“La Bolsa o la Vida”: Invertir la mirada de lo privado y lo público

Alain Basail Rodríguez[1]

Los asaltantes de caminos, bandoleros o ladronzuelos urbanos han increpado a sus víctimas a lo largo de los tiempos con la frase “¿la bolsa o la vida?”. Uno siempre ha leído, visto, oído o experimentado que, tras superar la sorpresa, los asaltados sueltan raudos la bolsa, la cartera, las joyas y los arreos para salvar sus vidas con la excepción de los que confían en sus artes con las armas o con la palabra precisa para negociar.

Más allá del sentido de los episodios cotidianos, las dicotomías pagar o vivir, economía o vida, responden a lógicas binarias siempre reduccionistas, extremas y restrictivas que se fundamentan en ideologías belicistas con consecuencias tan perversas como las de los lemas nacionalistas dónde la patria antecede a la vida o es preferible la conceptualización y el éxito de la muerte. Hace unos años Eric Tossaint publicó un libro donde planteaba esta misma disyuntiva con el provocativo subtítulo de Las finanzas contra los pueblos para discutir los desastres de las políticas desarrolladas en nombre de la ofensiva neoliberal.[2]

Hoy estamos ante un asaltante invisible, un virus (SRAS-CoV-2 o coronavirus de tipo 2) y una enfermedad (la COVID‑19),que las narrativas bélicas llaman el “enemigo”. Apenas empezamos a hacer sentido de lo que está pasando al buscar referentes simbólicos para nombrar lo real y para calibrar sus alcances o profundidades. Las distintas historias de lo que está ocurriendo nos permiten cavilar que muchos serán los cambios porque las cosas no serán ni podrán ser iguales que antes, y porque la “normalidad” que se añora fue un espejismo. ¿Cuáles serán esos cambios inexorables? ¿Supondrán un paradigma social, económico y ecológico alternativo? ¿Qué es lo nuevo que emerge con potencia y no podemos nombrar convincentemente aún? ¿Los riesgos, los miedos y los estigmas decidirán qué vidas deben ser vividas por encima del derecho a la vida mismo?

Las plagas, las enfermedades, las epidemias y las catástrofes han sido parte del devenir de la historia socionatural de la humanidad. También, los asaltos callejeros. Estos continuarán y se intensificarán con el aumento descomunal de la pobreza por lo que salvar la vida seguirá siendo lo primero a nivel individual. Sin embargo, es legítima una duda: ¿salvar vidas será la prioridad colectiva de la sociedad? En plena contingencia sanitaria luchar por preservar vidas humanas es lo primordial por lo que antes que curar hay que prevenir. Sabemos que los virus no entienden de clases o marcadores sociales pero que se ceban con la desigualdad social por lo que los pobres son los mayores perdedores de todas las crisis. Tras las curvas de morbilidad y mortalidad, la curva de la pobreza se desbocará a niveles históricos mientras todos y todas nos empobrecemos más. Nadie escapa ni se salva de El triunfo de la muerte en un mundo consumido, como mostró Pieter Brueghel el Viejo en su óleo sobre tabla de aproximadamente 1562.

Entonces, la discusión sobre la enfermedad y la salud, la muerte, la vida y la economía a nivel individual y colectivo es tarea de toda la sociedad, de los gobiernos y del estado. Hoy pocos andan por los caminos con alguna bolsa de dinero en sus alforjas. Los capitales están a buen recaudo en los bancos, materializados en inversiones o ya fueron girados electrónicamente a cuentas en el extranjero. No es hora de enfrentamientos para sacar ventaja para intereses particulares. Tampoco es hora de arreglos de cuentas políticas. No serán la mezquindad, el egoísmo, la crueldad y la falta de sentido común los que sacarán adelante a un país enorme como México. En esta hora está a prueba la capacidad de trascendencia de los actores políticos y sociales, porque está en juego la supervivencia de miles y millones de mexicanos y de los seres humanos en general. Esta hora de urgencias inaugura una nueva época que alcanzará otra “normalidad”.

The Triumph of Death, de Pieter Bruegel.

La discusión abierta sobre la oposición público o privado nos embarca en un falso problema. Debemos sopesar los intereses privados y los intereses públicos y pensar su compleja relación. Promover la iniciativa privada, respetar la propiedad privada y considerar los intereses privados no supone caer como se ha caído en el fundamentalismo del mercado (el estado mínimo). El dinamismo privado es una fuerza utilísima en muchos ámbitos y sectores. Sin embargo, no todo es negocio, no todo es negociable. La vida no lo es y no debe serlo en la sociedad poscorona. Recordemos de la mano de muchos filósofos liberales que los límites del interés individual, son los límites de la vida del otro o de la otra, así como los límites del capital, deberían ser los límites de la protección de todas las formas de vida.

Las elites económicas deben dejar a un lado las hipocresías. La lógica de ganar a toda costa y coste social o salvar sus bolsas al precio de la degradación de otras vidas, no es ética y no les da ningún liderazgo social, ni les dará ningún reconocimiento público. Mientras algunos solo piensan en salvar sus inversiones y aumentar sus ganancias evadiendo hasta el pago de impuestos sobre la renta y despidiendo a sus empleados, muchas comunidades muestran su potencia con solidaridades, activando sus vínculos colectivos y apoyándose mutuamente. Muchos son los espacios creativos que se multiplican para el trueque, para apoyar a los pequeños negocios, para comerciar justamente, para enseñar y aprender, para tejer redes de vida y proteger la vida.

No pocos creemos que tras la crisis, lo público debe reermerger y sanarse de todas las heridas neoliberales sin caer en el fundamentalismo del estado o la estatalización (el estado máximo). La intervención pública debe ser socialmente extensa, masiva y hasta universal. Acompañarse de otra forma de gestión, con menos burocracia, menos politización, sin clientelismos, sin mercantilización, comercialización o monetarización alguna de los servicios, ni renuncias a la calidad, la excelencia, la calidez y la cercanía. Hoy estamos valorando más como lo público nos salvará de esta crisis y de la crisis estructural que se fue normalizando y naturalizando. Sin duda, la salud pública, la educación pública y la ciencia pública son un patrimonio en el que fijamos nuestras esperanzas de sobrevivencia y de vida digna. Sin embargo, la salud, la educación y la ciencia vieron socavarse sus bases en las últimas décadas porque el estado mínimo las fue restringiendo, recortando sus presupuestos, subvalorando a sus especialistas, precarizándolos. Son las ironías de la vida de las que no se puede escapar nadie: toda nuestra fe y la fuerza de nuestra salvación hoy recaen en la investigación científica, la innovación tecnológica y la pericia de especialistas en salud pública.

La salud, la educación y la ciencia son campos de acción pública en pleno escrutinio. También están a debate nuestros derechos a servicios gratuitos o de paga, y a la atención sin restricciones eugenésicas por la edad. En esos campos ciertas formas de mercantilización de las relaciones fueron imponiéndose ante los recortes presupuestales, las políticas de austeridad, los dispendios de las burocracias y no pocas negligencias institucionales. Se ha tratado del desmantelamiento y la precarización del sistema público de salud. Estas situaciones se resumen en la precarización de los trabajadores, en el maltrato y en sus heroísmos cotidianos para ejercer sus profesiones. Algo que hoy aplaudimos todos juntos y que los propios galenos llaman “medicina de la catástrofe o medicina de guerra”.

La inversión en el sector público no debe reñirse a la lógica de las ganancias del productivismo y la eficiencia aunque su productividad y eficacia sean deseables. La salud humana, la salud colectiva o comunitaria y la salud de la naturaleza no están divorciadas, así como la crisis ambiental y la pérdida de habitad que vive la humanidad son la misma cosa que nos afecta a todos de una forma u otra con, por ejemplo, la falta de acceso a agua potable.

Ante los ojos de esta época emerge con claridad que nuestros modos de vida tienen que cambiar porque la textura de la vida está cambiado. ¿Qué nuevas reglas vamos a jugar sin dispendios, consumismos y pillajes? Estamos ante un nuevo tiempo de batallas políticas que son viejísimas pero que se renuevan. Ojalá veamos con claridad que no se trata de incidentes pasajeros, ganemos en conciencia que esta situación repentina no era del todo impredecible porque remite a problemas y vulnerabilidades estructurales de la humanidad en su conjunto. Ahora que se debaten nuevas leyes de ciencia y educación a nivel federal y estatal hay que preguntarse: ¿qué principios sustentan los debates? ¿Qué valores esenciales de la sociedad están en juego? ¿Cuál es la fuerza de los liderazgos y las fuentes del poder que están detrás de la fachada?

Un escenario posible es que las rivalidades se acrecienten por el control de los recursos, que políticos y empresarios quieran ganar y, como siempre, que pacten desde arriba transfiriendo los costos a la mayoría de la población. Esto es algo con lo que dice no comulgar el actual gobierno lo cual es fuente de desencuentros, desacreditaciones y conspiraciones. Otro distinto, es que un verdadero pacto emerja para la reconstrucción del país a partir de la convergencia y la cooperación social. Esto puede ser ilusorio, utópico y hasta mágico-maravilloso pero, si en política todo es posible y el sentido de sobrevivencia de la clase política y empresarial se aguza, es urgente reconstruir la sociedad mexicana de manera creativa posicionándola en el contexto de una nueva etapa de la globalización donde las soberanías nacionales recuperarán terreno. No hay de otra: o nos salvamos todos/as juntos/as o nos hundimos uno/a a uno/a.

Quizá la reconstrucción de los sistemas de protección social que son la trama de los hilos de la vida apunte a reforzar los derechos a la salud, la educación, a la información y al conocimiento o a justificar la biovigilancia, el monitoreo en tiempo real de nuestras funciones vitales y de nuestro rendimiento laboral y sexual online o offline. Esto significa un rearmado del orden biopolítico en condiciones de excepción para un control autoritario de la población socavando los derechos y valores de la sociedad liberal. Por eso el debate sobre la enfermedad o la salud, la ignorancia o el conocimiento, la economía o la muerte, la bolsa o la vida, nos concierne a todos y todas por lo que no se puede dejar a ciegas en manos de nadie.

¿Qué respaldos e inversiones estratégicas se sostendrán para la investigación científica, la innovación tecnológica, la promoción de salud, la formación universitaria del personal médico, paramédico, especializado en epidemiología, virología, estadística, prevención, gestión y comunicación de riesgos y en economía de la salud? Esto no solo es una cuestión de fe, lo es de política pública. Si las elites políticas y económicas no se dan cuenta y siguen cortando los hilos de la vida porque confían en otras fuentes de autoridad y legitimidad tradicionales, la sociedad se los demandará activamente tarde o temprano porque no tendrán credibilidad ni escapatoria alguna.

Es hora de mirar el horizonte, de caminar y mover esos límites imaginarios de la nación, de ver más allá de los feroces radicalismos en nombre de alguna identidad de grupo, clase o partido e incluso de fanatismos religiosos. Más allá del interés oligárquico o aristocrático de una élite económica y política que se resiste a compartir las cargas fiscales, más allá del narcicismo por la sorpresa inicial, hay que reconocer que las cosas no estaban tan bien cómo se creía, hay que superar el trauma coyuntural e histórico, hay que ser resilientes, reconocer los problemas de fondo, aprender a mirar para los lados y enrolarse en la búsqueda de salidas colectivas para hacer que la historia se quiebre en positivo con otro proyecto de sociedad. Estamos ante una ruptura estructural, podemos reconocerlo hoy o mañana pero si lo hacemos mañana lamentaremos más muertos y podría ser demasiado tarde. Esto es lo que más preocupa a mí ahijado Santiago que advierte la extinción de la especie humana como la de los dinosaurios. También a mí, a lo que sumo el temor porque al intentar subirnos al furgón de cola del tren de la historia puedan confundirnos con los bandidos y ni siquiera nos pregunten qué tenemos en nuestros vacíos bolsillos, en las cabezas y las barrigas. Necesitamos, pues, anclarnos por el bien de todos y todas, por el bien público: la vida y lo público, primero.

 

 

[1] Investigador del Centro de Estudios de México y Centroamérica (CESMECA), Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH).

[2] Eric Tossaint, La Bolsa o la Vida. Las finanzas contra los pueblos. Buenos Aires: CLACSO ,2004 [2002].

 

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