Un nuevo [des]orden mundial

Imagen: Cortesía

No es el momento para debatir sobre el surgimiento y la continuidad de los Estados nacionales en los cinco continentes, sin embargo, su indiscutible existencia, los conflictos globales del pasado siglo y la polarización en bloques políticos llevaron al nacimiento de las Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial. Su criticado papel a la hora de intervenir en conflictos y situaciones de lesa humanidad no impide reconocer que, a través de sus múltiples organismos, ha realizado esfuerzos, tal vez insuficientes, para mantener equilibrios políticos en el planeta y por desarrollar formas de cooperación internacional. No cabe duda que mantener dichos equilibrios no es tarea fácil, sobre todo porque tal orden mundial siempre depende de las grandes potencias encabezadas por Estados Unidos.

Esos difíciles equilibrios parecen desmoronarse desde que el presidente estadounidense, Donald Trump, llegó por segunda ocasión a la Casa Blanca. El último golpe de efecto tras lo ocurrido en Venezuela se ha producido cuando, a través de una orden ejecutiva firmada el 7 de enero -la forma de imponer los deseos del presidente sobre las instituciones de representación popular-, Donald Trump decidió salir de organismos internacionales, muchos de ellos dependientes de las Naciones Unidas, y otros donde el vecino del norte participaba por haber signado tratados y convenciones. Una salida justificada por considerar a esas dependencias como enemigas o, al menos, contrarias a los Estados Unidas y alineadas con un perfil científico o, simplemente, preocupadas por cambios como el climático.

Entre dichos organismos se encuentra, el muy conocido en México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, además de otros más relacionados con aspectos políticos, educativos, migratorios o energéticos, algunos de estos últimos también vinculados por la mencionada preocupación por el cambio climático.[1] De hecho, esta forma de actuar del presidente de Estados Unidos ya se hizo presente, a principios del año 2025, cuando dejó otras instituciones tan conocidas como lo es la Organización Mundial de la Salud (OMS). Abandonos justificados, entre otras cosas, por el deseo de ahorrar dinero a los contribuyentes estadounidenses y para defender los intereses propios del país.

El egoísmo personal del mandatario se extiende a la política internacional de Estados Unidos para cuestionar preocupaciones globales y colaboraciones estatales respecto a temas que afectan a la población y al mismo futuro del planeta. Si con las acciones llevadas a cabo en Venezuela se ha querido demostrar la preeminencia de los intereses económicos y geopolíticos del país, como insistió al mencionar su presidente la Doctrina Monroe, en los últimos días ello se ha confirmado a través del abandono de los referidos organismos internacionales.

Las complejidades del orden mundial y las siempre dubitativas colaboraciones en temas claves para la humanidad parecen tambalearse cuando la principal potencia mundial, Estados Unidos, socava la existencia de organismos planetarios al retirarse de ellos. El problema, si esta deriva política estadounidense no se detiene, es que, incluso, podrá afectar a otras organizaciones que, con todas las críticas que se puedan emitir sobre ellas, han evitado el aislacionismo internacional. Son malos tiempos para la diplomacia y la cooperación mundial porque destruir es muchos más fácil que construir, en especial cuando se trata de las complejas relaciones y equilibrios internacionales.

[1] Véanse dichos organismos en La Jornada, 9 de enero:  https://lajornadanet.com/mundo/lista-de-las-66-organizaciones-de-las-que-decide-sacar-a-eeuu-el-presidente-trump/

 

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