AMLO y los dilemas de la migración

Decía el economista John Maynard Keynes “…las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando son correctas como erróneas, tienen más poder de lo que comúnmente se entiende. De hecho, el mundo está dominado por ellas. Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto”.

Es un gran consenso pensar que respecto a la migración el estado-nación tiene el derecho de determinar a qué personas admitirá en su país y de detener y deportar a los migrantes que se hayan establecido de manera ilegal. De hecho, esa es una premisa del derecho. La soberanía del estado-nación es la base del orden internacional.

Sin embargo, es un hecho también que la realidad rebasa a la ley. La migración -incluso cuando se intenta normar vía la legalidad- se convierte en un asunto complejo que además involucra intereses políticos, factores culturales, sociales y económicos.

Donald Trump, el presidente americano ha utilizado la retórica para referirse a la migración hacia su país. Es evidente que busca preservar la homogeneidad de los Estados Unidos. Básicamente sugiere que EU ha perdido el control de su frontera sur ante la llegada de miles y miles de migrantes de México y Centroamérica y que a su vez México, no tiene control sobre su frontera sur, esto último es cierto.

En consecuencia, en Norteamérica se erige un muro en la frontera con México. Un muro que intenta detener la avalancha migratoria hacia Estados Unidos. De acuerdo con las leyes, Estados Unidos está en su derecho de construirlo; pero si nos atenemos a la realidad, el muro es una construcción simbólica que intenta demostrar soberanía y control territorial, porque la migración del sur del continente americano no ha podido ser detenida por Estados Unidos.

 

Sin embargo, Estados Unidos es fiel a su historia como nación establecida. Solo tres años después de generar su constitución política, los americanos otorgaron la ciudadanía a las personas “blancas y libres”. Los afrodescendientes solo fueron ciudadanos un siglo después. Luego, comenzaron a excluír a los chinos migrantes, eran llamados “el peligro amarillo”.

Las hambrunas de Europa de finales del siglo XIX y principios del XX impulsaron la inmigración hacia Estados Unidos y es ahí en donde se inician las medidas de “cuotas migratorias” basadas en “orígenes nacionales” que redujeron drásticamente la inmigración de África, Oriente Medio y Europa oriental y meridional, al tiempo que priorizaron la inmigración del noroeste de Europa. Recientemente la lucha antiterrorista de inicios del siglo XXI ha restringido la entrada a Estados Unidos de las personas de origen árabe o con fe musulmana.

Es claro que Estados Unidos es un país soberano y, por tanto, puede -como cualquier otro- hacer lo que quiera con sus fronteras. Pero esa es -confrontada con la realidad migratoria- una afirmación muy simple.

 

¿Por qué la gente migra hacia Estados Unidos?

Lo hace porque Estados Unidos es el país más rico del mundo y en consecuencia la gente migra hacia donde están las oportunidades que la riqueza genera. Si al sur del país más rico del mundo están ubicados muchos países -entre ellos México- con pobreza, riqueza mediana o francamente con pobre distribución de la riqueza o falta de oportunidades, es lógico pensar como opción de desarrollo personal, migrar hacia el país rico en este caso Estados Unidos.

En ese contexto, al migrante poco o casi nada le importa la soberanía americana. Y claro, el puente -es decir México- también expulsa migrantes y tiene poca capacidad para sellar sus fronteras a la migración, en este caso, sobre todo de centroamericanos; diga lo que diga la ley.

La coyuntura migratoria centroamericana actual hacia México tiene vertientes distintas, responde a crisis centroamericanas profundas como las económicas, las políticas y las medioambientales. La mueven dos deseos inmensos. Las aspiraciones son dejar atrás la violencia y la pobreza y también, buscar la riqueza. Obviamente la riqueza está en Estados Unidos.

Sobre todo, Honduras y también El Salvador, son dos de los países más violentos del mundo. Datos de activistas y ONGs informan que desde el golpe de estado hondureño del 2009, más de cien activistas defensores de la tierra y el medio ambiente han sido asesinados.

Al final de cuentas, una de esas causas o todas a la vez provocan la migración de Centroamérica hacia Estados Unidos y obvio: México es el país de tránsito. Pero también México expulsa gente hacia la riqueza del norte y ante la migración de nuestros vecinos del sur.

El fenómeno cambia, pero la migración persiste; primero eran trabajadores -incluso temporales que retornaban a su país de origen- los que migraban a Estados Unidos; pero ahora son familias enteras las que migran hacia donde está la riqueza.

 

¿Cuál ha sido el papel mexicano como receptor histórico de migrantes?

México también tiene una política restrictiva en materia migratoria y esta ha sido histórica. Más bien somos un país que en distintos momentos de la historia mundial abre sus puertas a una “migración selectiva”. México Fue el refugio de intelectuales, artistas y científicos de la república española y también de refugiados políticos en los años de las dictaduras sudamericanas, pero -salvo la crisis de los refugiados de los años 80s de Centroamérica- nunca ha abierto sus puertas a la migración masiva internacional. Más bien, la característica migratoria principal de nuestro país ha sido la expulsión de sus ciudadanos hacia el norte.

Pero como un ciclo que se repite, en el pasado hubo migrantes, actualmente hay migrantes y en el futuro los habrá. Migrantes, expatriados, indocumentados, legales; cualquiera de las anteriores calificaciones significan historias personales. Pero los más vulnerables son los indocumentados.

¿Cómo debería una democracia liberal responder a la vulnerabilidad de los migrantes irregulares? ¿Aplicando la ley? ¿Con tolerancia? ¿Especificando el tipo de migrante que quiere -científicos, académicos, profesionistas, con origen étnico al del país receptor- para poder integrarlos a su comunidad?

Claramente el problema de la migración lo conforman los migrantes ilegales. Los desesperados por salir de su país de origen, los que solo tienen el sueño de progresar en otro país porque en el suyo no pueden o no los dejan.

¿Cómo detener una ola migratoria que además quienes la componen muchos no son santos, pero otros sufren del “síndrome de Ulises”? Es decir el síndrome de inmigración de estrés crónico y múltiple definido por los expertos como una reacción natural a los niveles tóxicos de estrés que se observan en los migrantes que, por lo demás, tienen una salud mental normal.

Atrapados con la retórica de Donald Trump que ve al migrante indocumentado como un problema y no como la oportunidad de adquirir mano de obra barata o para revitalizar sus leyes y permitir -lo que parece lo más correcto y sensato- la regularización del migrante para que tenga la oportunidad de entrar y salir de Estados Unidos

Trump tiene esa visión -e interés- porque su oferta política provoca xenofobia, ya que al generarla, obtiene dividendos políticos que probablemente le reditúen la reelección. Al asustar al ciudadano americano y prometerle que detendrá la “invasión migrante” para sostener el estatus quo.

En esa visión, Trump arrastra al gobierno mexicano de Andrés Manuel López Obrador quien a pesar de ser de izquierda, cae presa -en materia migratoria- de los deseos e ideas del presidente americano porque no quiere descarrilar lo concreto: el T-Mec antiguo TLC que le da certeza jurídica al comercio y las inversiones internacionales en México.

Precisamente al ser AMLO un presidente de izquierda y de un país tradicionalmente expulsor, su dilema es que cae presa por pragmatismo, en las ideas de alguien que tiene un interés muy particular en que se incremente la xenofobia hacia los migrantes, especialmente los indocumentados.

En ese sentido -parafraseando a Keynes- “ideas absurdas pero poderosas recorren el mundo”. Los mexicanos caemos en ella con la xenofobia al migrante, haciéndole como se dice coloquialmente “el caldo gordo” a Donald Trump, quien usa a los migrantes y sus desesperaciones, como moneda de cambio para conseguir la reelección.

El fantasma de la teoría del “grand remplacement” acuñada en Francia, recorre el mundo. De igual manera lo hace la teoría del “genocidio blanco”. Estas dos teorías de la conspiración nacionalistas -porque eso son- predicen que habrá un colapso de la cultura occidental debido a una abrumadora marea de inmigrantes del tercer mundo en los países desarrollados.

Las esas teorías no ven lo que es la realidad. En buena medida la historia de la humanidad es la historia de la migración. La movilidad llevó a la concentración de los humanos y así será en el futuro. Construcción social también significa que dejemos a un lado la xenofobia e intentemos comprender la complejidad de la realidad actual.

Correo: geracouti@hotmail.com

Twitter: @GerardoCoutino

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