Política, Medios y prácticas discursivas en el México de hoy: los cruces y pliegues entre verdad y mentira

¿Libertad de prensa? Los claroscuros de la 4T
Andrés Manuel López Obrador

Por María del Carmen García Aguilar

El giro lingüístico que irrumpió la relación ideas/mundo por la relación lenguaje/mundo, implicó el trastocamiento de la concepción misma del lenguaje: deja de considerársele sólo un “medio para representar la realidad”, para tornarse en un “instrumento para hacer cosas”, esto es, en paralelo a su función descriptivo/representacional, entraña un carácter productivo, “formativo de realidades”. Acercándonos a Foucault (1969: 204)), el discurso en tanto práctica es un bien que plantea, “desde su existencia (y no solamente en sus <<aplicaciones prácticas>>) la cuestión del poder; un bien que es, por naturaleza, el objeto de una lucha, y de una lucha política”. Ambos enunciados permiten entender la centralidad analítica del discurso desde los campos de la política y de los medios de comunicación, pues como indica Teun A. van Dijk, en el prólogo al texto Análisis del discurso, editado por Íñiguez Rueda (2011), “el lenguaje, el discurso y el conocimiento son esencialmente sociales”.

En los escasos seis meses que lleva Andrés Manuel López Obrador (AMLO) como  Presidente de México, se ha construido un escenario en el que el discurso de sus opositores asume dimensiones en las que pereciera desvelarse una disputa por la verdad política, independientemente de su  contexto. Es evidente que para los actores políticos y medios que monopolizaron el poder de la comunicación política, construir un contradiscurso al del poder legítimo es insostenible porque estos son erosionados al momento mismo de plantearlos, pues ni los artilugios simbólicos e imaginarios de las fake news logran su cometido de tornar las mentiras en verdades. No obstante, la información no es una cosa menor, pues los medios y las nuevas tecnologías de la comunicación logran imponer formas y modo de informar  y leer hechos y acontecimientos.

En el plano doméstico, las relaciones entre los consorcios de la comunicación y el gobierno de AMLO atraviesan una crisis sin precedente: además de la decisión del cierre de los recursos públicos destinados a éstos, el gobierno ha socializado información particularizada sobre el enriquecimiento, devenido de las arcas públicas, de los medios y sus productores. En las tres últimas administraciones la relación entre medios y política, ante la fuerza de los procesos de mercantilización, irrumpió la clásica separación de las esferas de lo público y lo privado, y desveló el nodo de las complicidades: la de invisibilizar el fondo oscuro de la corrupción política, haciéndose partícipes de ésta. Lo trágico es que se evidenció lo que es, despeñándose el aura ético-democrática del quehacer informativo de los grandes consorcios televisivos y periodísticos y la fortaleza legítima de las instituciones responsables de gobernar.

Sin duda, el carácter radical que hoy define las relaciones entre los poderes mediático y el nuevo gobierno legítimo, proyecta escenarios posibles que van desde la continuidad misma de la confrontación, atizada por las redes sociales, que amenaza con una comunicación pública de confrontación, hasta la articulación de un movimiento mediático político-empresarial acoplado al contexto conservador de las fuerzas políticas hoy hegemónicas en el plano internacional, impulsado por las elites políticas de los partidos perdedores (PRI/PAN/PVEM/PRD). Este último escenario opera desde que las prácticas de los medios de comunicación  y su producción, transitaron de su forma “espectacular difusa” a la forma “espectacular integrado”, propio de la sociedad capitalista mundo (Debord, 2012).

En el plano nacional, la privatización del espacio público, a través de la esfera de la comunicación, es un hecho nada novedoso, por décadas ha inhibido toda acción comunicativa ciudadana y popular; con ello, los contenidos de las decisiones políticas se reducen a los intereses del Estado, del gobierno, de los partidos políticos y de manera relevantes de los intereses de los consorcios de la comunicación que articulan comunicación y política. El punto de inflexión que plantea el nuevo gobierno es un abierto desafío. Y lo es no sólo porque los que perdieron el monopolio del poder político y de la comunicación operan una cotidiana oposición comunicativa insana, que se traduce en una confrontación con la democracia representativa, de la que se dicen ser partidarios, sino porque las alianzas con el poder transnacional de los medios y del capital, ha propiciado en  otros países de América Latina situaciones de crisis de gobiernos que intentan el rescate de soberanía en áreas básicas como lo es el mismo poder político. Los insidiosos discursos que comparan al nuevo gobierno  con el de Venezuela, no es una comparación ingenua.

Los desafíos para el gobierno de AMLO son de enormes proporciones porque el Estado de la era global, en una “sociedad red”, deja de ser una institución de representación, la “sociedad red” se traduce en la configuración de “relaciones cristalizadas” “que permiten a unos actores ejercitar el poder discursivo sobre otros actores a fin de tener el poder para lograr sus objetivos”; porque configura una “constelación posnacional, en donde el poder es supranacional. Es una sociedad que permite introducir nuevos actores y contenidos en el proceso de organización social, “con relativa independencia de los centros de poder”.

No obstante, la experiencia de ese modelo de sociedad, que en los países desarrollados ha operado desde los años sesenta o setenta, es ilustrativa de profundas reconfiguraciones, que no sólo se explican por los cambios tecnológicos de la comunicación, y la centralidad articulada de los elementos locales y globales de la estructura social, sino fundamentalmente por el carácter monopólico de “la capacidad de conexión en red global que proporcionan las tecnologías digitales de comunicación y los sistemas de información, incluyendo las redes informatizadas de trasporte rápido a larga distancia”. Su impacto es mundial. Y detrás de este monopolio está el poder del lenguaje, que a través de prácticas discursivas produce realidades, esto es, dota de poder a los contenidos de lo que se comunica, y estos son expresiones de poder.

En suma, el estado de la cuestión en México es crítica. En los escasos seis meses del nuevo gobierno, la comunicación que nos llega es una información de confrontación, cuyo desborde, por sus distintos géneros y su abundancia, no garantizan la veracidad de los hechos y acontecimientos. Y las proyecciones de sus actores no arrojan ninguna luz. Los consorcios empresariales no asumen las consecuencias de la mercantilización y politización de la información que producen; por ello, reactivan las viejas alianzas políticas. Son incapaces de asumir, como lo asumieron en las elecciones que dieron el triunfo a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto, “que un voto es un voto”, aunque hoy son 30 millones de votos, un triunfo de AMLO que representó casi el 55% del electorado. No es posible volver al pasado, hay daño, pero éste es un “autodaño”.

El nuevo gobierno tiene los mayores desafíos, y el primero de ellos es reconocer que el Estado, como señala Castells, no tiene el poder de los medios de comunicación, ni puede, por principio ético, “comprarlos” para sostener la legitimidad social de su gobierno; el segundo es el de irrumpir un discurso que no puede sostenerse en prácticas discursivas sujetas a responder cotidianamente a los enunciados de sus opositores. El tercer desafío es externo, y alude en principio al reconocimiento de la fuerza relacional entre política y medios en un contexto de globalización y derechización de la política internacional. La estrategia diplomática es importante pero insuficiente, como también lo es el discurso informativo al exterior de las transformaciones de México y su sociedad, o respuestas políticamente correctas –democráticas y soberanas- a las amenazas del “enemigo de México”, Donald Trump. Son necesarias pero también insuficientes.

Retroceder en el tiempo y sostener que el origen de la privatización y politización de la comunicación y sus medios en México, devino de la expropiación del espacio público a la ciudadanía, en un buen punto de partida porque la prescripción se traduce en la apropiación o reapropiación ciudadana del espacio público para recuperar la capacidad social del debate sobre las decisiones de políticas interna y externa, imprescindible para el establecimiento de una relación equilibrada entre medios, ciudanía y política. Sin duda, este desafío primario que recorre el presente y el futuro de la comunicación en México es fundamentalmente de la sociedad, independientemente de sus flancos ideológico, correspondiéndole al Estado un acompañamiento que oponga la ética a la desinformación, la independencia de sus productores al mercadeo ominoso, y la credibilidad comunicativa sustentable a la mentira y a la información dudosa.

 

Bibliografía citada

Debord, Guy. 2010. La sociedad del espectáculo, España, Pre-Textos.

Foucault, Michel (1969). La arqueología del saber, Siglo XXI, México, 1978.

Iñiguez Rueda, Lupicinio (Editor). 2006. Análisis del Discurso. Manual para las Ciencias Sociales, Editorial UOC, Barcelona.

Teun A. van Dijk. 2006. Prólogo al texto Análisis del Discurso. Manual para las Ciencias Sociales, Editorial UOC, Barcelona.

Ulrich Beck (Compilador). 2006. Hijos de la libertad, FCE., México

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