“¿Dónde está el amor?” de June Jordan

Hace tiempo me interesé por investigar los distintos usos del término “amor”. Las escritoras feministas afroamericanas me aportaron una mirada muy crítica que no se parecía mucho a lo que yo había aprendido en la vida, ni a los abordajes de otras escritoras feministas. En 1978, June Jordan, escritora, profesora y activista jamaiquino-estadounidense, presentó una ponencia en un Congreso Nacional de Escritores Negros en la Universidad de Howard (Estados Unidos), junto a Barbara Smith, Ackyn Lynch y Sonia Sánchez. En esa ponencia, June Jordan señaló que para cualquier cosa en la que pensara o al intentar evaluar el compromiso de alguna persona, la pregunta fundamental siempre es: “¿dónde está el amor?”.

June Jordan señaló la importante tarea de conseguir amarse y respetarse a sí misma como si la propia vida dependiera de quererse y respetarse y de limpiarse el odio y el desprecio que pueden producir las identidades por ser feminista o mujer negra. June señaló:

“El amor que nace de mi búsqueda/lucha por quererme y respetarme y por mi autodeterminación | construcción de identidad tiene que ser, como yo lo veo, algo que se pueda verificar en cómo me presento a otras personas y en cómo trato a quienes son diferentes a mí”.

 

¿Por qué traigo estas ideas a nuestro contexto? El pensamiento de June Jordan puede servirnos para pensar en horizontes más amplios y resolver algunas tensiones que se han generado, con mayor agudeza, entre mujeres y grupos feministas en México en medio de la pandemia. Uno de los principios fundamentales para June Jordan es el respeto a las mujeres distintas a ella, por ejemplo, “mujeres que no son feministas, mujeres sin carrera profesional, mujeres de edades distintas a la mía, mujeres que no tienen empleo o ingresos, mujeres que no son negras”, LGBTQ+, entre otros sujetos diversos. Para Jordan, también es importante aprender a ser capaz de “amar y respetar a todos los hombres” que, sin temor, estén dispuestos a honrar nuestras identidades. Y esto constituye un punto central en el debate feminista actual.

Según la misma poeta, la mayor lucha que transformará la experiencia de todos los pueblos de la tierra, como ninguna otra, es la del “movimiento hacia amarse y respetarse y autodeterminarse”. Cuando June habla de autodeterminación no se refiere a la decisión consensuada de los y las habitantes de un territorio sobre su estatuto político. En cambio, alude a la intención de que “la salud, la legitimidad de cualquier estado de las cosas o fuerza que gobierne, se mida considerando las experiencias de quienes por comparación no tienen poder”.

No obstante, con base en lo escrito por Jordan, no se puede esperar que se respete lo que otra persona llama “amor a una misma”, si ese concepto suyo requiere el suicidio de quienes no tienen poder. Además, June añade que esto será válido tanto si las personas son hombres, mujeres, negras, blancas o feministas:

“Mi feminismo negro significa que no puedes esperar de mí que respete lo que otra persona identifica como el Bien del Pueblo | de las Poblaciones si ese supuesto Bien (a menudo traducido en el ser Hombre, o la Familia o el nacionalismo) requiere que posponga o limite mi realización como persona. Ocurre que nosotras somos el pueblo. Y, como mujer negra, soy parte de su mayoría, de la mayoría de cualquier pueblo del que queramos hablar. Y, por tanto, nada que sea Bueno para el Pueblo es bueno, a no ser que lo sea para mí, pues yo determino | construyo mi identidad”.

Foto: 1968. Foto por Louise Bernikow. June Jordan Papers, Schlesinger Library, Radcliffe Institute.

En Chiapas, algunas mujeres indígenas, afrodescendientes, zapatistas, otroas, géneros no binarios, LGBT+, así como otros grupos, también han buscado el rumbo de las movilizaciones “no en la conducta de los fuertes ante los poderosos” y, según June Jordan, ese es el camino, es decir, fijarse en el “comportamiento y políticas de quienes son personas diferentes, más débiles, más pequeñas”.

En un ejercicio reflexivo, June nos invitó a observar y a preguntarnos: “¿Cómo tratan los fuertes, los poderosos a las niñas y los niños? ¿Cómo tratamos a las personas ancianas que nos rodean? ¿Cómo tratan los fuertes y poderosos a las llamadas minorías del cuerpo político? ¿Qué concepto tienen los poderosos de las mujeres? ¿Cómo nos tratan?”. Son preguntas perfectamente validas para nuestra época.

Entender quienes son parte del grupo de los poderosos y quienes son parte de quienes no tienen poder y de los pueblos mayoritarios del mundo, así como responder a las preguntas que Jordan se hizo, a finales de la decada de los setenta, puede ayudarnos a comprender cómo por el hecho de no ser parte de los grupos poderosos, se impide el acceso al poder a algunas personas en un mundo superexplotado. Así June explicó: “yo soy parte de la mayoría porque las mujeres constituyen el género mayoritario. Soy parte de la mayoría porque las personas negras y del Tercer Mundo constituyen la mayor parte de la vida en el planeta”.

Para la activista, las respuestas a esos interrogantes requieren revisar cómo se trata a las personas, es decir, que “cambiemos nuestro |propio destino nuestra propia vida”. Las vidas de las mujeres y de las personas sin poder, de las personas que no se ubican en el poder (hombres, niñas y niños) del lugar que sean, solo serán posibles confiando en que aprenderemos a amarnos a nosotras mismas lo bastante bien como:

“como para que sepamos exactamente dónde está el amor: que está aquí, entre nosotras, entre nosotros | contenido y compartido por todxs nosotrxs, creciendo y fortaleciéndose a cada paso, en cada minuto”.

 

En la medida en que la autodeterminación de cada una sea respetada, será posible “abrazar a más y más personas del mundo enterno, sin temor”. Por eso, en un ejercicio de memoria, escribo este texto y recupero la obra de June Jordan con la esperanza de que pensemos en otras formas de amor más allá de las que instrumentaliza la industria cultural dominante (películas, series, música, facebook, tik-tok, etc.), con la utilización del “amor romántico” -“amor a la pareja”, “amor” normativizado socialmente con base en ciertas reglas patricarcales, violencia machista y destructiva-; así como con la intención de que pensemos en la posibilidad de ampliar nuestros imaginarios y respetar la autodeterminación identitaria genérica y lingüística menos poderosa.

 

 

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