Trump y la FIFA

Como no podía ser de otra manera, el pasado viernes Donald Trump se apoderó de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA). No Estados Unidos, sino el presidente, quien hizo del sorteo de grupos un show de cabaret gringo sin ninguna expectativa, más que la advertencia directa de que el próximo Mundial de Futbol será a la carta, tipo menú empresarial, de un Trump enloquecido por llevarse (no acaparar) los reflectores a su casa.

Estaba anunciado, la FIFA fue tomada por asalto por las industrias mediáticas de Estados Unidos para colocar a tono una impronta: de ahora en adelante, un evento de esa talla será a uso y costumbre de la gran potencia. Si se quiere hacer “grande a América”, lo será no solo en el plano económico-político, sino en el cultural. Como dicen por ahí, para ser poderoso e imperial no hay que parecerlo solamente, sino demostrarlo. Y hacerlo. A la medida de todos los niveles planetarios que se requieran.

Gran parte de la guerra cultural que Trump promueve como cronograma para los próximos años, no solo es bloquear, y eventualmente desaparecer, lo que él y su pandilla de republicanos llama la “agenda woke”. Para este grupo, se hace necesario acaparar la cultura de masas donde se reproducen los valores que rechaza ese conservadurismo llevado a cabo hace un siglo en todo lo que se consideraba “normal” para todas las sociedades. Si se viene un evento de talla mundial como lo es la Copa del Mundo 2025 y Estados Unidos es una de las sedes, entonces llegó la hora de monopolizar los contenidos. Desde ahí, impulsar el discurso estadounidense de derecha es un imperativo.

Foto: Archivo

Nada nuevo bajo el sol, desde la Copa del Mundo en Qatar ya se veía venir la acometida. En un país pequeño, sin liga de futbol soccer y mucho menos tradición futbolística, pero sí ahogado en petróleo y dinero, se comienza a transformar el futbol en mercancía, siempre en la idea de primero es el dinero, el espectáculo y la ganancia. Nada nuevo. Lo que impacta hoy es el cinismo con que se lleva cabo. Sin el menor recato, el show es lo primero… Pero no tanto, paren el sorteo, porque antes hay que darle un premio a su Majestad, no se vaya a enfadar y nos llene de bombas y de aranceles.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, convertido en un comediante o en una especie bufón de un reino tipo Fitzcarraldo, se inventa un Premio de la Paz de la FIFA otorgado a  Donald Trump. Simple y llanamente para satisfacer el ego herido de quien se pensaba iba a ganar el Nobel de la Paz internacional. Quién se haya creído tal patraña, el premio y la ostentación de éste en un evento deportivo, es que carece de cualquier mínimo de ecuanimidad. Un mandatario, es el más belicoso del planeta, convicto confeso, racista, homofóbico, anti migrante, anti derechos humanos, etc., exigiendo ser reconocido desde un berrinche mediático. Encima, en un evento donde se priorizaría el deporte por si mismo y no las locuras de un líder que tiene comportamiento de un niño mimado. Porque una cosa es la política dentro de las industrias culturales, y otra, muy distinta, el vituperio propio a costa de un evento popular y mundializado.

Y agarrémonos de una vez, porque el “pago por evento” para el Mundial será mortal. Si de por sí, es literal y absolutamente imposible conseguir una entrada a un estadio, lo que está en puerta es que, para ver todos los juegos, o los que uno desee, debemos pagar aún más cuando ya lo hicimos en las plataformas streaming. El negocio perfecto. Se acabó el deporte más popular del mundo, y pasa ser parte de las élites que sí podrán pagar cabalmente todo lo ofrecido por el “deporte espectáculo”, además que, ante todo, les importa un bledo la calidad deportiva del Mundial de Futbol.

En este tiempo de sacudidas, necesitamos a alguien nos agarre confesados, o de plano invocarnos a Santa Maradona, que nos libre de todo mal a punta de críticas puntuales a lo que ha convertido el futbol mundial, con la consabida sorna del gran Diego, desquiciadoras de las “buenas conciencias” que ahora se nos trata de imponer.

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