El asunto Covid 19 como metáfora de la modernidad

Por Antonio García Espada

Como todo en la vida, el asunto de la Covid19 responde a una cosmovisión determinada. Nada mas identificar el patógeno se impuso una conceptualización del fenómeno que en poco tiempo ha derivado en una respuesta insólita tanto por su radicalidad como por su universalidad: la detención de la mayor parte de la actividad humana y el confinamiento de la mayor parte de la humanidad. La hipótesis de este artículo es que la aplicación de este tipo de medidas no habría sido posible (no habría sido inteligible) sin la popularización y la universalización de un marco mental caracterizado por el pensamiento critico (un pensamiento abocado a la crisis, a la ruptura de continuidades, a empezar de cero), la doctrina del progreso (la posibilidad de acelerar el tiempo humano concebido como un tiempo separado del natural) y la idea de redención (la oposición de un bien y un mal y su validación por medio de la imposición universal de dicha dualidad). Que dicha manera de ver las cosas quiera hacerse pasar por “la” (única) manera (operativa) de ver las cosas y que dicha lógica (unívoca, finalista y materialista) cuente con un poder de implementación prácticamente global, convierten el asunto de la Covid19 en una oportunidad de oro para aquellos interesados en observar de cerca, en directo y en una escala temporal super concentrada el funcionamiento del pensamiento moderno y sus dos pilares epistemológicos, el cientificismo y el colonialismo.

 

La ciencia

Empecemos por el principio, por la mera consideración del cuerpo, la salud y la vida. La Covid 19 recibió el nombre incluso antes de saber exactamente qué era, más allá de un virus recubierto con una capa de grasa con puntitas como las de las coronas y que apareció en China a finales de 2019. El ente ha sido clasificado aun antes de que se sepa si se puede considerar vivo o no. No se reproduce, no se alimenta, no defeca. Se multiplica rápidamente y desprovisto de su corona protectora, se extingue, pero no cuenta con energía propia, no metaboliza. La Covid 19 es además un mal universal en potencia. Antes de encontrar cualquier patrón de comportamiento (y la vida por lo general suele seguir patrones) ya fue dictada sentencia sobre su capacidad de infectar cualquier cuerpo en cualquier sitio. No importa latitud, altitud, temperatura, humedad, botánica, dieta, modelo social, régimen político, ni cualquier otra antropotécnica o particularidad ambiental, social o cultural. Inerte, inanimado, imparable, imbatible; todos somos iguales a los ojos de la Covid 19. No es de este mundo y no debería estar en él. Su naturaleza es radicalmente distinta a la nuestra, ajena, absolutamente maligna. No se trata de un mal que nos ponga a prueba, que nos estremezca, que nos merezcamos, que sea contiguo al bien o portador de alguna enseñanza útil o necesaria. Nada que ver con el mal de las cosmovisiones no modernas: inherente, característico de la existencia y, al igual que la muerte, inevitable.

Lo dice la ciencia médica. Una ciencia que nace en el siglo XIV europeo a base de descartar una concepción holística de la salud y desarrollar un tipo de intervención clínica destinada a conseguir resultados evidentes sobre la enfermedad entendida como problema. La solución al problema se logra llevando la enfermedad a su máxima escala de reducción, su último nivel de división posible, segregándola al máximo de su contexto y pasando por alto toda idea de equilibrio o armonía entre mente y cuerpo, individuo y comunidad, micro y macrocosmos. Dicha metodología tiene muchas ventajas, sobre todo su extraordinaria capacidad de acumulación y de profundización. Pero no deja de ser una epistemología parcial que entiende la enfermedad como crisis y que opera sobre ella de manera provisional, a veces enviando al futuro su completa resolución. La efectividad de la medicina clínica está más allá de toda duda. Su extraordinaria continuidad en el tiempo lo demuestra y todo aquel que haya tenido la mala fortuna de sufrir un grave accidente o caer seriamente enfermo lo sabe. Sin embargo, el éxito de la medicina clínica no está en su infalibilidad pues son muchas las enfermedades y heridas que desbordan su capacidad, por no hablar de los desequilibrios sociales y ecológicos generados por la producción masiva de medicamentos y el desarrollo de tecnologías caras y contaminantes.

Esta epistemología de la parcialidad y la provisionalidad es valiosa en la medida que está comprometida con la obtención de resultados rápidos y comprobables. En el ámbito de la enfermedad el logro esperado es la restauración de la salud (concebida por oposición a la idea de enfermedad, aunque sin un estatuto autónomo y claro). Sin embargo, una vez que dicha epistemología saltó a otros ámbitos del saber, la comprobación de resultados a menudo se convirtió en la demostración de su capacidad de anticipar el futuro. A partir de entonces, entre los principales principios validadores de la ciencia moderna está precisamente su capacidad de prever. Las ciencias duras, puras, numéricas, las ciencias de verdad, lo son en la medida que producen leyes universales a cuyo predicamento no escapa ni siquiera lo que aun no ha sucedido. Ciertamente pocas ciencias pueden permitirse llegar tan lejos. Para alcanzar el Olimpo de la pureza tienen que hacerse medibles, matematizables, cuantificables, ser capaces de traducir su objeto lo más posible a números. No hay disciplina del saber de los últimos dos siglos que haya evitado la tentación. Algunos de esos intentos son ciertamente sonrojantes, pero lo cierto es que todavía hoy numerosas disciplinas sociales y humanísticas están desgarradas por dentro, entre quienes defienden una epistemología propia, en construcción permanente, y quienes apuestan por el llamado cientificismo, la imitación del método de las ciencias naturales y la consiguiente participación en su autoridad.

Pero no nos engañemos. Aunque la ciencia moderna se caracterice antes que nada por una concepción aristotélica de la inteligencia que tiene por función primaria reconocer a priori sus propias flaquezas y establecer con la mayor precisión posible el estatuto de dicha limitación, el extraordinario desarrollo que ha conocido la ciencia moderna en los últimos dos siglos se debe en realidad al mencionado cientificismo, a la promesa de desarrollar sofisticadas técnicas con las que realizar complejos ejercicios de anticipación, y así obtener sobre otros ámbitos de la realidad una capacidad de control semejante a la que ejerce el físico sobre los metales o el químico sobre las ácidos. La ambición es común y compartida con ámbitos disciplinarios como los del economista, el sociólogo, el politólogo, el antropólogo e incluso el historiador, por citar unos pocos.

 

La religión

Son estos casos de epistemologías forzadas y llevadas al extremo los que mejor dejan ver el estrecho maridaje entre ciencia y poder típico de la modernidad. El incremento sobre la capacidad (o sensación) de control que da la anticipación científica es clave en todo ejercicio de poder realmente moderno. Así como las venerables tradiciones sapienciales tenían que dar al menos cierto acceso a la providencia (el destino, el reino de Dios, las leyes retributivas del karma, el nirvana, la justicia divina, etc.) la modernidad hace lo propio a través de la ciencia dándonos acceso al progreso. La nueva configuración del porvenir surgida en la Europa del siglo XVIII elimina la posibilidad de dar con el sentido último, el significado del devenir temporal. Dicho significado queda totalmente fuera de las preocupaciones de la ciencia, despreciándolo por considerarlo metafísica. Pero en la misma medida que renuncia a desentrañar al sentido final del progreso, la modernidad aumenta nuestra precisión a la hora de anticipar resultados inmediatos y nos anima a hacer apuestas e invertir en probabilidades. El progreso está sometido al cálculo y es posible reducir riesgos en las apuestas aplicando cabalmente el método científico; precisamente el método que aumenta su operatividad a base de renunciar al sentido ultimo y completo de su objeto en su contexto. La historia de la ciencia muestra que de entre sus muchos caminos posibles, han tendido a una mayor continuidad aquellos que han contribuido, tanto con adelantos tecnológicos como epistemológicos, a la consolidación, legitimación, renovación o aceleración del poder de unos hombres sobre otros.

Pero ¿es todavía necesario advertir que esa sensación de control obtenida por la ciencia moderna a base de simplificar la realidad es sospechosa cuando no directamente responsable de numerosos fraudes y engaños, así como de alguna de las mayores atrocidades cometidas por el hombre contra el hombre y todo lo demás que hay entre el cielo y la tierra? De hecho, es esta búsqueda de la sensación de control la que continuamente tiene a la ciencia al borde de su propia extinción, acercándola peligrosamente a ese otro campo que apofáticamente la define, su antítesis ideal, su pretendido antónimo: la religión. La relación de complementariedad entre religión y ciencia, así como la centralidad de esta guerra fría entre gemelas desavenidas en el desarrollo de la modernidad es objeto de algunos de los mas apasionados debates filosóficos recientes en los que no tenemos tiempo de adentrarnos en estos momentos críticos. Sin embargo, todo el asunto de la Covid 19 nos ha dejado una de las estampas mas clarividentes del riesgo constante de confusión entre los predicamentos de la ciencia y la religión. ¿A qué se debe sino esa invocación constante de todos los gobiernos del mundo confinado al gobierno por la ciencia?

El platónico filosofo rey de nuestros días es Angela Merkel con su doctorado en química cuántica y no son pocos los jefes de gobiernos que careciendo de dichos títulos han decidido poner al frente a carismáticos expertos en epidemiología (los López Gatell, Fernando Simon o Anthony Fauci, alias “La voz de la ciencia”) que con su experticia, positivismo, absoluta confianza en la ciencia y cierto ademán condescendiente parecen ser los únicos capaces de movilizar a la plebe y trasladar la sensación de control que todo gobierno un tanto desesperadamente se resiste a perder en este contexto. Para ello cuentan además con las poderosas herramientas de control y anticipación de la realidad que le proporcionan prestigiosas instituciones del Atlántico Norte (siempre del Atlántico Norte) como el Colegio Imperial de Londres o al Universidad John Hopkins de Baltimore. Ellas producen la información que mueve el mundo Covid 19.

Solo la ciencia nos salvará y a ella se han ido humillando uno tras otros todos los gobiernos del mundo, así como los sacerdotes y los lideres de todas las iglesias, congregaciones y templos de la tierra entera. Pero ¿qué es la ciencia sino un montón de voces a veces discrepantes, a veces rivales, a veces de plano irreconciliables y que, en el mejor de los casos, mediante fallos y aciertos, van creando consensos siempre provisionales y sujetos a abruptos cambios de sentido? ¿en serio es científico identificar la ciencia con único método, una única razón, un único objetivo? ¿hay algo mas anticientífico que presentar la ciencia como inefable e infalible? A pesar de la tan cacareada oposición entre ciencia y religión, ocasiones como esta en que la sola invocación a la ciencia es hecha con intención de anular el juicio critico y detener la oposición (por ejemplo, las instrucciones giradas por el Gobierno de España recomendaban no “cuestionar el confinamiento” pues eso haría aun más difícil acatarlo), demuestran con todas las letras hasta que punto el dogmatismo clerical es tan característico de los devotos de la iglesia antigua como de los devotos de la ciencia moderna.

 

La historia

A este mundo un tanto descabezado ha llegado el patógeno con forma de corona. Un patógeno que pilló a todos desprevenidos y se empezó a extender como la pólvora en medio de las celebraciones del paso del año 2019 al 2020 en Occidente y del 4717 al 4718 en Oriente. Quizá por eso, quizá, se impuso masivamente un único modelo para lidiar con el nuevo coronavirus, el propuesto por China y respaldado por la Organización Mundial de la Salud, el del arresto domiciliario forzado, masivo y no selectivo. Resultan de lo más llamativos los esfuerzos por naturalizar dicho modelo que, cómo no podía ser de otra manera, se apoyan en clamorosas falsificaciones del pasado. Pongamos por caso las invocaciones a la peste negra del siglo XIV o la gripe española de la I Guerra Mundial. Instancias a las que se atribuyen todo tipo de datos como si de informaciones exactas se tratara y que sin embargo nunca han sido más que conjeturas. En 1918 la inmensa mayoría del mundo estaba aun por cartografiar, las noticias seguras sobre la plaga aplican a un número muy reducido de núcleos urbanos y las horquillas entre los datos manejados son tan grandes que la cantidad total de afectados por la Covid 19 se colaría por esos huecos sin dejar el más mínimo rastro. De la peste negra en realidad sabemos poco, ni cual fue el animal portador, ardillas, ratas o piojos, ni el lugar en el qué se originó, el norte de India, el sur de China o el centro de Asia, tampoco la ruta de difusión que tomó y mucho menos el numero o proporción de afectados. Lo que sabemos proviene de pocas fuentes históricas, por lo general posteriores y en su mayor parte literarias o directamente apocalípticas, que necesitan mucha hermenéutica y que están estrechamente relacionadas con el ambiente de crisis social característico del final del feudalismo.

La alta incidencia de la peste negra en Europa se debe a las décadas previas de malas cosechas por malas temperaturas que iniciaron el declive demográfico del Occidente Latino mucho antes de la llegada del patógeno. Ni por asomo se ha dado jamás en la historia un tipo de cuarentena preventiva como la actual. Las medidas de distanciamiento social que comienzan a adoptarse en la Europa de los siglos XVII y XVIII, con el ascenso de la concepción moderna de la enfermedad, eran implementadas solo sobre los enfermos, aplicadas en lugares localizados y ante la evidencia de patógenos altamente letales o sencillamente ante la sobreabundancia de cadáveres. En todo caso se trató de una práctica que pronto acabó caracterizando a la burguesía hasta convertirse en una de las señas de identidad típicas de los colonos europeos más allá de sus fronteras.

Pero lo que funciona como argumento comparativo para naturalizar las radicales medidas adoptadas en el presente, no sirve en el sentido inverso. La doctrina del progreso neutraliza el pasado y lo convierte en un modelo de referencia facultativo. Este uso selectivo y distorsionado de los métodos propios de la historia, la medicina o la estadística, así como la fraudulenta invocación a una (imposible) dimensión transcendente de la ciencia moderna es elocuente y pudieran ser la expresión de una situación realmente critica. Esta invocación abstracta y fetichista a la ciencia podría ser el síntoma del mal momento político y económico, así como de los graves problemas de legitimidad por los que están pasando gobiernos de todo tipo. A lo largo de cuando menos esta ultima década no han hecho sino deteriorarse a un ritmo creciente tanto la comunicación política, como la generación de consensos, la gestión económica y ambiental, etc. La inflación financiera, la digitalización de la realidad, la probable oscilación de los polos económicos… son multitud las causas posibles, pero el consenso es general respecto a la pancrisis que afecta a prácticamente todas las sociedades humanas y reservas naturales del mundo entero desde por lo menos 2008.

Entre las expresiones sociales de este desajuste masivo del sistema están tanto la aceleración como la expansión por todo el mundo de revueltas populares, movimientos indignados, ocupas, primaveras revolucionarias, independentismos, nacionalismos, comunalismos, intervenciones armadas, terrorismo… el año de 2019 fue particularmente prolijo en este tipo de expresiones antisistémicas: en el Oriente Medio, en el Sudeste Asiático, en Sudamérica, en Sudeuropa, etc…Y entre las expresiones políticas de este malcontento generalizado no podía faltar el auge de los liderazgos carismáticos, de hombres enérgicos comprometidos con la regeneración social y la exaltación nacionalista bajo la promesa de resarcir al pueblo de los agravios del presente. Los Donald Trump, Narendra Modi, Jair Bolsonaro, Recep Tayyip Erdogan, Benjamin Netanyahu, Vladimir Putin, Boris Johnson, por citar algunos de los mas mediáticos, evidencian un nuevo agotamiento de la noción de normalidad política. Su lugar lo ha tomado la excepcionalidad y el recurso abierto a la metapolítica.

Las invocaciones a dioses, razas, pasados ideales o promesas de redención son las que han logrado captar el interés de las mayorías de votantes (movimiento que, por cierto, hizo evidente la ineficacia de las encuestas y los modelos matemáticos de predicción). Sin embargo, no han hecho sino sumir al mundo de la economía y la política en un caos aun mayor. La situación es grave y son pocas las instituciones que hayan conservado el suficiente prestigio social para implementar las soluciones exigidas por la nueva situación. No importa cuanto mas desgaste sufra la ya maltrecha academia, ante nuestras narices y de la manera mas irresponsable se invoca el fetiche de la ciencia para sacar adelante una agenda política extraordinariamente ambiciosa e implementada mediante estados de emergencia, toques de queda, proclamas belicistas o sencillamente la militarización de la vida pública.

Foto IMSS

 

La hybris

La justificación discursiva de tan extraordinarias y excepcionales medidas son la epitome del pensamiento moderno: la lucha declarada contra un elemento de la realidad. Por todas partes se habla de “la nueva normalidad” en oposición a una antigua. Estas continuidades rotas en el espacio y el tiempo, alentadas por la sensación de control que la ciencia pone en manos del moderno tienen, por supuesto, un alto coste psicológico. Por una parte, generan entusiasmo, alientan utopías, sueños de un mundo mejor y más humano, gobernado por la inteligencia y la bondad. Este optimismo exultante se expresa también mediante la espectacularización de la realidad. Los operarios son convertidos en héroes y son vitoreados por las masas que se comportan ejemplarmente, al unísono, con una única voz, una única voluntad toda ella orientada a la exaltación de las virtudes propias de una comunidad abnegada compuesta de mártires que se sacrifican por el bien de todos.

Pero la sociedad del espectáculo contiene su antítesis y es igualmente prolífica en la generación de distopias, la sospecha de complots y conspiraciones, de energías ocultas encaminadas al tormento y la destrucción. Cuando el miedo no es exitosamente canalizado genera odio y egoísmo, desesperación y rencor, racismo y xenofobia. Héroes a los que aplaudir, villanos a los que linchar, la división propiciada por la espectacularidad de lo moderno es a su vez la razón de ser del partidismo, el divide y vencerás característico de la configuración moderna de la política. Derechas e izquierdas se presentan como alternativas ideológicas pero pocas situaciones como la actual evidencian el oportunismo hipócrita de tal distinción. La globalidad del asunto Covid 19 nos muestra a las claras cómo las mismas posiciones criticas asumidas por la derecha en unos escenarios son asumidos en otros por la izquierda.

Quizá no haya efecto más perverso del idealismo moderno que la criminalización de la persona. La modernidad produce sofisticados artefactos con los que incrementar el control de la realidad. También para la gestión de lo social dichos artefactos cuentan con la legitimación del cientificismo. Sin embargo, la ciencia moderna aplicada a lo social ni es segura ni es estable. Aun así, los científicos sociales son a menudo más renuentes que los científicos newtonianos y einsteinianos a aceptar el error (aunque es cierto que en la misma medida que la evidencia les es más esquiva también lo es el error). El caso es que los sistemas ideales producidos por los expertos acaban a menudo criminalizando al profano. Las ideas son perfectas, generan maquinas perfectas y son los humanos quienes (por su indisciplina, su inconsistencia, sus enredos emocionales, su humanidad en suma) lo echan todo a perder, no están a la altura, son un fracaso. La modernidad no quiere convertir el pueblo en expertos sino sustituir el pueblo por expertos. Este desgarro ontológico es también fruto de una determinada versión de la ciencia (la versión moderna y su consecuencia natural, el cientificismo). Y lejos de ser reconocida su inhumanidad, esta perversión epistemología tiene para la modernidad un papel ejemplarizante. A la modernidad le sobra el hombre de verdad, el de carne y hueso, por eso lo ha asesinado en masa, en los trópicos colonizados, en los valles y las llanuras americanas, en las islas oceánicas, en los pogromos, los gulags, los konzentrationslager, en el Oriente Medio, en los hacinamientos carcelarios, ¿donde no?

 

Los perdedores

Esta tajante distinción entre ganadores y perdedores esta muy lejos de la abstracción. Su centralidad en el ideario moderno se ha expresado históricamente en eso que llamamos colonialismo. El asunto de la Covid 19 prueba a las claras esa dimensión epistemológica de la colonización moderna que, por lo general queda opacada por la explotación material, la tiranía y la injusticia. Sin embargo, más allá de los beneficios concretos de la dominación, la modernidad no puede pasar sin una referencia negativa, un espejo inverso que le informe continuamente de lo que no es. Por eso no es fácil saber que es la modernidad pues se define mejor por oposición a algo, bien sea la tradición, el pasado reciente, los pueblos contiguos o las naciones indígenas. Aunque la lista es extensísima, dependiendo del contexto nos podemos encontrar definiciones reactivas de la modernidad frente a la infancia, la feminidad, el nómada, el ágrafo, el musulmán… La colonización es la hoja de ruta de la modernidad, su “destino manifiesto”.

No hay ejemplo más a la mano que el estallido de la Covid 19 en Europa a principios de marzo. Inmediatamente se impuso una cuenta matemática que establecía que mas allá de la baja letalidad del nuevo virus, su rapidez de contagio amenazaba el colapso de los servicios de urgencias del sistema hospitalario nacional. La única solución disponible en países como Italia y España era evitar el contacto entre personas. Contemporáneamente, pero a diez mil kilómetros de distancia países como Perú (16 de marzo) o El Salvador (22 de marzo) replicaban argumentos e imponían un estricto confinamiento supervisado por la policía y el ejército. Los vítores de la prensa internacional no tardaron en llegar y junto a ellos fuertes presiones para que el resto de países hicieran lo mismo. Para fines de mes la presión había surgido efecto y la mayor parte de los países de todo el mundo estaban imponiendo de una u otra manera limitaciones, cuarentenas y toques de queda, algunos con consecuencias de una gravedad que aun tardaremos años o décadas en desentrañar, como en el caso de India con sus cientos de millones de pobres que perdieron todo medio de subsistencia y todavía hoy, dos meses después, siguen vagando por la tierra, desamparados y muriendo de hambre. O Etiopía donde se forzó el confinamiento no por el peligroso brote de fiebre amarilla, ni el de sarampión, ni por la bíblica plaga de langosta que está arrasando sus campos, sino por los cinco fallecidos por Covid 19. Tampoco las recientes epidemias de Zika o de Chikungunya que dejaron miles de muertos en Latinoamérica merecieron medidas de contención alguna. Por no hablar de la gran cantidad de fallecimientos diarios por enfermedades infecciosas para las que poco importa que halla o no remedio si para la mayoría de la humanidad es tan inaccesible como la luna.

No dispongo de información certera al respecto y por tanto no diré nada de presiones en forma de estímulos y castigos, de créditos baratos o condonación de deudas, para forzar un tipo u otro de distanciamiento social y paralización de la actividad productiva por parte de entidades globales mundiales como el FMI, el Banco Mundial u organizaciones con vocación de gobierno universal como la ONU y sus muchos tentáculos. De lo que no me cabe duda es de la presión mediática internacional y del aspiracionismo propio de las clases medias de las urbes de los países pobres, que fueron quienes elevaron sus voces, ansiosos por imitar a los europeos para que se adoptaran sus mismas medidas. El deterioro de las instituciones publicas y la desconfianza hacia toda forma de poder político nacional, hace que la burguesía latinoamericana esté más pendiente y haga más caso de lo que proviene de Europa y Estados Unidos. En América Latina solo países grandes como México y Brasil han podido ofrecer algo de resistencia a esas mas que probables presiones internacionales. Presiones tangibles que a menudo tomaron forma de salvajes criticas y ofensivas burlas a sus legítimos gobernantes por parte de periodistas de prestigio internacional. El único país al que se le ha permitido seguir un curso de acción diferente y no ha sido insultado por ello no podía ser otro que la ejemplar Suecia.

La vigencia del orden colonial es plena. El mundo ha sido distribuido en estados nación que independientemente de la condición democrática de la mayoría de ellos, anteponen a los intereses de sus ciudadanos los intereses de las elites que en los últimos siglos impusieron dicho orden político sobre la faz de la tierra. Da igual la diferencia, la historia de cada uno, la particularidad demográfica, la precariedad en que vive la mayoría de la gente, la falta de acceso a cualquier tipo de tratamiento medico e incluso a la higiene mas básica, la prevalencia de enfermedades mucho mas mortales que la Covid 19, la precariedad de todo tipo de instituciones públicas, la corrupción policial, los abusos militares, la impunidad judicial, la violencia callejera, la violencia sexual, la informalidad de la economía, la explotación por parte de un empresariado avaricioso, el odio generalizado de todos contra todos, la desigualdad, la injusticia social… no importa: quien decide lo hace por encima de toda particularidad y sus decisiones son correctas mas allá de cualquier evidencia en su contra.

Y no me refiero a los numerosos abusos policiales o las incontadas (incontables en realidad) muertes por hambre y miseria. Me refiero a la evidencia que en estos últimos días de mayo está demostrando que el comportamiento de la epidemia, su evolución, temporalidad y porcentaje de casos afectados apenas ha variado entre países colindantes como Perú donde se implementó un confinamiento estricto y Brasil donde no. La responsabilidad obviamente es de los peruanos que, según los diagnósticos oficiales, son negligentes, descuidados y maleducados. El estado (colonial) siempre gana.

Igualmente ha sido ridiculizado el patrimonio cultural de todos estos pueblos pobres. Los especialistas del mundo de la ciencia en realidad no saben mucho de la Covid 19, ni tienen cura, ni vacuna preventiva, ni tampoco claridad con respecto a los protocolos médicos óptimos. Miles de personas han muerto en Europa precisamente por la aplicación de terapias inadecuadas. Pero eso no importa. El gremio medico es uno a la hora de condenar tajantemente todo remedio natural, toda receta local, todo saber accesible. Las soluciones deben de ser sofisticadas, complejas e involucrar costosos procedimientos de laboratorio sobre los que biólogos y farmacéuticos tienen el monopolio. Como referencia del oprobio tenemos el caso de los doctores franceses y el “descubrimiento” ampliamente publicitado del tabaco como remedio contra el Covid 19. Indios amazónicos y mesoamericanos son continuamente ridiculizados por especialistas y amenazados por autoridades publicas por promover el tabaco como remedio contra plagas y virus.

Las medidas tomadas por los distintos gobiernos no han dado los resultados previstos y cada vez generan más discrepancia. A estas alturas, los gobiernos siguen defendiendo con uñas y dientes sus posiciones mientras los criterios científicos que las sustentan está cambiando a veces radicalmente. Numerosos jefes de estado están pelando duro el mantenimiento del estado de excepción (no dudo de los beneficios de gobernar sin freno para los distintos jefes de estado, algunos sin duda corruptos, autoritarios e incluso con tendencias genocidas) aunque a la vez se estén relajando restricciones y apresurando el desmantelamiento de la cuarentena. Es el caso de los países latinoamericanos que, en estos días de finales de mayo, se están dando cuenta que aplicaron las cuarentenas demasiado pronto y que ahora que el numero de contagios se está incrementando rápidamente ya no hay posibilidad de continuar con el confinamiento ni la hibernación económica si causar una autentico baño de sangre y lágrimas. Qué expresión más certera de la plena vigencia del orden colonial en América Latina.

 

La conclusión

Jamás se han tomado decisiones tan graves con certezas tan débiles. En ningún momento ha habido evidencia científica suficiente para respaldar medidas como el confinamiento total de la población, la paralización de la actividad económica, el cierre de escuelas, el cierre de fronteras, la inmovilización de millones de seres humanos, la privación de trabajo y medios de subsistencia a muchos millones más. Ni siquiera el uso de mascarillas y guantes cuenta con grandes certezas a su favor. Todo son probabilidades, cálculos numéricos y quimeras digitales a la vez temidas y soñadas por intelectuales asalariados y amplificados por grandes medios de comunicación global, obedientemente replicados por los medios locales. Por el contrario, todo el asunto de la Covid 19 ha evidenciado mas bien la vacua vanidad de pretender contar con información certera “en tiempo real”. Los países más ricos del mundo están experimentando graves problemas hasta para contar sus propios muertos. Los famosos modelos de predicción matemática han errado, a veces por mucho y nadie se hace responsable. Pero ¿quién se va a hacer responsable de que el comportamiento humano sea tan difícil de modelar? ¿De quién es la culpa de que todavía haya gente sin un buen salario fijo, sin una espaciosa casa propia, que carezcan de una pareja amorosa y unos hijos felices y tranquilos, que sean tantos los aquejados de algún tipo de inestabilidad emocional o alguna dificultad cognitiva, los arrebatados por alguna afición, por algún sueño de libertad o sencillamente persuadidos de que, como decía Averroes, siempre hay algo de la realidad que no contiene en sí razón suficiente de su propia existencia? ¿Qué haremos con un mundo con tantas excepciones a la norma?

Porque de haber tenido todo esto presente, de haber confiado algo más en la compleja naturaleza del ser humano con sus imperfecciones y sorpresas en lugar de en modelos matemáticos monótonos y perfectos, las cosas podrían haber sido muy diferentes. Quién sabe si el remedio contra la nueva enfermedad habría sido favorecido por el funcionamiento normal de hospitales, laboratorios, universidades y centros de investigación. Quizá estaríamos hablando de muchos menos afectados y fallecidos si no se hubieran interrumpido las cadenas de producción y distribución tanto de material médico como de alimentos. Y ¿si se hubiera apostado por la vida sana, el fortalecimiento inmunológico y la tranquilidad en vez de la histeria, el atropello y el pánico? ¿Realmente ha favorecido la investigación científica y la reflexión política la soberbia impaciencia de una elite tecnócrata casi totalmente financiada por avariciosos usureros?

Los equilibrios que gobiernan la vida humana en el planeta son harto complejos y tienen detrás milenios de ensayos y errores, de tiras y aflojas, de experiencia e imaginación. En realidad, le debemos mucho menos a la ciencia moderna de lo que sus apologetas pregonan. El experimento iniciado hace siete u ocho siglos en Europa que acabó por darle un dominio planetario nunca antes conseguido por pueblo alguno, es sin duda una historia de éxito. Mas allá de la furibunda critica decolonial, posmoderna, feminista o la evidencia, extraordinariamente intensificada a lo largo de las ultimas décadas, de sus efectos nocivos sobre el clima, la diversidad biológica, la justicia social y la tranquilidad de espíritu, el cientificismo y colonialismo moderno han vuelto a ganar la partida. Ha vuelto a imponerse por goleada el modelo bélico, el enfrentamiento frontal contra la realidad, la idea de que el ser humano puede prosperar en un mundo hecho a su antojo, que todo lo que cabe entre el cielo y la tierra se postrará ante hombre, que nada ni del reino de lo visible ni del reino de lo invisible escapará a su control y que las condiciones de este juego que es la vida las ponen unos pocos hombres que saben mucho de matemáticas y hablan entre ellos en inglés. Eso es una quimera. Y es esa misma quimera aterrizada en el común de los mortales la que se convierte en un impulso irrefrenable por comprar papel higiénico. Su gran tamaño y pequeño precio ha acabado convirtiéndolo en la herramienta por excelencia que la modernidad en plena decrepitud ha puesto en nuestras manos para continuar con la sensación de que seguimos al mando de la situación.

 

 

Antonio García Espada

San Cristóbal de las Casas

22 de mayo de 2020

2 Comentarios en “El asunto Covid 19 como metáfora de la modernidad”

  1. nayeli
    4 junio, 2020 at 2:01 #

    Gracias por este texto!
    Es una tabla salvavidas en medio del mar del alineamiento pasivo.

  2. antonio
    23 mayo, 2020 at 9:26 #

    The lockdowns to stop covid-19 have been a radical departure from the tenets of epidemiology. They are the equivalent, in cholera terms, of taking the handles from all of London’s water pumps. But emerging patterns in the outbreaks and deaths from the infection suggest that the post-lockdown phase will involve a return to classic epidemiology. It will, in other words, be calibrated to the places and people involved. What might work in densely packed, multicultural New York City will be different from what is suitable in homogeneous, rural Wisconsin.
    https://www.economist.com/science-and-technology/2020/05/21/the-risk-of-severe-covid-19-is-not-uniform?utm_campaign=coronavirus-special-edition&utm_medium=newsletter&utm_source=salesforce-marketing-cloud&utm_term=2020-05-23&utm_content=article-link-1

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