Remembranzas en el año nuevo

Ach´jabil/ año nuevo maya. Tex López – 2020. Cortesía: Agroart / IICA

 

Con todos los avatares sucedidos justo en los inicios de este 2026, los recuerdos se agolparon en mi mente. Sucedió que revisando el Facebook-que por cierto uso muy poco-encontré nombres y aún fotos de personas que conozco desde mis días estudiantiles y después como profesor de antropología. Repasar el pasado recordando a personajes que en algún momento han convivido con uno, es parte de la reconstrucción de la memoria de pasajes de la vida, tanto individual como colectiva.  Así, en el mismo Facebook se publican fotos de una Tuxtla Gutiérrez que ha cambiado notablemente su fisonomía a lo largo de los años. En particular, Roberto Ramos Maza tiene la diligencia y la generosidad de desenterrar el pasado tuxtleco publicando con frecuencia fotos de aquella Tuxtla Gutiérrez que vivimos quienes nacimos en el transcurso de la década de 1940 y hoy sobrevivimos con el recuerdo de aquellas calles, el bullicio tuxtleco, la librería de mi abuelo, El Progreso, en pleno parque central frente a la Catedral, las dos mujeres que vendían pozol en las gradas de la Iglesia de San Marcos justo enfrente de la “parada” de los autobuses que hacían la ruta Tuxtla-Chiapa; el parque frente al Palacio de Gobierno que en aquellos años lucía su estilo tendiendo al “art nouveau” y la pérgola que nos permitía una visión de la ciudad desde las alturas; el cine Alameda en una esquina del “centro” de la ciudad y en fin las refresquerías al lado de la Iglesia, una de las más famosas, la “de la Zaira” que expendía raspados de sabores y colores varios. Una Tuxtla Gutiérrez aquella que desde la sociología se definiría como una “comunidad cara a cara” porque sus habitantes se conocían, acudían a los mismos sitios, por ejemplo, el restaurante del Marro (el dueño era el señor Marroquín) que expendía tales milanesas que merecieron varias reuniones del Ateneo mientras sus miembros la saboreaban. O el casino Tuxtleco, el lugar de coqueteo de la juventud además de las famosos “vueltas encontradas” en el parque central los domingos. Incluso las infaltables funciones de la matinée en el cine Alameda los domingos, eran centros de reunión juvenil que al terminar se desparramaba por el parque central buscando refrescarse con los raspados. Por cierto, justo en una esquina de la Iglesia, estaba situado El Correíto, el fantástico expendio de periódicos, revistas, cuentos, de Don Arturo Ramos, justo el padre de Roberto Ramos Maza. Era una Tuxtla pacífica. Con todo, disfrutamos de los relatos policiacos que se publicaban firmados por FAR, en “El ¡ES¡” el periódico que dirigía el mítico Gervasio Grajales. Famosa es aquella columna que decía “Ya te ví cara de jeta, no te componés” que pronunciaría, según FAR, una viejecita al notar que le robaban sus gallinas de la huerta. Famosa era la columna que escribía el propio Gervasio con el nombre de “Dacha El Tziqueté” que debería ser recuperada y publicarse como un libro. En el radio, la XEON nos traía las noticias y la música. Su cabina, según recuerdo, estaba situada justo frente al parque central , casi esquina con la primera avenida sur. Aquella Tuxtla Gutiérrez era la sede del Campeonato Estatal de Basquetbol que movilizaba a todos los municipios del estado. Llegaban a la competencia final en Tuxtla sólo los equipos que habían clasificado en sus torneos municipales. Se jugaba en la Cancha Matías de Córdova, hoy convertida en Auditorio Municipal que lleva el nombre del Profesor Efraín Fernández Castillejos. En mis tiempos de Rector de la UNICH, recibí un manuscrito nada menos que de la autoría de quien fuera nuestro entrenador, el Profesor Efraín Fernández Castillejos, un personaje que siempre está en mi recuerdo cuando pienso en aquella Tuxtla en la que nací y viví toda mi etapa de niñez y adolescencia. El manuscrito en cuestión resultaron ser apuntes de una Memoria escrita por el Profesor Efraín Fernández y que resulta de señalada importancia para escribir la historia del deporte en Chiapas. No dudé en autorizar su publicación: Efraín Fernández Castillejos, Un Profeta en su Tierra. Apuntes Autobiográficos, Tuxtla Gutiérrez, Secretaría de Educación/UNACH/UNICH, 2005. Este manuscrito es rico en datos además de informar acerca de la personalidad de uno de los Profesores de Educación Física y entrenadores más importantes de Chiapas. El Maestro Efraín Fernández nació en Villa Flores un 6 de enero de 1919 y murió en Tuxtla Gutiérrez un 5 de octubre de 2001. Había cumplido 82 años de edad. Mi recordado Noé Gutiérrez, organizador del Archivo Histórico del estado, escribe en la contraportada del libro citado del Maestro Efraín Fernández: “El miércoles 7 de marzo, acudimos por primera vez a su casa con un plan delineado: comenzar a ordenar las fotografías e iniciar el registro en cinta de audio de las vivencias que serían los apuntes autobiográficos de quien para entonces era ya tío Efraín”. Cada vez que leo y releo estos bellos apuntes, me acuerdo de los partidos y de las vivencias con el Maestro. Lo cito: “Difícil es precisar los nombres de los mejores basquetbolistas de Chiapas durante mis cargos como jefe de clases del ICACH, Director y Catedrático de la Escuela de Educación Física, pues con cada uno era como empezar de nuevo, jamás dejaron de sorprenderme. Recuerdo a Romero Ventura, Valdemar Aguilar, Celín Ventura, Rafael Castañón, Carlos Castillejos, Saraín Gutiérrez (del equipo Preparatoria), Quico Aguilar, Glusteín Llaven (jugador del ICACH), Rubén Solís (del equipo Mieco), Andrés Fábregas Puig (bueno como rematador), Oscar Castañón Morell, Eduardo Cruz, Roberto Riquelme  y Reynol Ozuna quien en uno de los juegos de conscriptos en Puebla llegó a encestar cuarenta puntos por partido; en los tres juegos sumó casi el record de ciento veinte puntos, terminó con la mano izquierda luxada” (p. 36). En este mismo texto de Apuntes del Maestro Efraín Fernández, se incluye un texto breve escrito por Eduardo, “Lalo”, Cruz, un notable jugador de basquetbol, de los mejor que ha habido en Chiapas. Dice su texto en una parte: “Andrés Fábregas Puig fue de los primeros compañeros basquetbolistas. Resaltaba por su altura y extrema delgadez, también formaron parte del equipo Salvador Nucamendi, Reynol Ozuna, David Guzmán, Aníbal López y Carlos Coutiño. Pablo Salazar Mendiguchía y yo, formábamos parte del equipo Deportes de Chiapas patrocinado por Eduardo Ruiz España” (p. 93). Muchas anécdotas vienen a mi mente cuando recuerdo aquellos años de una Tuxtla Gutiérrez que en verdad se movilizaba cuando se celebraban los campeonatos estatales de basquetbol. Pero otro recuerdo en el inicio de este año fue el viaje que hicimos Oscar Oliva, Jorge Marenco y yo, comisionados por Pablo Salazar Mendiguchía para observar lo que serían grandes marchas de los migrantes en los Estados Unidos. Es un recuerdo muy a propósito por lo que ocurre actualmente en norteamérica con la persecución de los trabajadores mexicanos. Iniciamos el viaje un sábado 29 de abril de 2006. Llegamos al atardecer a la ciudad de Los Ángeles. Gracias a los buenos oficios de Jorge Marenco teníamos ya reservaciones en un Hotel muy céntrico, en la Avenida Figueroa, la principal de Los Ángeles. Nuestro objetivo era observar el desarrollo de la gran marcha anunciada para el primero de mayo de 2006. Fue una experiencia muy interesante que relaté en un texto titulado Si Se Puede. Etnografía de una semana en California (Tuxtla Gutiérrez, Editorial Viento al Hombro, 2006). Y por supuesto, me llega el recuerdo de mis compañeros de estudios en la ENAH y el Movimiento de 1968: José, “Pepe”, Lameiras, Brigitte, “Brixi”, Bohmen, Victoria Novelo, Gastón Kerriou, Javier Guerrero, Isacc Teitelbaun, Virgilio Caballero y tantos más. Remembranzas que son de tiempos vividos. Justo mientras redacto estas líneas me llega un wasap de Adolfo Tovar, compañero icachense, con las listas de quienes asistieron a una reunión de quienes cursamos la preparatoria en aquellos años de 1961 y 1962. En una de las fichas veo que a enero de 2026 hay 57 compañeros y compañeras fallecidos. En fin, los ciclos de vida se cumplen. Los destinos se bifurcan, se dispersan. Pero queda el recuerdo, la memoria, que por un acto que aún no comprendemos a cabalidad, logra el milagro de poder “vivir” los recuerdos.

Bosques de Santa Anita, Tlajolulco. A 12 de enero 2026

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