Té de limón

Cuando los recuerdos de lo que fuimos emergen, un aire de nostalgia impregna el ambiente: olores, sabores, colores, texturas, tiempos, personas, algo de lo infantil nos atraviesa en lo cotidiano. Este espacio intenta re-vivir las memorias de infancia: tuya, mía, nuestras, infancias otras, de cualquier tiempo y espacio. Infancias actuales, avatares de la crianza, alegrías y sinsabores de ser niño y tiempos de la niñez son temáticas que germinarán en esta columna.

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Desperté llorando y temblando, pero no de frío, porque en esa época estaba el calor en su apogeo, temblaba de miedo.

Pedí café con leche, mamá me ofreció té de limón. No quería eso, “sabe feo”, le dije, y ella insistente, como siempre, me obligó a tomarlo. Al primer sorbo me cautivó, los siguientes se hicieron interesantes pues inundaban mi boca y mi ser.

“Te dije que te gustaría”, expresó, “debes confiar más en mí, hoy no hay café, aunque sí hay tortillas, si quieres te hago un café de tortillas quemadas que también te gusta”. No quería café de tortillas quemadas, quería su presencia, quería su arrullo, porque el frío aún continuaba. Pero su voz era más que eso, su voz es una parvada de gaviotas que recorren el mar inmenso entre la brisa y el susurro de las olas.

Dos niñas participando como elementos principales para la danza de la pluma de guacamaya.
Foto: Roberto Ortiz

Cuando ya hubo pasado el miedo, y el sabor del té de limón invadía todo mi ser, me pidió que la acompañara al río. “Tengo mucha ropa que lavar”, dijo. Agarró su batea de madera, grande, yo la veía inmensa, la llenó de ropa sucia, puso el jabón Zote rosa, el estropajo de morraleta y su cansancio en ella. Cargó con todo eso por las veredas hacia el río. Cruzamos el camino, bajamos hacia el arroyo, ella saltaba en las piedras grandes y me decía “apúrate, no te quedes atrás”. Me esforzaba por alcanzarla, pero era imposible, sus pies firmes eran habilidosos en esas faenas.

Llegamos al río, caudaloso, imponente, “corrientudo”, decía ella. Me senté a la orilla a jugar con unas vainas de cuilque eran mis canoas. Sentí el frío nuevamente, pero era el frío del agua. Ella entró al río, acomodó su batea en las piedras con manchas de jabón, precedentes de las antiguas lavadas. Ella no sentía el frío, ni la fuerza de la corriente que golpeaba sus rodillas.

El sol jugueteaba con las hojas de los árboles, y de pronto, también con la tez morena de ella. Tomó un huacal y se echó agua en la cabeza. “Siempre debes mojarte la cabeza cuando te metas al río, para que el calor del cuerpo no te suba, para que no te enfermes”.

Estas lecciones enseñaba ella.

 

 

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