Fe

Flora Fong, Virgen de la Caridad, 2014. Óleo sobre lienzo

Fe ya no está. Ella fue una de esas madres cubanas amantísimas. Crió prácticamente sola a sus siete hijos, cinco hembras y dos varones, luchando día a día en su humilde casa al final de la calle Roloff, justo al borde del canal. En aquel hogar sencillo, sin riquezas, ni abundancias, ninguna penuria lesionó la honradez y la dignidad de sus miembros. Fe se entregó al cuidado de todos con un sentido práctico y real, con sus estrategias y magias domésticas para hacer posible el pan de cada día. Hasta sus encendidos enfados con las travesuras de Carli y de Rafael, que sobrepasaban el límite de la coronilla y tenían como sorpresiva consecuencia la pedagogía de los chancletazos, terminaban seguidos de las tiernas caricias del maternal consuelo.

Fe cuidaba de todos. Forjó sus alas sobre el sol para proteger a los suyos. De sus alas siempre abiertas los mantenía con amor, los cuidaba y nos protegía a todos en el barrio. Sus puertas siempre estaban abiertas porque tenía un hijo a quien besar, recuperar o abrazar. Dejando atrás el olor a café, salía cada mañana con su andar lento cortando caminos hacia su trabajo. Allí, en el Hospital Provincial Mártires del 9 de abril inaugurado 1968, era una de las heroínas que desde el anonimato y la invisibilidad hacían posible el milagro de la cura y la salvación de cientos de enfermos. No era médico, ni enfermera, ni técnico de la salud, pero su trabajo hacía posible el de todos esos otros trabajadores de la salud. Como personal de apoyo, se dedicaba esmeradamente a que los mármoles grises brillaran como el día de su estreno y los azulejos verdes claros fueran espejos. Ella usaba con dignidad las batas azules del personal de limpieza, desinfección y satinización, siempre tan invisibilizado injustamente a pesar de los riesgos nunca pagados por el manejo de residuos, también ayudaba como pantrista para preservar y distribuir los alimentos o en lo que hiciera falta para que aquel otrora bellísimo hospital funcionara perfectamente.

No la ví llorar con el dolor de una madre, pero sí la recuerdo con sus ojos achinados llenos de lágrimas contenidas, con su rostro redondo con gotas de sudor corriendo y el cuerpo cansado al final de la jornada diaria. Para mitigar la fatiga se sentada cada tarde al pie de la mata de mango del patío de la casa para fumarse un tabaco. El humo a su suerte bajo el fresco de la sombra le daba una tregua para recuperar el aliento y reponer fuerzas antes de volver a revolotear como un ave para desdoblarse con la jornada doméstica y fajarse con la cocina para inventar la comida antes del ocaso del día.

En dos épocas señaladas del año mi padre me enviaba expresamente a visitar a Fe. Yo era un niño y hacia de mandadero para entregarle un pedazo del cerdo recién sacrificado que había sido cuidado en el traspatio y alimentado con el sancocho de restos de alimentos de las casas del vecindario. Era un encargo muy serio y formal que cumplía también con otros vecinos y familiares; sin duda, toda una embajada diplomática llena de detalles protocolares que debía de cumplir con fundamento porque se trataba de una ofrenda de reciprocidad donde no podía faltar una disculpa: “Dice mi papá que `perdone lo poco´”. La verdad es que con aquella edad yo no comprendía cabalmente de qué se trataba, pero iba encantado para ver a las jóvenes y quedarme un rato en la mesa del dominó. Sin embargo, recuerdo nítidamente que cuando cumplía la entrega y repetía el verso encomendado, Fe me devolvía las gracias con una sonrisa extraordinaria y su cara de amor materno era como la de la diosa de la luna. Estas formas de ayuda mutua solo se entienden desde los códigos profundos de la solidaridad, la reciprocidad y la convivencia respetuosa entre las familias en los barrios populares.

Nunca olvidaré sus múltiples visitas en los días de aquel verano de 1990 cuando estuve internado en el hospital. Ella siempre estuvo pendiente de toda la convalecencia y llegaba con algún detalle o mensaje entre las manos para mí y para mi madre. Ambas mujeres fueron amigas, más que buenas vecinas. En la medida de sus posibilidades se ayudaban, que si una pizca de sal o de azúcar, que si un tin de aceite, café, puré de tomate o arroz, que si la cuota de cigarros de los mandados, que si un limón, una aspirina o cualquier cosa que hiciera falta. Idola, Ena y Maribel cultivaron ese cariño entre las Rivero y la Rodríguez. Junto a Rafael, Gladis, Carli y todos sus retoños, hijos y nietos, hemos seguido siendo como familia, un poco distantes por las cosas de la vida, pero cercanos, valorando lo que aprendimos de nuestras madres, lo que tenemos y compartimos con otros.

Fe fue una mulata achinada, natural de la bella ciudad de Manzanillo frente al Golfo de Guacanayabo, migrante del oriente cubano hacia el centro del país, una mujer trabajadora, de un barrio humilde y madre soltera que puso su cuerpo frente a todas las adversidades. Como el agua clara llevaba el aliento de la vida con la virtud de la honradez enfrentando todas las vulnerabilidades y desigualdades que la atravesaban. Una mujer que llevaba consigo todas fuerzas para navegar por la vida contra viento y marea.

Hoy que los días parecen aves veloces y que la vida grita que la cuidemos, recuerdo de manera entrañable a Fe como símbolo de una cultura donde las madres como ella siempre cumplen el mandato de ser sacrificadas, luchadoras, perseverantes, protectoras, previsoras y con fe en salir adelante para que sus hijos no pasen lo que ellas pasaron. Fe fue flor del trabajo esforzado, una mujer enamorada de su familia y con fe. La recuerdo con devoción y respeto con unos versos: “Mi Fe, yo creo en ti, tú no te irás. / Mi Fe, ni un sin querer, ni un ya no estás.”[1] Fe: “Usted perdone lo poco.”

[1] Xiomara Laugart, “Ni un ya no estás (Fé)”, en: Xiomara Laugart y si grupo XL, Fé, La Habana: Areito- EGREM, 1990, track 6, 4:15. Canción compuesta por Alberto Tosca, puede escucharse bordada por X. Laugard en: [https://lanegra.bandcamp.com/releases] o [https://www.youtube.com/watch?v=fzImU12W1Lc]. Otras interpretaciones en “Ni un ya no estás, Dir. Lester Hamlet, (3:49) [https://www.youtube.com/watch?v=mW7rsOX5wi8]

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