El arte del dibujo, el arte de la escritura

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El arte del dibujo, el arte de la escritura

Héctor Cortés Mandujano

 

Leo Rubens (Editorial Galatea, 1943), de Louis Anquetin, quien analiza los cuadros de Rubens en la galería Medicis del Louvre y, también, traza la biografía mínima de este grande de la pintura.

En el prólogo, Juan de la Encina dice que Pedro Pablo Rubens (1577-1640) compuso tres mil cuadros (p. 23) “en colaboración con sus discípulos. Industrializó así un poco su arte; pero de todos modos la inconcebible cantidad de su producción llena de asombro, pues no hay obra suya que no esté dotada de las más altas calidades pictóricas”.

Rubens era, además, un políglota. Desde joven, dice Anquetin (p. 31), “ya sabe el flamenco y el alemán, aprende el español y el francés y completa sus estudios de latín”. Se va a Italia.

Escribe el autor sobre Rubens (p. 39): “Ya tenemos un hombre de veintitrés años. ¿Cuál es su bagaje? Habla siete idiomas, posee una vasta instrucción, domina a fondo su oficio. ¿Es posible no asombrarse ante tal prodigio? ¿Cómo ha logrado todo esto y cómo lo lograron todos los personajes de los siglos XV y XVI? ¿Dónde aprendían, cómo aprendían, para poder entrojar cosechas tan espléndidas?”.

Se responde: estudiando a profundidad, seriamente. Para eso, claro, se necesita voluntad, firmeza, inteligencia y talento. No cualquiera.

 

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Hipólito Taine en Filosofía del arte (Espasa Calpe, 1945), que analiza la pintura en los países bajos, la escultura en Grecia y lo ideal en el arte, escribe citando a Cellini (p. 237): “ ‘El punto más importante en el arte del dibujo es pintar con acierto un hombre y una mujer desnudos’. Y habla con entusiasmo ‘de los admirables huesos de la cabeza, de los omóplatos, que cuando el brazo hace un esfuerzo dibujan magníficos rasgos: de las cinco costillas falsas que, al inclinarse el torso hacia adelante o hacia atrás, forman en torno del ombligo surcos y relieves maravillosos’ ”.

 

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El espacio poético en la narrativa (UAM-Casa Juan Pablos, 2006), de Norma Angélica Cuevas Velasco, tiene un largo subtítulo: “De los aportes de Maurice Blanchot a la teoría literaria y de algunas afinidades con la escritura de Salvador Elizondo”.

Blanchot, dice la autora, afirma que el lenguaje literario (p. 11), “no es temporalidad (presencia), sino espacio (presencia) y la noción de espacio literario se refiere (pp. 11-12) “al menos, a dos periodos: al del proyecto de escritura, en el que se va conformando el texto, y al de la lectura, que tiene lugar al término de la obra”.

Ilustración: HCM

Cuevas Velasco propone que el espacio literario (p. 13) “podría recibir el nombre de espacio poético […] en tanto que concibo a la poética como una teoría inmanente del discurso literario”. Y agrega (p. 15): “Hay dos lenguajes contrarios en perfecto equilibrio: uno de ficción y otro de reflexión que dan lugar, en el instante en que se funden, a un espacio poético”.

El libro es, por supuesto, un libro que toca varios aspectos técnicos de la escritura literaria (p. 45): “La narración y la descripción son dos modalidades del discurso literario que se reúnen o se separan según sea la intencionalidad de la construcción del espacio textual que es el texto literario. Mientras la descripción se rige por la continuidad y la duración, la narración se rige por la sucesión de estados y transformaciones, es decir, por la discontinuidad”.

Cita a Luz Aurora Pimentel para aclarar que es describir (p. 47): “Describir, en otras palabras, es creer que las cosas del mundo son susceptibles de ser transcritas, incluso escritas –como bien lo indica su etimología– a partir de un modelo preexistente (de-scribere), es hacer irrumpir una palabra con vocación de espejo en el mundo supuestamente no verbal; es aspirar a la máxima ilusión de realidad: hacer creer que las palabras son las cosas”.

Blanchot habla del destino del novelista, en una cita a pie de página (p. 58): “El novelista tiene otro destino que el de hacerse comprender, o mejor aún tiene que hacer comprender aquello que no puede ser comprendido en el falso lenguaje habitual”.

Otra cita de Blanchot (p. 112): “Rilke, en un poema, uno de sus últimos poemas, dice que el espacio interior ‘traduce las cosas’. Las hace pasar de un estado a otro, del lenguaje extranjero, exterior, a un lenguaje completamente interior, e incluso el adentro del lenguaje, cuando éste nombra en silencio y por el silencio, y hace del nombre una realidad silenciosa”.

Escribe Cuevas Velasco (p. 118): “Para Heidegger, el discurso más revelador sobre la poesía es el que la poesía pueda hacer de ella misma: poesía que hable de poesía. De este talante es el trabajo de Blanchot: su escritura habla de la escritura, teoriza en torno a la creación literaria y es, ella misma, literatura”.

Hans Robert y Wolfgang Iser afirman que (p. 124) “el lector es el primer destinatario de la obra literaria […] la vida histórica de la obra literaria es inconcebible sin el papel activo que desempeña su destinatario”.

Dice Norma Angélica Cuevas que (p. 155): “El espacio literario es un continente infinito, inmenso, heterogéneo de experiencia de lenguaje”.

Cita también a Salvador Elizondo (p. 196): “La novela no debiera pretender nada ni conducir a nada […] su canto profundo es el entretenimiento. Cambiar de rumbo incesantemente. Ir como a ciegas para huir de toda finalidad, por un momento de quietud que se transforma en distracción feliz”.

El libro de Norma Angélica Cuevas Velasco, doctora en literatura y maestra de literatura en la Universidad Veracruzana, es un documento que amerita varias lecturas y obtuvo en 2004 el Premio de la Academia Mexicana de Ciencias a las Mejores Tesis de Doctorado. Bien merecido.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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