La contingencia también nos aleja de quienes ya se fueron

Foto: Daniel Álvarez

Por Daniel Álvarez

Mientras más tiempo transcurre, ya sea por la contingencia o por la ansiedad que provoca, el tiempo libre, las preocupaciones o quizá por el miedo, tu mente se vuelve reflexiva. Es un hecho que todos estamos en un limbo de incertidumbre, muchas preguntas y pocas respuestas, pero cuando te mantienes estoico ante la situación llegas a indagar en ti mismo.

Si dejamos de voltear a lo que sucede en el mundo, a lo que sucede en nuestro país, incluso, si dejamos por un momento de prestar atención a nuestro estado, podemos ver en nuestra sociedad, en la de nuestro municipio, cómo los rubros que se mantenían escondidos ante nuestra percepción, empiezan a surgir y a ser notoriamente determinantes en nuestra preocupación, pues por muy especial y únicos que nos sintamos, si algo compartimos como humanidad, es la empatía, en menor o mayor cantidad según en cada uno de nosotros.

Hace una noche pude notar que, a unas cuantas casas de mi hogar, lamentablemente una señora de avanzada edad había fallecido por causas ajenas a la pandemia. A escasas horas de su fallecimiento, limitaron parcialmente el paso por la calle con un lazo, lo suficiente para poder colocar sillas frente al domicilio donde la señora vivía, para proceder con la costumbre de velar a quien ya dejó este mundo. Todo normal, con respecto a lo que esperas de un funeral, hasta que recuerdas que todos deberíamos estar en cuarentena, es aquí cuando la noción de quedarse en casa se pierde, el dolor de una pérdida sobrepasa cualquier tipo de prioridad, incluso nuestra propia salud. Había 15, quizá 20 personas en mitad de calle, llorando su pérdida, sin importarles que la autoridad llegase y procedieran de una manera que sinceramente ignoro, puesto que no sé qué sucedería ante la complejidad de la situación. No me quedé observando hasta que eso sucediera.

Todo ese acervo de incógnitas y reflexiones me llevó más allá de esa situación, de hecho me llevó a una situación mucho más personal, algo que tengo en mente desde hace mucho tiempo. Los que perdimos a alguien durante la cuarentena o, como en muchos otros casos, por la misma pandemia, somos acreedores de muchas limitantes que pasan a segundo plano cuando nos toca estar tristes, buscar consuelo y tratar de seguir adelante. El panteón municipal cerró, pocos se habían fijado en el hecho de que a algunos nos llena ir a donde nuestros familiares descansan eternamente, por costumbre, por tradición, por inercia sentimental o por nostalgia pura. Los que ya se fueron tratan de regresar a nuestra memoria y poder estar donde ellos están ayuda a que eso pase.

Es complicado entender el proceso de extrañar a alguien que dejó este mundo, puedes tratar de asimilarlo como te apetezca, pero lo cierto es que la gran parte de la sociedad mundial, les rinde tributo, de alguna manera, a los que ya se fueron y puede ser triste que la tradición de ir a dejar la veladora y las flores cada semana al panteón sea detenida, es aún más triste cuando tu pérdida sucedió hace muy poco, o como el caso de la señora de mi cuadra, recientemente. Me hago la idea de cómo será cada caso en particular según la situación de cada persona que acaba de tener el fallecimiento de algún familiar, o de alguien muy cercano. Me pregunto cómo será el calvario de quien perdió a alguien por coronavirus y quizá nunca volvió a ver a esa persona por los protocolos de bioseguridad, porque el cuerpo fue cremado o lo horrible que ha de ser no poder ni siquiera darle un sepelio como es debido, sea religioso o civil correspondientemente.

Ocosingo guarda muchas historias dentro de los matices negativos y positivos que se puedan gestar a raíz de la contingencia. Por mi parte, me tengo que conformar con prender una veladora a mi papá y a mis abuelos, desde casa, mi mamá tendrá que dejar de ir muy temprano al mercado cada semana, para comprar flores y posteriormente, llevarlas al panteón, en donde descansa su esposo y sus padres. Algo duro sabiendo que nuestra más reciente pérdida fue hace menos de nueve meses y como nosotros, muchos más tienden a actuar igual, con un síndrome de abstinencia a nuestras costumbres, a nuestra cultura. En resumen, la contingencia sanitaria no solo nos alejó de seres queridos que están vivos, sino también de quienes ya no lo están.

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