Los imperios no necesitan caretas: la intervención militar en Venezuela

Desde esta misma columna la situación de Venezuela ha sido tratada en diversas ocasiones. En ningún momento se defendió al régimen encabezado por Nicolás Maduro, el líder político del país tras el fallecimiento de Hugo Chávez. Los motivos son evidentes, falta de respeto a los derechos civiles y una situación política y económica que ha provocado el exilio y la migración forzada de millones de venezolanos. Ser crítico no significa apoyar sin reservas la acción militar de la administración de Donald Trump, una intervención considerada quirúrgica por parte de sus partidarios para demostrar cómo la cultura cinematográfica de Hollywood se ha instalado en nuestro universo e impone la forma al fondo.
El ataque del sábado 3 de enero, cuyas consecuencias sobre el país sudamericano todavía se desconocen, pone sobre la mesa de debate muchos aspectos que van más allá del discurso trumpista sobre el tráfico internacional de drogas. Un tráfico imposible de entender sin la participación de grupos internos en Estados Unidos o sin la connivencia de autoridades e instituciones de ese país.
Uno de esos aspectos es la confirmación de que los imperios actúan sin tomar en cuenta los tratados internacionales, aquellos que tanto ha costado lograr a nivel planetario. Estados Unidos es ejemplo de ello, pero no está solo y el caso de Rusia en Ucrania así lo demuestra. En tal sentido, el discurso del presidente estadounidense, así como la reciente actuación en Venezuela, confirman la vigencia de la Doctrina Monroe para controlar el continente americano. Considerar el territorio al sur de la frontera de Estados Unidos como su patio trasero ha sido más que un discurso, dado que se ha establecido como forma de intervenir, directa o indirectamente, en la vida política y económica de los países.
Los críticos al régimen venezolano aplauden la reciente intervención en el país sudamericano, una acción justificada por la defensa de la democracia y contra un régimen político autoritario. Sin embargo, estos argumentos tienen un pobre sustento debido a que Estados Unidos ha apoyado, y no intervenido, regímenes políticos dictatoriales. Es decir, las dictaduras son buenas, desde esa lógica, si le son leales. Y para no poner casos cercanos les invito a investigar por qué y cómo se permitió que una dictadura fascista, como la de Francisco Franco, se mantuviera 40 años sin democracia y con represión constante hacia su población, a pesar de haber sido aliada de Hitler y Mussolini. Tal vez si conocen las bases militares de Estados Unidos establecidas todavía en España se podrá entender, sin profundizar en otros temas, esa permisividad y apoyo a una dictadura.
Otro aspecto evidente para comprender la reciente intervención en Venezuela es el dominio que las potencias mundiales desean tener sobre recursos naturales como el petróleo. Los grandes recursos de este hidrocarburo en Venezuela demuestran que los imperios necesitan controlar las fuentes de energía fundamentales para mantener su hegemonía. De hecho, en la rueda de prensa efectuada por el mandatario estadounidense, el mismo día en que ocurrió la captura de Nicolás Maduro, ya señaló, junto a las referencias a la Doctrina Monroe que él cumplía como ningún otro presidente, que el petróleo venezolano era su principal objetivo.
Igualmente, otra cuestión a tomar en cuenta será lo que ocurra al interior de Venezuela. Cuál será el papel de los militares, cómo se comportará la sociedad civil, en consecuencia, qué efectos tendrá sobre un Estado la intervención procedente del exterior de sus fronteras. Sin saber lo que sucederá, ejemplos como los de Irak, Afganistán, Siria o Libia no son buenos referentes, aunque las circunstancias internas y la conformación poblacional de los países sean muy distintas.
Sólo se mencionará otro de los aspectos que conlleva esta intromisión en Venezuela, se trata del papel de las otras grandes potencias mundiales: China y Rusia. Lógicamente, los discursos contra esa intervención en el país sudamericano han sido y seguirán siendo constantes, sin embargo, será difícil observar reacciones de otro tipo, como podrían ser las militares, debido a que Rusia está involucrada en un conflicto bélico sumamente desgastante. Por su parte, China se mantiene agazapada y en crecimiento de su potencial militar, mientras extiende su influencia económica en todo el mundo. A pesar de sus constantes amenazas hacia Taiwán -la antigua Formosa- resulta difícil que China se atreva a iniciar un conflicto, aunque sea dialéctico, con Estados Unidos. Por su parte, el derecho a veto que Estados Unidos tiene en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas impedirá cualquier medida del desvalorizado organismo internacional.
En definitiva, lo ocurrido en Venezuela muestra dos cuestiones evidentes a nivel internacional. Una de ellas es que los imperios se rigen por sus intereses, sin ningún tipo de respeto por el derecho internacional o por los seres humanos, los que siempre sufren en las intervenciones militares o conflictos bélicos. La otra, relacionada con la anterior cuestión, es que Estados Unidos sigue siendo el imperio de referencia mundial. Si la actuación de Rusia en Ucrania ha llevado a sanciones internacionales sobre el país gobernado por Vladímir Putin es difícil, si no imposible, que ello se observe con respecto a Estados Unidos. El miedo al poder, y más si es militar, no entiende de derecho internacional, ni de aprecio por la democracia, concepto cada vez más vacía de contenido y de desarrollo práctico.[1] La fuerza se impone sobre cualquier cosa y habla de un orden mundial donde, a pesar de los simulacros políticos y discursivos, el poder militar de los imperios, y su interés por el control territorial y de los recursos naturales, no desaparece, por el contrario, se consolida. Situación que con claridad afirmó Donald Trump para recalcar, en la ya mencionada rueda de prensa, la vigencia de la Doctrina Monroe porque la región “es nuestro hogar”. Nítida expresión de lo que tiene en mente el presidente estadounidense para el continente americano.
[1] Véase para entender el deterioro democrático en el mundo la siguiente obra: Levitsky, S. y Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Barcelona: Editorial Ariel.







No comments yet.