Incidir, intervenir e implicarse. Los gradientes de la responsabilidad social*

Alvaro Peña, El dia que se despidió del Sol (frag.), Mural, Orihuela, 2018.

Sobre la relevancia social de los programas de formación de posgrado y de investigación hay un debate público que ha cobrado actualidad. La discusión no es fútil en un país como México marcado por grandes desigualdades sociales, asimetrías territoriales e instituciones burocratizadas y corporatizadas, así como múltiples formas de colonialismo interno que atraviesan toda la estructura social y se expresan en altísimos niveles de violencia estructural.

Ahora bien, en un contexto social como el nuestro qué se entiende por relevancia o pertinencia social y qué gradientes adquiere la responsabilidad social. Las preguntas obligan a actualizar las miradas sobre las funciones de las instituciones de formación e investigación poniendo la vista de manera privilegiada en el campo estratégico de la proyección o la acción pública comprometida socialmente. Se trata de una genuina preocupación por el enraizamiento social de programas institucionales como respuesta a la crisis de los tradicionales discursos del eficientismo educativo, el extensionismo cultural universitario y la transferencia de conocimientos a empresas fundamentalmente del sector privado.

La transformación proyectada de las políticas científicas y educativas en el país tiene entre sus palabras claves la interdisciplinariedad, la incidencia y la retribución social por lo que no debe asombrar surja la necesidad de una nueva forma de organizar tales prácticas. Ello obliga a las instituciones de educación superior a actualizar internamente muchas formas de concebir los programas académicos y sus estrategias de desarrollo. También, en sus formas de relacionarse con los entornos donde están ancladas y los espacios locales y regionales donde participan. Con otras palabras, un cambio de la línea de flotación de sus programas al redefinirlos como proyectos político-culturales, impulsarlos a sostener vínculos con la realidad social y a marcar la diferencia con la intervención práctica en el mundo para tener un sentido social.

La preocupación por el significado social, político, económico y cultural debe servir de estímulo para la producción de conocimientos nuevos, innovadores y pertinentes que promuevan una activa participación en el repositorio de discernimiento compartido que constituye el conocimiento público. Este mandato de la educación y la ciencia pública potencia el involucramiento directo de las comunidades intelectuales (como algo más que comunidades académicas) con la esfera pública, con la reflexividad social sobre todos los problemas compartidos por la ciudadanía, ampliando el conocimiento público sobre los mismos y la conciencia social sobre las causalidades y las consecuencias de los actos de interés colectivo. De esta manera el debate público no debería permanecer solo en manos de comunicadores más o menos informados, políticos, religiosos o “expertos”.

Participar humildemente de una conversación social amplia sobre lo que preocupa a la sociedad ayudará a la ciencia misma a continuar esa conversación que la define a ella misma como un proyecto cultural sin falsas distancias de pureza o neutralidad entre trabajo académico, intelectual y político.

Esto significa estar en la realidad misma tras una larga ausencia concentrada en discursos endogámicos y lenguajes esotéricos para circuitos cerrados a las elites del conocimiento. Lo cual no quiere decir que tales circuitos entre expertos y discípulos deban desaparecer sino que pueden y deben pluralizarse las formas de la comunicación científica.

Quizá significa apostar por una ciencia por demanda de distintos sectores sociales, tal y como Rita Segato ha propuesto una antropología por demandas prácticas y éticas.[1] Apostar por una ciencia sensible a las emergencias o a los latidos sociales, como subraya Boaventura de Sousa Santos,[2] cercana al sensorium colectivo donde se experimenten e interpreten los entornos de vida. Esta cercanía a los intereses, las necesidades, las preocupaciones y los problemas de una pluralidad de actores sociales, implica una presencia en las conversaciones públicas que molestará a los poderes constituidos cuyos intereses pueden ser cuestionados a partir del ensanchamiento de la esfera pública, al mismo tiempo que al seguir su pulso contribuirá a una toma de conciencia práctica de los límites de la intervención privada y pública ante la heterogeneidad estructural de nuestras sociedades.

Alvaro Peña, El día que se despidió del sol. Homenaje a Miguel Hernández. Mural, Barrio de San Isidro, Orihuela, 2018

Ahora bien, ¿cómo aportar a ese repositorio público con humildad y honestidad intelectual? Se trata de un desafío enorme que implica curas de soberbias, de angustias y de ansiedades, así como la superación de las posiciones pasivas y resguardadas al interior de las instituciones. El sujeto del conocimiento tradicional tiene que descentrarse y desradicalizar sus puntos de vista y hasta sus falsos profetismos. Todo este movimiento no es nuevo para muchos intelectuales públicos que a lo largo de la historia de la ciencia se han comprometido con la divulgación del conocimiento y la comunicación científica por todos los medios posibles como práctica de una pedagogía social y popular.

Los cambios en curso parten de un giro en el contrato social entre ciencia y sociedad donde el mercado no es el ganador absoluto, ni las comunidades y las familias las grandes perdedoras. Las rupturas con el pacto anterior basado en la desconexión o el divorcio con gran parte de la sociedad, es una respuesta al desencanto con la ciencia y con la educación, la desconfianza y el negacionismo que aquel acentuara con sus énfasis neoliberales. Entonces como ahora, la historia viva está llena de disensos ideológicos, disidencias, diferencias y disonancias sobre el significado de los gradientes o desniveles horizontales o verticales de las transferencias, concentraciones, modificaciones o retribuciones sociales de conocimientos y, por tanto, de poder. Ahora se facultan o se autorizan las interrelaciones ciencia-sociedad y conocimiento-aplicación social priorizando la producción científica en diálogo con los problemas, las necesidades, las disposiciones y los rumbos de la sociedad para la concreción y aplicación de conocimientos.

Esta intravinculación entre ciencia y vida cotidiana busca unir el trabajo académico con el activismo político, teorías con prácticas y con modos de lucha social. Pocas dudas caben, se trata de unas ciencias politizadas que no sean dogmatizadas, ni burocratizadas, para poder ser orgánicas a los procesos de transformación social.

Sin embargo, la concentración de posiciones, compromisos, confianzas e implicaciones políticas con actores y movimientos sociales que cuestionan las estructuras de poder, dominación y control social, puede representar riesgos graves o inminentes para la integridad física tanto de los mismos colaboradores como de quiénes investigan. Los poderes de facto imponen regímenes de silencio y amenazan a quienes los rompan. La crítica social y cultural redefine la dimensión política de los programas actualizando las lógicas de descubrimiento, interpretación y denuncia. Ante el choque de la crítica del poder y del poder de la crítica que valoriza las cualidades de la vida social, los riesgos aumentan porque se anulan las garantías para las integridades intelectuales y físicas de las comunidades de conocimientos. Entonces, ¿quién cuidará de quién? ¿Cómo abonar a la deseada organicidad de las relaciones entre ciencia y sociedad?

La lista de obstáculos, desafíos e interrogantes es mucho más larga. Entender el trabajo de formación e investigación a un nivel de incidencia o pertinencia regional y en órbitas interdisciplinaria involucra varias rupturas y desaprendizajes. La primera es con la sordera disciplinar que impide escuchar y dialogar con otros saberes y colaborar en esa zona de hibridaciones interdisciplinarias que es la llamada ciencia de frontera. Otra, trabajar en red, de forma colaborativa y complementaria, a partir de relaciones horizontales y de dependencia mutua ante la complejidad de problemas concretos, para posibilitar el diálogo de saberes. Asimismo, superar el “nacionalismo metodológico”, a veces tan provinciano, parroquiano o aldeano, que define límites o recortes a los flujos que los desbordan de forma transfronteriza, transnacional o transregional, así como a la dinámicas transculturales y la situaciones interculturales que definen el pluralismo y la diversidad de prácticas en múltiples contextos. En estos sentidos, se trata de un pensar-actuar en clave histórica (las configuraciones y formaciones culturales), crítica (del poder, la dominación y las resistencias), radical (desde las raíces de problemas estructurales como la desigualdad y la colonialidad) y humanística (con el ser humano como centro, sus problemas y los de su grupo social). Sin duda, nos referimos a apuestas contrarias al utilitarismo en las relaciones sociales, en las ciencias y del conocimiento que conllevan a criticar el extractivismo académico y las lógicas de la acumulación para la especulación o la movilidad social.

Estas rupturas se complementan con dos condiciones de posibilidad del sentido inaugural que proponen las políticas actuales. Por un lado, la emergencia de intercambios a partir de la intercomunicación por vías plurales y el pleno reconocimiento de la pluriversidad de la que formamos parte. Por el otro, la viabilidad de espacios comunes de formación e investigación que dejen atrás las lógicas de la competencia y promuevan la innovación y la colaboración de colectivos en todas las escalas, es decir, al interior de las instituciones, a nivel local entre instituciones y programas, a nivel regional, nacional e internacional.

Repensar el lugar de la pertinencia social en los programas académicos de formación, investigación y comunicación científica forma parte de una agenda común pues la actualización de cada uno debe darse en simultáneo como correlatos que son del discurso y del quehacer de quienes se dedican a las ciencias, las artes y las humanidades. Quizá el reto mayor sea la desacademización de estos programas. En particular, la educación en los posgrados cayó en la rutinización de la competencia por alcanzar indicadores de éxito como los de egreso, titulación, direcciones y temporalidad para alcanzar la eficiencia esperada, mientras que una relativa homogeneización de líneas consolidadas con sus temas de investigación fue mellando la innovación, la creatividad y la socialización intergeneracional. Así los entornos de los posgrados fueron adoptando formas muy jerarquizadas y burocráticas, al tiempo que una idea del conocimiento como un fin en sí mismo y, con ello, perdiendo sentidos del para qué, es decir, del conocimiento como un medio comprometido con la resolución de situaciones y problemas sociales y, como el mejor resultado posible del trabajo intelectual que puede llegar a las personas, siendo coproducido con ellas, para ayudarles a comprender cuestiones de alto interés para sus vidas y a pensar sus experiencias bajo múltiples presiones personales y políticas.

Al repasar críticamente los viejos moldes dispuestos según las lógicas de la competencia, y al tratar de actualizarlos para la colaboración, podrían repensarse las formas de cooperación entre los distintos posgrados de una misma institución (a veces patrimonializados por grupos militantes de una disciplina o una utilidad), sus articulaciones y complementariedades para que los estudiantes circulen e interactúen en busca de respuestas innovadoras a preguntas nuevas, apoyen la formación en los programas de los niveles educativos precedentes de licenciatura y bachillerado. También, a nivel local, regional, nacional e internacional pueden consolidarse espacios comunes basados en redes de colegas, investigación e instituciones donde la movilidad no sea excepcional, y las acreditaciones de cursos o seminarios, las codirecciones y cotitulaciones se promuevan y favorezcan desde la flexibilidad curricular y la horizontalidad necesarias. En no pocos casos la internacionalización de los programas opera bajo costosísimos esquemas, por demás hasta subordinados al designio político de la institución dominante, que dan la espalda a procesos de localización o regionalización a partir de la cooperación con programas de instituciones vecinas en una misma ciudad. En este sentido, la cooperación en las escalas y las distancias cortas puede estimularse a través de varios mecanismos que terminarán fortaleciendo al conjunto de programas e instituciones y potenciando las trayectorias estudiantiles (por ejemplo, con la formalización de premios, menciones o distinciones interinstitucionales que reconozcan la movilidad para la acreditación de cursos entre programas, codirecciones de distintas unidades o instituciones, tribunales mixtos). Hay un umbral abierto para innovaciones que consideren el sensorium del estudiantado desde la incorporación de cursos o talleres de comunicación científica hasta el diseño de formas de titulación que reconozcan los trabajos de intervención e involucramiento y los diversos medios y formatos tecnológicos de comunicación.

Quizá, el mayor desafío de todos es el de actualizar las visiones del mundo que se están construyendo a través de la enseñanza en los posgrados y en otros niveles educativos. Una pista sobre la que giran esas visiones hegemónicas es el logro individual sobre la base de la competencia y el individualismo que atraviesa a todos los programas desde sus formas de evaluación individuales hasta las formas de titulación.

Mientras que otra pista es la producción de conocimientos bajo el procedimiento del extractivismo académico muy distante del colaboracionismo basado en el respeto a las comunidades y el despliegue virtuoso y estratégico de alianzas con la sociedad. Por otra parte, la lógica de la “retribución social” propone estimular el trabajo colegiado, la responsabilidad social y el compromiso de compartir con otros los aprendizajes, la socialización del conocimiento y la participación incluyente. Se trata de un propósito que busca articular la responsabilidad y el reconocimiento social con indicadores más cualitativos que den al traste con las colonialidades del saber y aporten a la lucha contra las desigualdades de clase, raza, étnica, género, residencia u origen. Es difícil no estar de acuerdo con la intención de poner al centro el bien común, la consolidación de tramas sociales sólidas, el reconocimiento de la diversidad como riqueza colectiva, el interés colectivo y la lucha contra el utilitarismo en las relaciones sociales.

Asimismo, es difícil construir una mirada otra sobre la correspondencia de la incidencia o la pertinencia social con las necesidades de las realidades inmediatas. Desde las demandas de evaluación del CONACYT, por ejemplo, todo indica que debemos concentrarnos en la intervención social transformadora de la realidad. Esto implica que la academia debe bajarse de su tren moderno o de sus caballos tradicionales para salir del ensimismamiento o el encierro en sus “jaulas de cristal, marfil u oro” y estar activamente en la calle, convivir en sus entornos. La responsabilidad social y cultural supone entonces un trabajo de mediación sociocultural y de articulación política. Esto podría permitir la recuperación de infraestructuras académicas para la generación de conocimientos y la apertura de espacios de coproducción de ideas y respuestas prácticas. Sin embargo, se necesita acumular mucho trabajo cultural responsable para poder cambiar la percepción social de la ciencia, las instituciones y sus trabajadores, ganar en su reconocimiento social y su prestigio público. También, cambiar la cultura de la comunicación científica, las políticas culturales universitarias, las políticas de rendición de cuentas y de evaluación. De hecho, cualquier ejercicio de evaluación de la responsabilidad social solo recogerá unas cuantas evidencias cualitativas que podrían indicar algunos esfuerzos y resultados muy relativos a pesar de su significación sociológica, cuidándose de artificialismos, mistificaciones y simulaciones, y lidiando con una nueva institucionalización sin que haya pérdidas ni sacrificios en la correlación entre rigor académico-intelectual y compromiso sociopolítico.

Más allá del imperativo de las políticas, en qué más podemos concentrarnos para traducir la idea de la pertinencia social en buenas prácticas y concretar el enraizamiento en los contextos locales. Podemos continuar cuestionando las retóricas del arraigo que envuelven al asistencialismo y al voluntarismo para ubicar el verosímil lugar de múltiples perfiles de políticas culturales, donde lo cultural devenga en política cotidiana en tanto politicidad permanente y politización contingente que produce vínculos, conciencias reflexivas de esas dependencias sociales, prácticas y movilizaciones en función de cambios relevantes. Esto supone mirar a la sociedad, trabajar con ella, aprender de ella, construir y actuar con ella y con los actores de sus cambios haciendo propuestas para la discusión y la aceptación colectiva. Hacerlo a partir de tres capacidades centrales, a saber: la empatía (el reconocimiento mutuo y la apertura a los pensamientos, las emociones y las realidades de los demás), la convivialidad (la apuesta por lo común, autónoma y creativamente) y la concordia (los acuerdos y consensos, con el corazón) a partir de la participación democrática.

También podemos desobstruir canales y permitir la libre concurrencia de todos los puntos de vista sobre propuestas de comprensión y solución, así como ayudar a abrir espacios al reconocimiento de la fuerza de todos los conocimientos y la importancia del aprendizaje de las experiencias propias y ajenas. Para este enorme trabajo cultural de espejeo que potencie la reflexividad social en umbrales de pluralidad y apertura a las diferencias culturales, se requiere de facilitadores de las traducciones culturales y movilizadores de flujos e intercambios interculturales. También, de un desacuerdo real muy distinto y opuesto a la negación de las divergencias del gradiente, a la cooptación y la interrupción de influencias, proyectos, tácticas y estrategias de los movimientos y movilizaciones sociales.

La viabilidad de un sistema de ciencias públicas centradas en los cursos de acción política orientados por los principales problemas de la agenda de la sociedad, depende del deseo de la población de tener ese tiempo de ciencias, tecnologías y humanidades y de su voluntad de ciudadanizarlas para luchar, por ejemplo, contra las tramas de las desigualdades. Las ligazones explícitas entre ciencia, grupos y movimientos sociales, y entre investigación, formación y disciplinas en los programas universitarios, están repletas de problemas. De ahí que la organicidad sea un horizonte en movimiento con muchas contradicciones.

Por último, la movilización del conocimiento como meta cultural podría aportar modestamente a la reconstrucción de los supuestos y sentidos ético-políticos de la acción ciudadana. Esta dimensión ética de la responsabilidad común con metas concretas, es un caminar que necesita de plenos reconocimientos mutuos. Las puestas en común significan confraternizar, un encuentro de sentidos, sensibilidades y solidaridades, es decir, de todo lo necesario para la vida colectiva y la convivencia. La responsabilidad social es mucho más que una cuestión de conveniencia histórica y de expansión de lo político a costa de lo social, porque pone en evidencia en la práctica misma las convicciones de todos y todas según los grados de intensidad y firmeza de los compromisos con los niveles de incidencia, de intervención y de implicación política para la transformación de la realidad social con los sujetos del cambio y las articulaciones emergentes más allá de lo contingente y las coherencias forzadas. Esa es la cuestión, se dan pasos para empujar y ensanchar el horizonte de la acción pública en nombre del bien común, o no.

Notas y referencias

* Basado en la intervención en el Foro sobre Pertinencia de la Investigación y los Posgrados, organizado por el ITESO, COMEPO y CLACSO el jueves 24 de marzo de 2022.

[1] Rita Segato, La crítica de la colonialidad en ocho ensayos: y una antropología por demanda. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2013.

[2] B. de Sousa Santos, “La Sociología de las Ausencias y la Sociología de las Emergencias: para una ecología de saberes.” En Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social. Buenos Aires: CLACSO, 2006, 13-41. Una excelente explicación de la propuesta puede verse en: https://www.youtube.com/watch?v=YI-IVXzNDsY (Historia de la educación, UNLZ, 2020).

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