El futbol mexicano no tiene identidad

Niños en Playa del Sol, Tonalá, Chiapas, disfrutan de sus vacaciones. Foto: Elizabeth Ruiz.

Por Daniel Álvarez Castellanos

El regreso del futbol mexicano es inminente, pero como era de esperarse, se decidieron muchas cosas en torno al futbol mundial y al futbol nacional gracias a esta pausa provocada por la pandemia. También es inminente la transición silenciosa que ya planean todos aquellos que mueven los hilos del futbol en México, pues la desaparición del ascenso, por ejemplo, solo es la premisa que dará paso a algo más grande, como la posibilidad de hacer una superliga norteamericana. Me da la impresión de que no sabemos lo que hace diferente a nuestro futbol, de manera culturalmente deportiva, claro, y a partir de eso se genera una pregunta que duele, si nos consideramos verdaderos aficionados al balompié azteca.

¿Cuál es nuestra identidad como futbol mexicano? Si usted viene siguiendo el futbol desde hace más de tres décadas, habrá notado lo mucho que ha cambiado el sistema. Terminó una era el pasado 2010 cuando el deporte en México reflejaba concretamente eso, deporte, y ahora conocemos todo el panorama que se aproxima en esta nueva década, una nueva era que tendrá como nacimiento aguas turbias que solo confunden a la apasionada afición que se ha vuelto conformista y menosprecia el peso de la historia, la importancia de los ayeres en el futbol mexicano.

Nos centremos en la falta desconcertante de identidad que tenemos como afición o como seguidores de un deporte que nos importa mucho más que las gestiones políticas y económicas que las altas esferas produzcan para el porvenir de nuestra nación; buscamos un entretenimiento que al final nos absorbe y, de un tiempo para acá, vaya “sorpresa” que nos llevamos, porque actualmente y de forma descarada, el balompié azteca dejó de representar un canal de deportes a un canal de novelas, dramas, farándula y parodia. El futbol mexicano dejó en segundo plano el enfoque primordial del deporte para volverse política y economía, negocios y burocracia; circo, maroma y teatro.

Por si aún no se han dado cuenta, la categoría de plata, la cuna y el panteón de la carrera de muchos futbolistas, o el Ascenso Mx como se le conoce oficialmente, ha sido destruido, pisoteado y ha fungido como verdadera víctima del desinterés. Y aunque se piense que los culpables son actores superficiales de la novela, o la fachada, como son vistos Yon de Luisa, el actual Presidente de la Federación Mexicana de Futbol o Enrique Bonilla quien es Presidente de la Liga Mx, no es así, tampoco son los peces gordos quienes dirigen los hilos “desde la sombra” del negocio futbolístico en México, como Jesús Martínez, Azcárraga o Irarragorri, pues todos estos empresarios, marionetas y corruptos llegaron mucho después de lo que verdaderamente hundió a las ligas menores en México.

Entonces, ¿quiénes son los verdaderos culpables de la eliminación de un pilar que reafirmaba al futbol mexicano como nuestro? Pues, definitivamente, los que llegaron desde el principio a fomentar el desinterés en un deporte que, si no es estético, no complace. Los verdaderos culpables somos nosotros, como una afición que sabe que la Liga Mx nos representa como futbol y que a cambio nosotros no le damos esa identidad a la liga que, por ese motivo, tiende a poner mucho antes el nombre que patrocina el torneo y luego, como haciendo énfasis al poco margen de interés, pone un patético y lamentable “Mx” al final y lo peor es que nos encanta el nombre.

Es de reflexionar que nos guiemos de la errónea costumbre que representa ver a los estadios repletos, con su color, con su folklor, ver a nuestros equipos con sus mascotas, los que vemos el futbol desde el televisor nos guiamos de los narradores y analistas, de las tomas hacia las gradas cuando se da un gol, de la pasión simbionte que se genera dentro del estadio y que se transmite cada fin de semana. Y con eso tenemos.

Cada cuatro años, nos juntamos con los amigos a ver los partidos del mundial, nos ponemos “la tricolor” y con sombrero charro, nuestra bandera amarrada al cuello y con una lata de cerveza pensamos que somos completamente diferentes o superiores a la afición argentina, por ejemplo, comparamos el ambiente de La Bombonera o El Monumental con el del Volcán o el del Coloso de Santa Úrsula y nos jactamos de la pasión histérica, violenta y desenfrenada que tienen los argentinos, cuando cada cierto tiempo tenemos que ver las palizas que se dan en las tribunas, como sucedió hace unos años en el Pirata Fuente o hace mucho más tiempo con la balacera afuera del estadio de Santos, el estadio Corona. Lo cierto es que ellos (los aficionados argentinos) sí tienen identidad, porque saben que su liga quizá no es la mejor, pero sí es SU liga, se apropian de SUS colores y el futbol se juega en SU país. Su liga se llama “Superliga Argentina”; ponerle así a su liga dice mucho.

Nos sentimos especiales por ser representados por un conjunto de futbolistas mexicanos que a veces ni conocemos, pero nos ofendemos si vemos un naturalizado y de forma contradictoria, idolatramos mucho más a los extranjeros que a nuestros compatriotas; abucheamos a un J.J Macías por “agrandarse”, cuando solo tiene mentalidad de superarse, pero vanagloriamos al extranjero Gignac, que quizá llegó a ser el gran goleador que actualmente presume Tigres por tener esa mentalidad de agrandado.

Es curioso que esto también pasaba treinta años atrás, pero creo que todos sabemos la época de oro que vivían los mexicanos hace 3 décadas, ¿por qué antes el futbolista mexicano era relativamente más exitoso? Sencillo: antes la Federación en conjunto con la directiva de la liga mexicana, no priorizaba el negocio antes del desarrollo del futbolista mexicano, pero como ahora vende más el jugador de afuera y no el mexicano que picó piedra para sobresalir, se tienen que tomar decisiones para que el negocio prospere, al punto de que el desarrollo deportivo de los mexicanos disminuya a base de pocas oportunidades, justamente lo que hemos visto con los últimos mexicanos que fueron campeones del mundial sub-17 y que ahora no sabemos en dónde quedó la mayoría de esos prometedores jóvenes. La culpabilidad entre los directivos, empresarios y nosotros la afición; es compartida, sí, pero la falta de interés es completamente nuestra.

Es una realidad que la identidad depende mucho de la pertenencia, por lo que debemos de enforcarnos más en apoyar lo mexicano y que esto deje de ser un negocio que nos roba nuestra identidad y aprender que México tiene un futbol que, si bien no es perfecto, es nuestro. Debemos apoyar el sentido que le dan las categorías menores porque es obvio que ahí se juega un futbol más nacional que la primera división; es triste que nos quieran quitar el sentido de pertenencia, pero lo es mucho más que, con tal de ver a más estrellas extranjeras, dejemos que eso pase. Hugo Sánchez, ególatra y todo, quizá tenía razón acerca de que el mexicano es malinchista, que el peor enemigo del mexicano es el mismo mexicano, pero como dicen en redes últimamente “no estamos listos para esa conversación”.

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