Gabriel Hernández, funámbulo

Gabriel Hernández

Entrevista a propósito de Funámbulo, libro escrito por Gabriel Hernández para la colección Baraja de sombras

Por Andrés Felipe Escovar

Gabriel Hernández García (1957, Tapachula) cuenta con una amplia trayectoria de publicación de novelas y cuentos. Formó parte de una de las generaciones de becarios del CECHE -Centro Chiapaneco de Escritores-, instalado durante el primer lustro de la década del noventa, donde estuvo acompañado por poetas. Su particularidad, que hoy día restalla por esa vocación narrativa, lo hace un escritor que se alimenta tanto del habla y los relatos orales como de tradiciones literarias de diferentes lenguas. A continuación, un extracto de la entrevista que sostuve con él:

¿Cómo fue tu encuentro con la lectura?

Yo tenía tres años. Mi madre trabajaba y desde luego tenía dificultades para dejarme con alguien. Una vecina le ofreció cuidarme, aunque en realidad quien lo hacía, era su hija menor de catorce años, que por alguna razón no iba a la escuela. Irma, se llamaba la niña. No sé por qué dentro de sus ingenios para entretenerme, usaba un comic con las Aventuras de Chabelo, el personaje que hiciera famoso por decenas de años el comediante mexicano, Javier López. En ese número, Chabelo era boy scout y junto con sus compañeros se iban de excursión. La chica me sentaba a su lado, me leía la historia y me iba señalando las figuras y el globo correspondiente de lo que cada uno decía. Yo le pedía a diario, que por lo menos dos veces, me lo leyera. Me gustó tanto que me lo terminó regalando y yo tomaba el dichoso comic y empecé a “leer”. No fue tal cosa. Eran tantas las veces de las lecturas, que ya había memorizado lo que decían los dibujos. Después ocurrió que para el día de mi cumpleaños número siete o para cuando hice la primera comunión, recibí cuatro regalos: una caja de crayones Mongol, doble, es decir con 24 lápices y cada uno tenía dos colores. Esto sumaba 48 en total. Siempre me gustaron los colores. El segundo regalo fue una sencilla cámara fotográfica. El tercero un reloj también sencillo, marca Ruhla. Mi hermano mayor, muy mayor, solo por parte de padre, apareció hasta las siete de la noche y me llevó de regalo dos libros. Los dos de pasta dura, brillante. En la portada de uno de color rojo, aparecía la cara, agigantada, de Mickey Mouse. Y claro, el contenido era con historias de los personajes de Walt Disney, el pato Donald, Pluto, Gooffy, Mimí y Mickey, claro. El otro libro era de pasta amarilla y aparecía un niño de rodillas, jugando con algunos cubos. El nombre del libro: Corazón, diario de un niño, de Edmundo de Amicis. Una recolección de historias escolares de las cuales eran protagonistas los compañeros de clase del autor del diario.

Mi madre murió cuando yo tenía 10 años. Siempre fuimos pobres pero valoro que si algo pudo darme en herencia fue la afición por leer. Ella tomó los dos libros y me los leyó de punta a punta. A ella le gustaba leer las novelitas vaqueras cuyo autor era el autor toledano, Marcial Lafuente Estefanía. Entonces, el gusto por leer, lo tenía y me lo inculcó. De aquello, yo creía que me iba a gustar más el libro rojo, con las aventuras de los personajes Disney, porque pasaban por televisión un programa que se llamaba Disneylandia. Pero no. Al fin de cuentas me terminó más gustando el libro de Corazón, con todos los personajes más o menos de mi edad. Un gran libro. La puntilla de mi gusto por leer vino en la escuela primaria. El día de la clausura de ciclo, yo salí premiado como mejor alumno del cuarto grado en conducta, aplicación y aprovechamiento. Aun vivía mi madre y se mostró muy satisfecha con lo que consideró un gran logro mío como alumno. El premio al segundo lugar fue una caja de acuarelas y a mí me dieron de regalo un libro. No quedé conforme y le insinué al otro niño que hiciéramos cambio. Por supuesto que no aceptó. ¿Un libro de qué me va servir? –dijo de una manera que me pareció muy sabia. Además, es pura letra, no tiene dibujos. Estuve de acuerdo. El libro de marras era Sandokan, de Emilio Salgari. En la primera hoja tenía una dedicatoria por parte de la directora de la escuela: Como premio a tus afanes. Ignoraba el significado de la palabra afanes.  Llegué a mi casa y lo metí debajo de la cama y no me volví a acordar de él.

¿Recuerdas cómo brotó Funámbulo?

 Como casi siempre, aunque algo de lo allí narrado, en verdad ocurrió, como por ejemplo, el viaje a la playa, la inquietud por escribir algo relacionado a los jóvenes, no surgió inmediatamente. Tuve la oportunidad de trabajar impartiendo talleres de literatura con los jóvenes de una asociación que se llamaba El Punto. Entre ellos y yo había por lo menos treinta años de diferencia, pero me gustaba escuchar sus problemas y aquello que les ocasionaba alguna inquietud en su diario vivir. Parte de lo descrito en la relación de Daniel y René, lo tomé del noviazgo de dos muchachos de El Punto. Ella era extremadamente dominante. Iban y volvían y al final, pareció que encontraron su punto de equilibrio y se terminaron casando. Cuando los volví a ver ya tenían dos niños. No sé si de fondo superaron sus diferencias o alguno de los dos terminó amoldándose al modo del otro. A algunos padres les es difícil aceptar que los hijos crecen y empiezan a tomar sus grandes decisiones. En nuestra estructura familiar, ellos, los papás, siempre quieren tener injerencia en la vida de sus hijos. A veces hasta manifiestan su desacuerdo por la pareja que los hijos e hijas eligen. No les gusta a ellos, como si fueran a ser los de la relación. Hacen todo lo posible por allanar un camino de dolor a sus hijos, sin darse cuenta que con esa actitud lo que están haciendo es coartar su desarrollo, su crecimiento, su madurez. El acto de rebeldía que tiene Daniel ante sus papás es digno de encomio. Rompe cadenas. Se vuelve autónomo en sus decisiones. Tiene un tránsito positivo para convertirse en adulto.

 ¿Hay una clara frontera entre niñez y la adolescencia? Esto, a propósito de lo que ocurre con el personaje en torno al cual se desatan los hechos de tu texto.

En realidad nuestra existencia es un continuum.  La separación del crecimiento humano en etapas se ha hecho solo para poder estudiarlas mejor. En eso profundizó Freud y dentro del ámbito de la niñez, son importantes los estudios realizados por Piaget, Melanie Klein e incluso algunos escritos de Alice Miller. Se dice que los cinco primeros años son de vital importancia en el desarrollo de la personalidad de los niños. El hogar, la relación con los padres y hermanos, el entorno, todo cuenta. Hablamos como en distancia sobre lo que le ocurre a los niños y nos cuesta recordar cómo transitamos cada uno de nosotros nuestra vida de niños. Llegar a la primera fase escolar es un shock. Intentemos hacer contacto con ese recuerdo. De seguro vimos a niños que lloraban cuando su madre los dejaba porque pensaban con miedo que nunca iban a regresar por ellos. Que su mamá los iba a abandonar en aquel lugar tan distinto de la posible seguridad de nuestra casa y rodeados de personas adultas desconocidas. Luego viene el proceso de aprendizaje en la lecto- escritura y en incipientes operaciones aritméticas. El aprendizaje de las tablas. Eso básicamente. Yo recuerdo como un gran logro personal el momento en que como por arte de magia comencé a unir sílabas formando palabras y capté mensajes de comunicación por parte de las letras. Entre los seis y los diez u once años, estamos en una fase de niñez que puede ser muy agradable. Surgen los valores de la amistad, del compañerismo. La bomba está por estallar cuando nos acercamos a la etapa de la adolescencia. Las glándulas hacen eclosión y nos saturan con hormonas de diferentes intensidades. Nuestra voz se vuelve chillona. Comenzamos a brindarle atención a las niñas u niños, según sea el caso. Un torrente de nuevas experiencias está en puerta. Es un efecto de catapulta. Surge el sentimiento de rebeldía. Nos creemos dueños del mundo. Nos aburrimos de que siempre hemos sido obedientes de nuestros papás. Llega el momento de desafiarlos. Tal vez solo nos han presumido que son sabios y en verdad no lo sean. Es posible que nos hayan estado engañando.  Quizás en realidad no saben nada. Nosotros sí. Están chocheando. Como dice Erich From: Los niños, nacen amando a sus padres; con el tiempo, los juzgan y algunas veces, los perdonan. La dopina se dispara al máximo. Por eso los adolescentes son inquietos, como potrillos. A veces nos parecen torpes. Nos parecen y ya hemos olvidado que igual fuimos nosotros. Tuvo que haber sido así, porque la parte pre frontal del cerebro, en donde radica nuestra personalidad, nuestra capacidad de reflexión, en esa edad no se ha desarrollado. Las mujeres la desarrollan antes, a los hombres nos cuesta más. Somos más viscerales. Impulsivos. Nos lanzamos a hacer cosas sin meditar las posibilidades reales de tener éxito o no. De correr peligro o estar a salvo. A muchos nos gusta la actitud de competir, de medirnos, de estar constantemente a prueba. Tales reacciones nos pueden llevar a cometer estupideces, pero lo que debemos de entender es que es parte inevitable de nuestra existencia para al fin, tal vez, logremos llegar a buen puerto y ser, por lo menos, adultos eficaces y conscientes en nuestras tomas de decisiones. Muchos no lo logran. Quedan mermados en el intento.

¿Haces funambulismo con tu vida?

¡Sí! El término de funambulismo es usado dentro de las suertes circenses. En concreto es dominar cómo movilizarse sobre una cuerda situada cierta altura. Se hace referencia a que Aristóteles aludía a mantener el equilibrio, la mesura, en todos los actos de la vida. A veces, a pesar de que no lo elegí, me sentí caminando por la vida sobre una cuerda floja, haciendo equilibrios. En la disyuntiva de la elección, siempre.

¿Y en la escritura?

Sería incongruente decir que no. Me doy cuenta que al iniciar algún texto, más o menos tengo claro la trama. Creo que ni siquiera un cuento lo termino en tiempo y forma. Siempre se dan bandazos.

Acá se puede descargar, gratis, Funámbulo y los demás títulos de la colección Baraja de sombras:

Baraja de Sombras. Escritores latinoamericanos – Entre Tejas

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