La solidaridad en tiempos de capitalismo

Sergio Méndez Arceo. Fuente: Archivo personal de Roberto Cuéllar, exdirector de Socorro Jurídico

Por Carlos Mauricio Hernández*

En una noche de enero de 2023 por un descuido inexplicable mi cartera (o billetera como suele decirse en México) quedó en un taxi que utilicé para trasladarme, lo que hago con frecuencia desde que resido temporalmente en Chiapas. Caí en la cuenta que no la tenía porque recibí una notificación que estaban utilizando mi tarjeta del banco en una reconocida farmacia. La persona que encontró mi cartera no le bastó quedarse con el dinero en efectivo, sino que en contubernio con las medidas poco seguras que toman los bancos y los distintos establecimientos, quiso exprimir o aprovechar al máximo mi descuido. Además, todo indica que se trata de personas que tienen el hábito de hacer ese tipo de robos puesto que conocen los montos con los que pueden utilizar tarjetas ajenas y de no devolver objetos perdidos, así fueran documentos de identidad de personas extranjeras con el agravante de ser salvadoreño, como diría el poeta Roque Dalton, en un contexto migratorio donde se asume que quienes venimos del país centroamericano aspiramos a utilizar territorio mexicano para moverse a Estados Unidos.

Cuando conté la desagradable experiencia a una compatriota salvadoreña, muy probablemente influenciada por distintos medios de comunicación, me dijo de manera tajante “en ese país solo gente mala hay”. Inmediatamente pensé en mi proyecto de investigación que precisamente trata sobre redes de solidaridad desde México hacia Centroamérica y particularmente hacia El Salvador. Este choque de la opinión con mi proyecto me hizo caer en la cuenta que, por un lado, la maldad no es exclusiva de un país determinado y, por otro, existe un fuerte desconocimiento de personas y grupos mexicanos que tanto en el pasado como en el presente han tenido actitudes contrapuestas a quienes tienen conductas propias de tipo ideal de la persona capitalista: más cercanas a la bestialidad que un perfil racional o razonable. Aunque no se trata de un asunto meramente biológico, sino que tiene un fuerte componente social aprendido.

Las sociedades que se rigen por el capitalismo en tanto sistema imperante están marcadas por la creación de personas que buscan el bienestar individual por encima de cualquier proyecto colectivo, de leyes que regulen la convivencia social o de la convicción por el bien común. El culto exacerbado al individuo se traduce en una sociedad que excreta seres tan deshumanizados que no practican en lo más mínimo la solidaridad, sino que se vuelen auténticas aves de rapiña o como diría el filósofo Thomas Hobbes homo homini lupus, el ser humano es un lobo frente a otros seres humanos, es decir, seres salvajes, violentos que aprovechan cualquier oportunidad para dañar a otros en beneficio propio o a veces ni siquiera por lograr un bien individual sino por pura maldad. Esto se expresa en actitudes de racismo, xenofobia, aporofobia, corrupción, degradación ética-moral (en términos de la negación por buscar el bien tanto en lo individual como en los social), criminalidad, desigualdades repugnantes como la convivencia insensible entre el lujo y la miseria, el ejercicio del poder en favor de grupos poderosos minoritarios y en detrimento de las grandes mayorías populares, empresarios devoradores de la naturaleza y explotadores sin controles de la fuerza laboral, entre otros males que constituyen a instituciones y también a personas en concreto.

A pesar de la regla, siempre hay excepciones y a veces enormes excepciones que cuestionan la raíz de este sistema imperante. Tal es el caso de Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, México de 1952 a 1983, quien fundó una red de solidaridad con distintos países de América Latina y con especial énfasis una dirigida hacia El Salvador, inspirado en la figura martirial de Mons. Romero y del fino conocimiento que tenía de la dura represión que desde el Estado salvadoreño se dirigía a sectores organizados de campesinos, estudiantiles, obreros y de iglesias que derivó en la fratricida guerra civil (1980-1992) en el país centroamericano, toda esta tragedia humana en complicidad y con financiamiento desde la estrategia de Guerra Fría estadounidense en la región. La iglesia en Cuernavaca, liderada por don Sergio, se convirtió en un lugar de refugio para quienes huían de esa guerra. Se les recibió con afecto fraterno, se les proporcionó alimento, casa e incluso trabajo. Además, se hicieron colectas de víveres, ropa y dinero que se mandaba a El Salvador como apoyo a un país herido por la coyuntura de la violencia estatal además de la estructural violencia institucional. Todas acciones anticapitalistas, con el horizonte de buscar la armonía entre el bien individual y el bien colectivo, señalan el que considero un camino genuino al bien común, categoría que en la civilización presente no es más que una mera expresión políticamente correcta pero incompatible con la talidad capitalista.

Don Sergio no fue ni ha sido la única persona mexicana que hizo de la solidaridad su centro de vida, pero sí ha sido uno de sus máximos impulsores como práctica humana y humanizante. Desde el Secretariado Internacional Cristiano de Solidaridad con América Latina “Oscar Romero” (SICSAL) se reunieron creyentes e increyentes y de diferentes sectores de la sociedad mexicana más allá de Cuernavaca para tomar acciones humanitarias ejemplares en tanto son acciones que abonan a la construcción de una sociedad donde se pase del homo homini lupus a relaciones sociales basadas en el principio de auxiliarse de manera recíproca al tener conciencia de ser parte del género humano y así dar pasos en función de crear una sociedad con un orden que tenga como fin último el respeto por la dignidad humana de cada integrante de la misma.

Por eso luchó don Sergio, que este 6 de febrero se llega a los 31 años de su fallecimiento. En este marco, se comparten estas líneas con memoria agradecida por parte de un salvadoreño que reconoce décadas después todo aquél esfuerzo desde México por mi país y su gente, en aquél tiempo como ahora, tan necesitada de solidaridad internacional.

*Posdoctorante del CIMSUR-UNAM.

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