Una historia otra del Rock

Por Raúl Trejo Villalobos

Hace poco más de un año se estrenó y empezó a proyectar, por una plataforma digital, la  miniserie documental Rompan todo: la historia del rock en América Latina. En sus seis capítulos, se habla de las primeras influencias inglesas, las dictaduras y represión en los setenta, el surgimiento del rock en español, algunos grupos como Soda Stereo, Caifanes, Café Tacuba, Aterciopelados, entre otros, y las últimas tendencias a partir de los noventa.  En términos generales, el documental me gustó. Me recordó algunos momentos de mi relación con el rock, me permitió conocer otros grupos y el contexto político de su nacimiento. Y, sin embargo, no dejó de llamarme la atención ciertas ausencias, algunas otras perspectivas y, sobre todo, la expresión “Rompan todo” como un probable elemento dentro de lo políticamente correcto.

Hace  algunas semanas, Juan Pablo Zebadúa Carbonell me regaló su libro El rock de fin de siglo: 22 años de análisis de las identidades y el cambio en la música del Rock, publicado por Agys Alevín S. C., en 2011. El tema es prácticamente el mismo, pero con muchas diferencias. El libro de Juan Pablo se compone de un prólogo, una introducción y 24 textos, entre crónicas y vivencias, escritas y publicadas inicialmente en otras revistas, entre 1988 y 2010: una manera de tomarle el pulso al rock durante dos décadas, desde otra perspectiva, con otra mirada, con otra sensibilidad.

En esta historia, la de Juan Pablo, podemos recorrer diversas líneas temporales, intensidades y devenires entreverados. He aquí algunos de estos. La de las grandes estrellas internacionales, las de los espectaculares gigantes y eventos masivos: Rod Stewart, Sting, Nirvana y Kurt Cobain, Kiss, Pixies, Ramones; la de los géneros y subgéneros: rock, pop, punk, alternativo, heavy metal, grunge (“un híbrido del heavy metal con el punk”); la de los estilos e identidades: hippies, rockers, punks, metaleros, emos; la del rock nacional, desde un mítico concierto hasta rock en tu idioma, el impacto y presencia de los grupos españoles y argentinos en nuestro país, El Tri, Maldita vecindad, Caifanes; y, por último, la más personal, local, íntima: el rock en Xalapa, la Apenas veracruzana, ahí en donde, como en muchas otras ciudades de provincia, la mayoría de los grupos tocan puros covers, los dueños de los antros por regular son unos tranzas, no existe una verdadera propuesta para el consumo rockero de las juventudes; ahí, justamente, donde se gestó el sueño y un breve trayecto musical de Los Lagartijos, banda que fundó y de la que fue miembro el autor del libro.

Como en toda historia, en algunos textos, a punta de recuerdos vívidos y referencias objetivas, Juan Pablo plantea coordenadas temporales para la comprensión de los procesos socioculturales del rock. Por ejemplo, en “De los hoyos a la celebridad: sobre el mexicano actual (Septiembre de 1993), habla de las grandes etapas: El Festival de Avándaro, apertura y clausura del rock en los setenta; los video-clips y una incipiente y supuesta democracia cultural; Rock en tu idioma y El rock «de a mentiritas» (entiéndase Gloria Trevi, Alejandra Guzmán, Timbiriche). En “Diez años: el rock y el fin de una década” (Enero de 1990), empieza con la noticia del asesinato de Lennon y pasa lista a la llegada tardía a México de Sex Pistols y el punk, las primeras impresiones del reggae con Bob Marley y Peter Tosh, la caída del Muro de Berlín, las guerrillas centroamericanas y el pregón pacifista de U2 y algunos conciertos internacionales.

En “El rock de antes o con la nostalgia a cuestas” (Junio de 1995), dice en sus primeras líneas: “Era una un tiempo en donde la música del rock se podía encontrar en las profundidades de una realidad que no le permitía salir a la luz. El rock era un tipo de música especial, en donde se conjugaban las extravagancias de una rebeldía juvenil que no concedía estar doblegada bajo los cobijos de esa extraña moralina y conformismo, rencor y tradición, fascismo y mojigatería de nuestra sociedad mexicana. Que se santiguó al conocer el mundo de Avándaro pero, en cambio, ni se inmutó cuando el ejército y las fuerzas de seguridad asesinaban estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en 1968” (p, 63). Al final, señala: “Todo esto era así, hasta que de pronto vinieron los nuevos tiempos , nuevas épocas, y con él, el «nuevo rock». El panorama forzosamente cambión” (p, 67). En “La penetración del rock en tu idioma en México” (Mayo de 1988), “Los espacios del rock mexicano en la actualidad” (Septiembre de 1989) y “El ritual de lo prohibido:…” (Abril de 2001), al fragor del momento, habla con mayor detalle de grupos y acontecimientos.

Algunos otros textos se distinguen y sobresalen por la emotividad y la experiencia directa que evocan necesariamente otras historias. Son el caso de “El rock no ha muerto: entrevista con José Agustín” (Octubre de 1988), modelo, ícono y leyenda de la contracultura, por ejemplo; “Abbey Road” (Diciembre de 2002): suma y síntesis de una trayectoria musical que es una de las bandas más grandes del rock que es un álbum que es una calle que es una fotografía reproducida ad infinitum como portada: “Es difícil, pero cuando uno está en Londres la primera cosa que cualquiera debería hacer es buscar esa calle (…) Abbey Road es una calle insignificante. Una más del norte de Londres” (pp, 105 y 106); “Punk not die: Homenaje a los Ramones” (Abril de 2009): “Llegamos a una parte del norte de la Ciudad de México convencidos que esa noche debería ser gloriosa para nosotros” (p, 124). En “Por los caminos y brechas de Caifanes” (Noviembre de 1991), “La muerte de Kurt Cobain” (Junio de 1994), “Esa leyenda que se llamó El Tri” (Mayo de 1998) y “El retorno de los Pixies” (Junio de 2004), Juan Pablo va y viene de la referencia objetiva y externa de la crónica a la expresión de la vivencia más intima y personal que, por más subjetiva que sea, no es menos verdadera que la primera.

El libro de Juan Pablo, a diferencia de Rompan todo, es una historia abierta al poner sobre la mesa un conjunto de temas siempre polémicos: las constantes actas de defunción del rock, la mercantilización del mismo y el rock nacional: “«Rock en México» siempre ha existido, se observa cuando sobrevive en la marginalidad, arrinconado o también vistiéndose de etiqueta (…) El «rock de México» es (o mejor dicho, debería de ser) un espacio de originalidad y de propuestas musicales; que pudiéramos hablar  de ello a partir de un fenómeno social y cultural, de una idiosincrasia en el sonido del rock mexicano, que lo caracterizara y le pudiera dar cuerpo como estilo, en forma y contenido a la mexicana ¿Existe ese rock a la mexicana? Apenas empieza, dando traspiés y apareciendo en el escenario del centralismo a ultranza de nuestro país” (pp, 57-58). El libro es una historia abierta porque estas últimas palabras pueden retraerse a la cuestión de una literatura mexicana (o latinoamericana, con Alfonso Reyes, Octavio Paz), de la filosofía de lo mexicano (con Leopoldo Zea; Análisis del ser del mexicano, de Emilio Uranga; La fenomenología del relajo, de Jorge Portilla) o, en definitiva: el muralismo mexicano, que goza de ser un capítulo en las historias del arte universal. En todo caso, con respecto a este tema, se puede seguir el hilo con Jaime López, Guillermo Briceño y Rockdrigo González, para empezar y como referencia obligada.

Rompan todo, como dijimos al inicio, a pesar de todo lo bueno que pueda tener, corre el riesgo de que, a estas alturas del partido, pueda ser una expresión dentro de lo políticamente correcto, prácticamente un cliché –algo así como “a mí me gusta andar de pelo suelto” o “Tengo un mes con el mismo pantalón y qué”–. Es una historia que puede antojarse ajena, extraña, lejana. La historia del rock de Juan Pablo, a diferencia del documental, es una expresión, una más, del mismísimo sentido y significado de siempre del rock: inconforme, contestataria, subterránea, marginal. La de Juan Pablo, es una historia otra del rock: su experiencia personal en y desde Xalapa es, en varios sentidos y con las especificidades de cada caso, la de muchos en Neza, en Morelia, en Tuxtla; es una historia (que es una memoria que es una experiencia que es una vivencia) que hace sentido, es real y palpable, crea ambiente y mundo, es un espejo en el que –como me sucedió con su lectura– no seremos pocos los que podremos vernos reflejados…

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