Pensar a Chiapas desde la democracia  y sus horizontes posibles. Más allá y más acá de la 4T

Foto: Archivo Chiapas Paralelo

María del Carmen García Aguilar[1]

En el texto La democracia después del comunismo, Giovanni Sartori, ante el acontecimiento de la Caída del Muro de Berlín (1989) sostuvo que el derrumbe del comunismo significaba el triunfo absoluto de la democracia liberal. Sin embargo, hizo una distinción importante: sistema político y sistema económico son “dos cosas distintas”. “La democracia  ha ganado como principio de legitimidad”: es mucho pero no lo es todo”. Por el contrario, el triunfo del sistema económico “piloteado y estimulado por mecanismos de mercado”, es una victoria completa, “vence en todo”. Se interrogó que si “en el plano económico, todo se convierte en sistema de mercado, ¿no se convertirá también, en una visión a más largo plazo, como consecuencia política, en democracia?, respondió que sí, pero en alguna medida también no. Mercado y dictadura pueden acoplarse, pero, sostuvo:

“[…] el “<<contagio democrático>> hará cada vez más difícil este acoplamiento: la victoria de la democracia como principio de legitimidad hace prever que el éxito del mercado se convertirá  cada vez más en una demanda de democracia. A condición, bien entendido, de que el mercado tenga éxito, de que verdaderamente produzca bienestar (Sartori, 1993: 25)[2].

Esta proyección utópica del liberalismo que concibe la relación entre democracia y mercado como una relación perfecta, es quizás la principal aporía sostenida por sus creyentes. Casi 20 años después es posible plantear que el enemigo de la democracia es el sistema económico de mercado; le ha derrotado, como ayer ésta derrotó al comunismo. La democracia, como el comunismo, es también un “proyecto de alta temperatura ideológica”, fuertemente sostenido  por sus partidarios, que no son pocos. El impulso a la democracia de la posguerra en Occidente posibilitó, desde los años setentas, un desarrollo sostenido de ésta en el mundo del Sur, reactivado sin duda con los acontecimientos de 1989. La política, en su sentido amplio, se redujo a la democracia como forma de Estado y de gobierno, y sus recurrentes tensiones se asumieron de índole funcional, de la que derivó una ciencia política instrumental de corte prescriptivo a la que se le pensó suficiente. A pocos años (2004), el mismo Sartori (2004)[3] desveló que la ciencia política, alejada del pensamiento y la reflexión, perdía rumbo, tornándose banal (véase el dossier La muerte de la ciencia política, en Métapolítica, vol. 10, septiembre-octubre 2006).

Los datos concretos muestran que dos décadas han sido suficientes para mostrar que la libertad plena del mercado –neoliberalismo global- ha dejado a la democracia políticamente inerme. El mercado es productor de más pobres y menos Estado, y vale interrogarnos si no estamos frente al fin de la cultura liberal que, junto con la cultura marxista definieron la historia de la política del siglo XX. Y no se trata de sostener que la democracia es occidental, o que su supremacía la torna un modelo universal, sino de reconocer que la correlación entre democracia y mercado, en su despliegue concreto, está mediada por la adecuación estructural y la desregulación, en cuyo haber destaca no sólo la corrupción[4] de sus elites político-partidarias y gubernativa sino también el crecimiento incesante de la desigualdad y la pobreza. Por su naturaleza el mercado se traduce socialmente en exclusión.

Pensar Chiapas desde la democracia liberal, implica quitarnos las anteojeras, y ello  no es posible si no recuperamos el punto de inflexión político que para la gran mayoría de la población mexicana, significa el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Detrás de éste, está el peso de cinco elecciones presidenciales, que fueron producto del robo y de la mercantilización de las elecciones, y la articulación perversa entre reforma económica (ajustes estructurales) y democracia (electoral), que es violencia política, pero también, o por ello, está la emboscada, el asalto al poder políticopor parte de las grandes mayorías, sumiendo en la rabia a las elites perdedoras, elites políticas pero también, en igualdad de importancia, o quizás mayor, económicas. Con el triunfo electoral en las manos, el desafío inmediato es gubernativos y éste no es menor. El primero se refiere al tamaño del cambio o transformación, y éste, no es el de un cambio estructural; no lo es porque la economía y la política mexicana están entrampadas e hipotecadas con los poderes globales, que incluso los márgenes de operación gubernativa y de transición están acotados. La agenda de AMLO no es una agenda de izquierda pero tampoco es una agenda de democracia completa. El combate a la corrupción, el mal mayor del sistema político mexicano, es la osadía mayor emprendida por el Presidente, y esta, como otras, es difícil leerla desde las clásicas ideologías político-partidarias.

Chiapas es igual a la sociedad mexicana, pero también distinta. De origen, la mayoría de su población, no porta el pensamiento expandido en América del Occidente moderno, sino una racionalidad histórica frágil, desde donde litigó formas de vida y de ser propias, que fueron mestizándose a sabiendas de que éstas no eran únicas y definitivas, hasta llegar al esfuerzo homogeneizante del Estado que adujo ser producto de la Revolución mexicana, pero sin explicitar quien detenta y activa ese poder. Promesa y esperanza propiciaron contrarrevoluciones, pero también luchas recurrentes por alcanzar un pedazo de tierra con fines estrictos de subsistencia.

Esa historia sin ser la misma se repite, aunque cambien sus formas, y más allá de las tensiones de las escalas nacional o internacional, el triunfo de AMLO, en el marco de la 4ª transformación, debe responder a la exigencia histórica, más real que ayer, de que Chiapas sí exige un cambio estructural. Promesa y esperanza se agotaron, para gestar, en más de treinta años de neoliberalismo, procesos de descampesinización que no sólo provocaron una anárquica dinámica migratoria campo-ciudad, sino también una alteración de modos de vivir, de pensar e imaginar. Es el traslado de la pobreza del campo a la ciudad, trayendo  consigo la desmoralización que se torna perenne ante un espacio que altera una cotidianidad  en la que estaban definidas los modos de expresión, comunicación y sociabilidad, preñada de imaginarios construidos con la simpleza de la vida rural. Esta vida y su sentido social, es alterada, se mercantiliza y la violencia se impone como discurso y praxis; la vida la define y modula la política, la burocracia, y la sociedad local toda, en aras, quizás, de eliminar lo colectivo como vector político, pero también moral.

Dejemos los datos a los especialistas en la medición de la pobreza, y pensemos en el dolor, la desesperanza y la amargura que trae consigo el quiebre de las expectativa de vida, decantada en la noción de “vida precaria”. Ambulantaje y “mafia” definen a las urbes, mayormente pequeñas; en su relación está en juego la subsistencia vital, y pareciera no importar el costo para alcanzarla, incluyendo el sometimiento a poderes que le apuestan a la ganancia dineraria y política. El desempleo es el problema mayor. Des-ruralizada la economía de miles de familia, la unidad de producción se desvanece y se suple, desde la disgregación de sus integrantes, por múltiples actividades fincadas mayormente en el comercio ambulante, que incluye el vagabundeo de niños y niñas que piden una moneda aduciendo hambre. Implica la vida toda, imágenes corporales que visibilizan derrota, palabras que no son de propias, pero que traducen acaso la conciencia de un presente que no tiene futuro, porque la vida se resume en fragilidad, contingencia y desamparo.

¿Cómo transgredir lo instituido? Chiapas es lo que es, por el país que es México, pero resulta infructuoso pensar en un cambio desde la lógica económica, que prescribe, con la venia de la democracia liberal, un “mayor” desarrollo; también, pensar en la politización de la población dotándoles de una imagen reducida y remota de lo sociedad, o segmentos de ésta, que no es, o ya no es. Pensar en un cambio de naturaleza estructural para Chiapas, no implica la desarticulación con el todo nacional, implica cambiar los términos de su articulación que exige la deconstrucción de la cadena de vectores causales que al unísono  impactan a toda su estructura social. Para Chiapas, romper con la “maldición bíblica” es la tarea fundacional de la Cuarta Transformación, o debe serlo. Paradójico, pero implica pensar desde fuera y dentro de la democracia liberal que, como indica Badiou, está atada de manera clásica al Estado, tarea sólo posible desde un marco de “oportunidades políticas”, que incorpora a instituciones y actores de casa y fuera de ésta. Y la primera acción de ésta, es ordenar la casa política para tener la legitimidad de ordenar el todo.

 

[1] Correo: mcgarcia2005@yahoo.com.mx

[2] Sartori, Giovanni (1993). La democracia después del comunismo. España: Alianza Editorial.

[3] Sartori, Giovanni (2004). “Hacia dónde va la ciencia política?, en Política y Gobierno, CIDE, Vol. XI, número 2, pp. 349-354

[4] “[…] la corrupción puede ser, ante todo, definida como un intercambio clandestino entres dos “mercados”, el político y/o administrativo y el mercado económico  y social. Es un intercambio oculto por el hecho de que viola normas públicas, jurídicas y éticas, y sacrifica el interés general por los intereses privados (personales, corporativos, de partido, etcétera) (Donatella della Porta e Yves Mény, Metapolítica,  vol. 10, enero-febrero, 2006: 35-39).

 

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