La Angustia Académica

August Friedrich Schenck, Angustia, óleo sobre lienzo, 1878, 151 × 251,2 cm (National Gallery of Victoria)

La extensión del miedo académico como fundamento reprimido de nuestra vida universitaria es un síntoma grave de los asedios a la academia.[1] Tanto las políticas neoliberales como las que tienen pretensiones posneoliberales han pasado la factura del costo de sus recetas de cambio y ajuste a las comunidades universitarias. Las consecuencias deseadas o no de estos procesos de actualización apenas las estamos empezando a comprender, pero es evidente a todas luces que una de ellas es el malestar académico ante los riesgos y las amenazas a la reproducción de las culturas académicas y a la sobrevivencia misma individual y familiar. El temor, la tristeza, la impotencia y la desesperanza, describen la angustia académica que se ensancha y profundiza bajo el reino de las sombras de universidades cada vez más policiales.

La degradación de los espacios universitarios es una muestra más de la degradación de los espacios públicos, de la vida pública en general, siempre intoxicada por los operadores del Estado. Si hoy las universitarias y los universitarios percibimos que estamos contra la pared y en la intemperie es porque la discusión libre y respetuosa entre iguales, la colegialidad que es una cualidad de la vida colectiva democrática entre universitarios, ha sido precarizada, encogida y secuestrada en rituales formales que teatralizan la construcción de las tramas de saberes que debieran legitimar la toma de decisiones transcendentales para la comunidad. La foto, el espectáculo, el festival, el show del simulacro, son fachadas de cartón que esconden la privatización de la verdad y la discrecionalidad de las autoridades que juegan a ser por unos días el estado del poder. No hacen falta pruebas, contrastaciones de evidencias, argumentos y replicas, la culpabilidad o la inocencia de quien sea está cantada de antemano a partir de consignas binarias: “conmigo o contra mí” y, su corolario, “amigo o enemigo”.

Desde ese punto de partida, no hay nada que hacer, todo se personaliza y la institucionalidad se privatiza en nombre de un supuesto “interés público” adornado con la retórica de la eficacia y la utilidad. El fantasma del enemigo individual o colectivo se activa y es operado para atacar a quien exponga una duda, una idea, un argumento, pida una explicación o exija rendición de cuentas, que disienta o de un clic (o deje de hacerlo) para expresar sus emociones en las redes sociales. Los delatores oportunistas comienzan a cebarse procurando favores que calmen sus precariedades laborales haciendo de especie de policía secreta; los jefes inmediatos, que dicen ser “académicos” y “profesionales” pero no fueron elegidos democráticamente, se olvidan de su condición y cumplen las instrucciones superiores creyendo ser parte del establishment del poder rectoral de turno (tampoco elegido democráticamente); y, en suma, el clima de control y vigilancia policial propio de una voluntad de dominio se cuela por todos los espacios universitarios y estresa todo el quehacer académico y administrativo. La universidad es cada vez más una microsociedad autoritaria y totalitaria.

Lo que callamos los universitarios por razones de protección, seguridad y estabilidad, no interesa a nadie. Los sapos que nos tragamos a diario por razones de supervivencia, podrían llenar costales. La angustia es, decía Freud, la condición de la represión ante un peligro exterior.[2] El silencio por censuras sociales y por autocensuras, nos lleva a que gritemos y lloremos por las noches, tengamos dificultades para dormir, comer o concentrarnos, nos comamos las uñas o tiremos los pelos. La acumulación de emociones, sentimientos, pensamientos, preocupaciones, comportamientos o condiciones desagradables, frustrantes y degradantes ha deteriorado las identidades académicas, mermado la creatividad y la innovación y trastocado el significado social y personal del oficio y del arte de enseñar e investigar. La sensación de agobio se traduce en no pocos casos en pavor, terror y pánico.

Si un maestro enfermo va a dar clases con miedo porque teme ser despedido por faltar a la orden nocturna de su jefe inmediato, algo está mal. Si no hay confianza en las autoridades ni en las y los colegas, algo está muy mal. Si una autoridad se dedica a perseguir, judicializar y pedir lealtad incondicional, no solo está todo muy mal, sino que hiede. Y esa corrupción de los mejores códigos éticos y de integridad académica que hemos construido entre universitarios como legado intergeneracional, pone en peligro el encargo social de las instituciones. Sabemos que la universidad es un campo de poder, pero llevar las relaciones de fuerza a relaciones de aniquilación moral y laboral del presunto enemigo, por no estar “calladito” y “bonito”, por pensar diferente, expulsándolo, arrinconándolo, amenazándolo u obligándolo a callar y a mantener su saber en el espacio privado, es colonial, estigmatizante, racista, degradante, antihumanista o deshumanizante. Lo propio de los regímenes autoritarios y totalitarios.[3]

Si el estudiantado tiene ojos más tristes que los del profesorado, algo está pasando. Si le imponen elegantemente propuestas académicas que advierte como violaciones simbólicas, la perversión es casi innombrable. Si teme que la jerarquía decida arbitrariamente sobre su trayectoria escolar poniendo en peligro sus metas profesionales y hasta la sobrevivencia de la familia, algo asfixia y enfría el alma porque es tóxico. Es la corrupción del presente, y la desidia ante ella, lo que dibuja la pérdida de nuestros horizontes de futuro.

Si el personal administrativo, que crea las condiciones de posibilidad para desarrollar todo el quehacer diario, se siente más triste que el profesorado y el estudiantado por el peligro de perder derechos laborales, se enrarece la convivencia universitaria. Si cree que no puede soportar aisladamente sobre sus espaldas los recortes, las austeridades y las precariedades acumuladas, entonces el orden de las cosas en las casas de estudio está quebrado. No es que nos angustiemos “de nada” o “por nada”,[4] mucho menos que seamos “ignorantes” como se dice en los discursos que banalizan los problemas y diluyen los aspectos históricos concretos. ¿Por qué esa sensación colectiva de asfixia? ¿Por qué tantas muestras de extrañamiento y malquerencia en nuestras universidades?

Despojados de los medios colectivos de intervención, de las instancias de mediación y cuidado mutuo, de canales de comunicación horizontales y sistemáticos, y de interlocutores reconocidos por su integridad ética, autoridad moral y legitimidad político-cultural, las universitarias y los universitarios no podemos intervenir en serio y nos angustiamos porque sabemos que nuestros conocimientos no podrán impedir las destrucciones en curso. Vivimos en la intemperie, es decir, nos sentimos fuera o expulsados de nuestros propios centros de trabajo y estudio que devienen espacios académicos arrasados, vaciados del sentido de sus condiciones, funciones e impulsos vitales. A ese sentimiento de pérdida de poder, de impotencia o imposibilidad, sumémosle la negación del reconocimiento a los resultados del trabajo, la expropiación de los frutos de ese trabajo acumulado durante décadas y la falta de compromiso institucional para dar continuidad a proyectos de largo aliento con un trabajo cristalizado en productos reconocidos hasta internacionalmente. El viejo Karl Marx le llamó a todo esto “trabajo enajenado”, pero no iniciaré un camino argumentativo tan rudo.

Oswaldo Guayasamín, Manos del grito. Serie “la edad de la ira, óleo sobre lienzo, c. 1973 – 1974, 130 x 81 cm (Museu d´Art Contemporani Vicente Aguilera Cerni)

A pesar de sentirse aisladas, deprimidas, ansiosas y aterrorizadas, a las comunidades universitarias les queda un recurso que nadie puede secuestrarles: la ironía. La única liberación posible del vértigo y el agobio del autoritarismo es la burla fina y discreta, el tono pícaro y la expresión que juega con la brecha entre lo que se dice y lo que se hace, la apuesta por dar un doble sentido a las cosas y dar tiempo al tiempo. Así lo han hecho las culturas llamadas populares a lo largo de siglos para resistir y poder heredar a las nuevas generaciones la fe indomable en el retoño del árbol de saber cuándo comience la primavera. La angustia como mecanismo de control, dominación y adormecimiento sociocultural, tiene su antídoto en otros contracódigos éticos y formas de resistir y descongojarse muy profundos culturalmente hablando. La angustia moral experimentada por pena, vergüenza o sentimientos de culpa ante el incumplimiento del deber, supuestos privilegios clasistas, la falta al derecho de terceros o por miedo al castigo o la sanción,[5] es muy explotada por los discursos y prácticas del poder universitario para criminalizar, disciplinar y ordenar a las comunidades universitarias y, precisamente por eso, es el blanco de las respuestas de los sujetos al defender otros sentidos del ser universitaria(o).

A estas aflicciones individuales y colectivas de quienes hacemos la academia, las he llamado el síndrome del extravío de sujeto universitario. De ninguna manera debemos aceptar se responsabilice únicamente a las y los universitarios, y a sus formas asociativas, de la pérdida de esa abstracción que es la Universidad o del desarraigo de la vida en ella, porque esto sería re-victimizarles y re-criminalizarles, lo cual es algo muy común en el discurso institucional, oficial, jurídico y de los medios llamados de comunicación. La responsabilidad de lo que pasa en las universidades es compartida en gran parte por actores extrauniversitarios, desde los campos del poder (gobiernos, burocracias, partidos, poderes del Estado, grupos de presión), del mercado (empresas, corporativos y poderes económicos de facto) y de la sociedad civil (asociaciones profesionales, organizaciones sociales, sindicatos, grupos de interés, comunidades), porque están arrasando con algo que la sociedad en general no debería negociar, están despojándolas de sus capacidades reflexivas, de su sentido crítico, de su dignidad y su supervivencia. De cada cual según sus responsabilidades en la universidad realizada, a cada cual según el juicio público de la terca historia.

 

Notas y referencias

[1] Ver la excelente columna de Maria del Carmen Garcia Aguilar, “El imaginario del miedo de los trabajadores académicos universitarios en el siglo XXI”. Chiapas Paralelo, 10 de enero de 2022. [https://www.chiapasparalelo.com/opinion/2022/01/el-imaginario-del-miedo-de-los-trabajadores-academicos-universitarios-en-el-siglo-xxi/]. También, Alain Basail Rodríguez, “La intemperie social y la precarización del trabajo académico. Sobre alteraciones radicales y configuraciones críticas en la academia.” En: Basail Rodríguez, Alain (editor). Academias asediadas. Convicciones y conveniencias ante la precarización, Buenos Aires-Tuxtla Gutiérrez: CLACSO / UNICACH, 2019, pp.169-246. [http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20200210034630/Academias-asediadas.pdf]/

[2] Freud Sigmund. “25ª conferencia. La angustia.” Obras Completas, Tomo XVI (1915-17) Amorrortu editores, Buenos Aires, pp. 357-374.

[3] Hanna Arendt, Los orígenes del totalitarismo. Taurus, Madrid, 1998.

[4] Sören Kierkegaard, El concepto de la angustia. Alianza Editorial, Madrid, 2007.

[5] Freud Sigmund. “25ª conferencia. La angustia.” Obras Completas, Tomo XVI (1915-17) Amorrortu editores, Buenos Aires, pp. 357-374.

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