El consejo del mar
Casa de citas/ 776
El consejo del mar
Héctor Cortés Mandujano
Mi amiga Nedda G. de Anhalt me regaló varios libros de Sergio Galindo (1926-1993) y uno escrito por ella que examina la obra de este gran veracruzano: Allá donde ves la neblina. Un acercamiento a la obra de Sergio Galindo (Universidad Veracruzana, 2003).
El título que decidió Nedda para su estudio es una línea de una de las novelas más famosas de Galindo, El Bordo (p. 63): “Allá donde ves la neblina es El Bordo”.
Dice Nedda, en su análisis de “Terciopelo violeta” (p. 67): “”Todos tenemos una cita ineludible con la muerte; pero, ¿la tendremos con el amor?”.
Disfruté lo que la autora descubre en los muchos libros de Sergio, pero son reveladoras las dos entrevistas suyas que agregó al final. Le pregunta sobre sus influencias no literarias y dice Galindo (p. 187): “El mar también ayudó; o fue cierto o lo soñé, pero desde que lo vi por primera vez me dijo: ‘Escribe, escribe…’ ”.
Cuando hablan del miedo él le cuenta que de niño dicen que dijo (p. 192): “no tengo miedo a los leones ni a los tigres de bengala, pero a las gallinas sí”.
Nedda, en otro momento, le lee un fragmento de A destiempo donde Galindo escribió (p. 193): “Soy una especie de edificio (digamos un condominio) vendido casi en su totalidad. No soy mi dueño. Me construyeron, me hicieron grato, habitable, cobijador. Resulté atractivo, convencí a los compradores. Y mientras más grato y amoroso me volvía –sin percatarme de ello– más me aniquilaba”.
Sergio Galindo lo tenía claro (p. 204): “la importancia de una obra no está en relación con el número de sus lectores”.
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El hombre abrumado de preocupaciones, necesitado,
no tiene sentidos para el espectáculo más bello
Marx y Engels,
en “El desarrollo histórico del sentido artístico”
Escritos sobre arte (Editorial Futura, 1976), de Marx y Engels, es una selección (la primera vio la luz en 1933) de los textos que en distintos libros y momentos hicieron sobre el arte Carlos Marx y Federico Engels.
Para contextualizar, incluyen otros textos. Dicen en “El materialismo histórico” (p. 25): “No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino que es, al contrario, su ser social lo que determina su conciencia”.
Escriben en “Las ideas ‘universales’ y las clases dominantes” (p. 34): “La clase que dispone de los medios de producción material dispone con ellos, al mismo tiempo, de los medios de la producción intelectual, de modo que a ella, en general, están sometidas las ideas de quienes carecen de los medios de producción intelectual. Las ideas dominantes no son sino la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes”.
En ese mismo artículo preguntan, luego de hablar de cambios sociales donde parte del proletariado que destronó a la burguesía se volvió burgués (p. 37): “¿Hace falta acaso una profunda perspicacia para comprender que, al cambiar las condiciones de vida de los hombres, sus relaciones sociales y su existencia social, cambian también sus concepciones, su modos de ver y sus ideas, en una palabra, cambia también su conciencia?”.
Los textos citados no siempre fueron escritos al alimón, a veces son exclusivamente de Marx, a veces de Engels; yo los cito en conjunto, como puede notarse. Dicen en “El desarrollo histórico del sentido artístico” sobre la enajenación del hombre con los objetos (p. 48):”todos los objetos se convierten para él en la objetivación de él mismo, objetos que afirman y realizan su individualidad, objetos suyos, y él mismo se convierte en objeto”, y también: “para el oído no musical la más bella música no tiene ningún sentido”.
En “El marxismo vulgar” asientan (p. 59): “La evolución política, jurídica, filosófica, religiosa, literaria, artística, etc., se apoya en la evolución económica”.
Escriben en “La alienación” (p. 169): “La necesidad de dinero es, pues, la verdadera necesidad producida por la economía política y la única que produce. La cantidad del dinero se va haciendo cada vez más su único atributo de fuerza, y del mismo modo que el dinero reduce a su propia abstracción a todo ente, así se reduce también a sí mismo, en su movimiento, a la cantidad. Su verdadera medida llega a ser la desmesura, la falta de medida”.
Aunque el ejemplo es viejo, puede decirse que vale lo mismo un libro que 250 gramos de café. Lo escriben el “El dinero” (p. 172): “un volumen de Propercio y 8 onzas de rapé pueden ser un mismo valor de cambio, no obstante la disparidad de los valores de uso del tabaco y la elegía”.
“El poder modificador del dinero” concluye con otra idea (pp. 178-179): “Si tú amas sin suscitar un amor recíproco, es decir, si tu amor como amor no suscita amor recíproco, si a través de manifestación vital de hombre que ama, no te transformas en hombre amado, tu amor es impotente, es una desgracia”.
Proponen en “El empleo del trabajo artístico en la sociedad capitalista” los modos en que piensa un artista y un dueño de los medios de producción (p. 187): “Por ejemplo, Milton, que escribió el Paraíso perdido por cinco esterlinas, fue un trabajador improductivo. En cambio, el escritor que entrega obras vulgares a su edición es un trabajador productivo. Milton produjo el Paraíso perdido por el mismo motivo por el que un gusano de seda produce seda. Era una manifestación de su naturaleza. Luego vendió su producto por cinco esterlinas”.
Concluyen en este artículo (p. 190): “El trabajo productivo e improductivo es examinado aquí siempre desde el punto de vista del poseedor del dinero, del capitalista, no desde el punto de vista del trabajador […] Un escritor es un trabajador productivo no en cuanto produce ideas, sino en cuanto enriquece al editor que publica sus obras, o en cuanto es trabajador asalariado de un capitalista”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com








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