Dolor de panza

Casa de citas/ 775

Dolor de panza

Héctor Cortés Mandujano

 

Leo El mundo numinoso de los mayas. Estructura y cambios contemporáneos (Instituto Chiapaneco de Cultura, 1991), de Jacinto Arias.

El término numinoso, dice Jacinto (p. 14), “deriva de numen, la palabra latina empleada para señalar un poder divino sobrenatural”. Además (p. 16): “Lo numinoso también presupone que el hombre que se interroga es asimismo el hombre que ama el misterio”.

Escribe (p. 35): “la vida humana de los tzotziles y los tzeltales está profundamente influida por la manera en que se interpreta la vida de las plantas: el hombre nace y muere lo mismo que las plantas”. En ceremonias “se utilizan las fórmulas siguientes: Somos como árboles, somos como enredaderas. Somos como la hierba. […] Nadie sabe lo que va a ocurrir mañana, la vida es impredecible. ‘A cada individuo se le ha dado cierto número de días y horas en esta tierra visible. Nadie sabe cuándo llegará su fin’ ”.

El libro breve toca temas filosóficos, desde el mundo de los tzotziles y los tzeltales  (p. 40): “El cuerpo pertenece primordialmente al mundo visible, pero la morada del alma es principalmente el mundo invisible. Digo principalmente porque, mientras el cuerpo vive, el alma se queda en él como morador transitorio que emigra hacia el otro mundo cuando abandona el cuerpo. El alma proviene del otro mundo y debe volver a él”. Agrega (p. 42): “La muerte en sí se considera como el acto en que el alma abandona el cuerpo”.

Los chamanes curan el cuerpo invisible (p. 44): “Mediante sus complicadas técnicas, el chamán tiene acceso al otro mundo y explora sus lugares profundos; habla, apacigua con regalos y convence con argumentos a los moradores de ese mundo, a fin de obtener el perdón del enfermo y devolver a su debido lugar el alma capturada o abandonada”.

Dice Jacinto que en estos pueblos (p. 53) “no existe preocupación alguna por la vida sobrenatural; ya que viven en el mundo invisible al mismo tiempo que viven el visible […] se puede decir que esas personas se consideran a sí mismas como una estructura trashumana, del mismo modo que todo lo que les rodea posee una transestructura. […] Al vivir nunca están solas, una parte del mundo vive en ellas lo mismo que el mundo no es nada sin ellas, puesto que en ellas vive el mundo”.

Sobre los chamanes, aclara (p. 61), “no necesitan poseer un conocimiento profundo de la fisiología humana puesto que su especialización radica en la intangibilidad del hombre”.

Ilustración: HCM

Hay mucha sabiduría en este libro de Jacinto Arias, no importa los años que tiene de publicado (pp. 88-89): “la cultura es relativa, es decir, que el ladino no es mejor que el indio, que el indio no es mejor que el ladino; que el blanco no es mejor que el negro, que el negro no es mejor que el blanco; que el cristiano no es mejor que el pagano, que el pagano no es mejor que el cristiano. Lo que es bueno para una persona o grupo no necesariamente o automáticamente es bueno para toda la humanidad”.

 

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En Puck de la colina de Pook (RBA Coleccionables, 2022), de Rudyard Kipling, el elfo Puck de El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, aparece ante unos niños a quienes recrea, con la visión de personajes fantasmales, la historia inglesa.

El libro tiene, en la apertura de cada capítulo, un poema. En “La canción de sir Richard” el narrador habla de lo que tiene (p. 80): “A mi madre, sentada en su alcoba,/ gobernando a mi padre con tanta destreza”.

En una de las aventuras que relata sir Richard a los niños, les cuenta que se les apareció un diablo. “¡Un diablo!”, exclama Dan, uno de los niños. Dice el personaje narrador (p. 107): “Sí. Más alto que un hombre y cubierto de pelo rojizo. Después de haber observado nuestro barco durante un rato, se golpeó el pecho con los puños hasta que semejó el batir de tambores. Se acercó a la orilla balanceando el cuerpo entre sus largos brazos y haciendo rechinar los dientes”.

Dan le dice, cuando él termina e insiste en los diablos (p. 117): “No creo que fueran diablos”. Y agrega (p. 118): “Tengo un libro que se llama Los cazadores de gorilas. Es la continuación de la Isla de Coral, señor; y ahí se dice que los gorilas (son monos grandes, ya sabe) siempre están mordisqueando el hierro”.

Sir Richard queda asombrado: “¿Nuestros diablos sólo eran simios constructores de nidos? ¿Es que ya no queda magia en el mundo?”.

 

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Dice Jean Rostand en Inquietudes de un biólogo (Editorial Fontanella, 1969: 48): “Ni la poesía se encuentra siempre entre los poetas, ni la verdad entre los sabios”.

 

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En La vida de Calabacín (2016), coescrita y dirigida por Claude Barras, inspirada en el libro del mismo título de Guilles Paris, película hecha con plastilina, en stop motion, el niño protagonista, abandonado por el padre, mata por accidente a su mamá alcohólica. Lo ingresan en un orfanato. Allí conoce a una niña, cuyos papás tuvieron un final trágico: el hombre mató a su mujer al saber que está tenía un amante, y luego se suicidó.

Calabacín, como le gusta que le llamen (su nombre real es Ícaro), se enamora perdidamente de ella, de la niña, de Camille. Raymond, el policía que llevó a Calabacín al internamiento se vuelve su amigo y a él le cuenta de su amor por Camille; le habla de generalidades sobre ella, pero le dice algo que a mí me pareció muy revelador de la pasión amorosa: “Tiene unos ojos que me dan dolor de panza”.

El policía se lleva de fin de semana a los niños y en su casa éstos descubren la foto de un niño. Se sorprenden. El hombre les explica algo que a ellos les parece muy extraño: “A veces los hijos abandonan a sus padres”.

Raymond los adopta. La película es una maravilla.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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