El mapa florentino: a propósito del libro “Andar por la vida”
Andar por la vida, ciudades y paisajes es la crónica festiva de un personaje a quien imagino siempre caminando a paso tranquilo y alegre. Florentino Pérez Pérez, su autor, es recipiendario de una de las posesiones más envidiadas de la creatividad: ser lector voraz, y como no hay lector sin obra y sin camino, él traza rutas por todas las páginas de la literatura y embellece el paisaje con sus palabras.
Camina y escribe. Es un memorioso al que se le adhieren las frases ingeniosas sin mayor esfuerzo. Caminar es una vocación y una creación, y pocos saben caminar y marcar los senderos, los libros, las calles, los barrios y las ciudades, como él lo hace.
A Florentino le surgen alas, le brotan recuerdos, le renacen palabras dichas por otros y que germinan con las suyas. Es un coleccionador de epígrafes que acomoda en los platillos que nos sirve como anfitrión de las letras. Camina y encuentra una finca, encuentra un volcán, se pierde en una ciudad y se disuelve en los aromas de la Sierra Madre de Chiapas.
Andar por la vida, ciudades y paisajes es un guiño a los cronistas clásicos mexicanos del siglo XIX que colocaron el género en los terrenos de la literatura. Viajar es encontrar y descubrir. Escribir sobre los viajes es recrear, invitar y provocar. La crónica de viajes inició cuando las personas empezaron a relatar su deambular por lugares nuevos. Herodoto, su gran artífice, colocó a la crónica de viajes en los mapas de lo que sería la historia, la geografía y el periodismo. Por eso Ryszard Kapuscinski llevaba en su maleta un viejo ejemplar de Los nueve libros de la historia.
Florentino, también tras los pasos de Herodoto y de los grandes escritores mexicanos, revive la crónica de viajes, reinventa el caminar, a veces a caballo, a veces en lancha y hasta en helicóptero, para mirar sorprendido la aparición de montañas, de ríos y de música.
Escribir crónica es una invitación a viajar, si el viaje está bien contado. Florentino lo logra; nos lleva a fincas cafetaleras, a montañas escarpadas de la Sierra Madre, al Sumidero, al Tacaná, a los confines de la Selva, y nos acompaña y lo acompañamos por todos los caminos de un Chiapas abierto al mundo y a la exploración; un Chiapas generoso que se multiplica y vive como maya, zoque, chispa, flor al viento, insurgencia revolucionaria, marimba, pero sobre todo camino que se desliza por ese mapa arrugado de cerros y serranías que si se extendiera, como dijera Laco Zepeda, sería el estado más grande del país. En ese mapa arrugado, Chiapas guarda sus misterios y hace falta, entonces, un caminante que se encuentre con su magia y nos transmita sus íntimos secretos.
Florentino es un cronista de este Chiapas profundo, diverso y multicolor; de este Chiapas de volcanes, de cafetales en flor, de nubes gordas de esperanza y de bosques diezmados por el hacha cruel de la violencia. Como cronista, mira, registra y, al escribir, transmite una versión nueva y reluciente porque sabe mirar al empaparse del paisaje, de las voces, de las ralas tristezas y alegrías.
Florentino Pérez camina y saluda a nuestros personajes locales. Se encuentra con Miguel Álvarez del Toro y su zoológico maravilloso, con Robertoni Gómez y su hombre de maíz, con Ricardo Pozas y su Juan Pérez Jolote, con los amorosos de Jaime Sabines, con los bolillos musicales de Zeferino Nandayapa, con la sinfonía de la tierra de Federico Álvarez del Toro, con el ojo de jaguar de Efraín Bartolomé, con la obra tropical de Óscar Wong, los poemas insurgentes de Óscar Oliva, y rinde homenaje a los escritores del ciclo Chiapas que configuraron el rostro del indígena: Rosario Castellanos, Laco Zepeda, Ramón Rubín, Carlo Antonio Castro y María Lombardo, y abraza al gran Quincho Vázquez Aguilar y a sus cuates que hicieron de la cultura una fiesta en movimiento: Checo Peña, Rodrigo Núñez, Jorge Mandujano, Adolfo Ruiseñor, Carlos Román, Violeta Pinto, Socorro Trejo y Scarlet Ruiseñor.
En estas páginas también transitan poetas, músicos y pintores de otras coordenadas. Ahí están Savater, Calvino, Neruda, Freire, Kraus, Mutis, Pellicer, Pessoa, Reyes, Henríquez Ureña, Caso y Vasconcelos.
Los pasos de Florentino están a veces en San Juan Chamula, en Unión Juárez, en la asfixiante Tapachula con sus 40 grados a la sombra, en Cacahoatán, Campeche, Monterrey, en el corredor de la Gran Chichimeca y en Villahermosa con sus toneladas de zancudos y sus vahos industriales de calor, pero también en el norte y sur global.
Florentino es un cronista que aguza la mirada, que relata y valora, que se conduele por el reino sin alma de la tecnología, del capitalismo salvaje y de la destrucción de los árboles con sus despojos de territorios y de sueños. Como hombre que camina, paseante, dirían los griegos de los peripatéticos, y no es porque los demás nos desplacemos de otra manera, sino porque su caminar traza veredas y cartografías, caminos en la lectura que se reflejan en el libro con epígrafes que muestran un estado de ánimo, una paradoja, un momento de luminosidad y de ironía.
La vida para Florentino es gozo. Entiendo que gozar no significa solo disfrutar de la felicidad, porque al fin y al cabo la felicidad es una feria ambulante; veo el gozo florentino en la posibilidad de vivir la experiencia profunda de ser humano, con sus bienaventuranzas y sus desgracias, con sus errores y sus posibilidades de acierto.
Florentino es una rareza en Chiapas porque su escritura, poética las más de las veces, nos lleva a pensar en nosotros como habitantes del sur contradictorio. Es un pensador, un ensayista, en esta tierra en donde faltan ensayistas.
Este libro es un mapa de un caminante diurno, y en sus senderos aparecen todos los paisajes; lo mismo hay cartas que comentarios a libros, en fin, búsqueda musical de la palabra y del pensamiento en comunión con la vida y las ideas. Florentino es un caminante que indaga en la mirada sutil la comprensión de su mundo. No el mundo inmensurable de todos, sino su mundo, hecho de sonrisa, de palabra y amabilidad.
Para cerrar este texto, copio una frase rescatada por este caminante de las palabras, que corresponde a Morin, Ciurana y Motta, con el propósito de instruir al peatón de Andar por la vida, ciudades y paisajes: “Caminamos construyendo una itinerancia que se desenvuelva entre la errancia y el resultado, muchas veces incierto e inesperado de nuestras estrategias. La incertidumbre nos acompaña y la esperanza nos impulsa. Estamos perdidos y en esta condición de lo humano no se trata de buscar la salvación sino de procurar el desarrollo de la hominización”.







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