXI, como resultado de las cuotas de equidad de género, también han portado sus bastones de mando. De lo que resulta que Oxchuc es el municipio en el que más bastones de mando están en circulación, tanto en manos de mujeres indígenas, así como de las autoridades comunitarias.

Mujeres con bastones de mando ocupan otros escenarios políticos. Al participar en eventos académicos, u otros, fuera del municipio, ya es frecuente ver a mujeres con su bastón de mando bajo el brazo, yendo más allá del ámbito municipal. Esta práctica política ha sido llevada incluso al Congreso del Estado.

Siguiendo con los cánones culturales de  la importancia de investir de ritualidad el cargo para darle una doble legitimidad política, la ex presidenta de Oxchuc, Cecilia López Sánchez, fue electa como diputada local en el Distrito XXI (2015), en esta ocasión retomó su bastón de mando. Para ello el 02 de octubre de 2015 adecuó un espacio del edificio del Congreso del Estado en Tuxtla Gutiérrez, para que autoridades tradicionales del municipio de Oxchuc y de otros pueblos tseltales del distrito que representaba, le entregaran su bastón de mando. Esta fue la primera vez que un bastón de mando indígena llegó a la tribuna del Congreso del Estado en manos de una mujer.

Por otro lado, Rosa Pérez Pérez fue electa como presidenta municipal del municipio tsotsil de Chenalhó, recibiendo de igual forma el bastón de mando de manos de las autoridades tradicionales que lo resguardan. La iglesia de san Pedro Apostol, santo patrono de ese municipio fue el lugar en donde se realizó la purificación del bastón y la investidura de la presidenta.

Pero, a diferencia de Oxchuc, el bastón de mando no pertenecía a la presidenta y ella no podía portarlo en la vida cotidiana, sino excepto para situaciones en las que el protocolo ritual pedrano lo ha establecido. A diferencia de Oxchuc, en Chenalhó el bastón persiste sacralizado. El bastón permanece en la vivienda del presidente(a) en turno, y día a día debe ser reverenciado con rezos y ceremonias que realizan los especialistas rituales. Cuando la presidenta Rosa Pérez renunció a su cargo, incluyó la devolución de su bastón de mando, que por derecho le correspondió como presidenta electa y que pasó por un triple proceso instituyente: el de la elección por un plebiscito; el del ritual de la transmisión tradicional del mando y el constitucional obtenido en las urnas. Pero no ocurrió lo mismo con la presidenta María Gloría Sánchez, que se llevó su propio bastón cuando renunció en 2016.

 

Quien recibe el bastón de mando lo asume como un derecho y una obligación. Fotografía: Ayuntamiento de San Cristóbal de Las Casas

Concluyendo…

Mantener el poder requiere el apoyo de lo simbólico, la “gramática del poder” se sostiene en un complejo entramado en los que ciertos artefactos como la corona, la banda presidencial y el bastón, han trascendido al tiempo. Este “paquete de símbolos del poder” se traslada en el protocolo de transmisión del mando, el cual regularmente se realiza en un acto investido de ritualidad. Quien recibe el bastón de mando lo asume como un derecho y una obligación, para hacer velar y respetar la investidura recibida. El bastón de mando es un recurso para reivindicar legitimidad, y es al mismo tiempo un recurso en la disputa por el poder.

En Chiapas, como lo demuestran los casos de las presidentas municipales de San Cristóbal, Oxchuc y Chenalhó, aquí reseñadas,  las mujeres han entrado en la lucha por el poder municipal, y recurren a la “caja de herramientas del poder” que históricamente han usado los varones; dentro de ellos el uso del bastón de mando.

Las políticas de equidad de género y de paridad han contribuido a fortalecer la tendencia de su feminización, que es un signo inequívoco del siglo XXI. Como resultado de ello, en la actualidad el bastón de mando está en disputa en su significación, en una puja por su despatriarcalización; siendo el terreno de la cultura el espacio más difícil de conquista por las mujeres.

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