Definición de ventilador

Foto - Juan Carlos Calderon

Foto: Juan Carlos Calderon.

Todo mundo sabe qué es un ventilador, sobre todo la gente de Arriaga o de Tonalá. A la tía  Eusebia, allá por los años cuarenta, cuando le llegaba “la gana del calor”, los sobrinos la obligaban a sentarse en una poltrona. Mientras uno de ellos la abrazaba contra el respaldo de la silla, dos más le abrían las piernas, y Ausencia colocaba el ventilador frente a ella. La amarraban y la dejaban así, durante días, hasta que la gana le bajaba. Rodrigo cuenta que un año a la tía le ganó “la gana del calor” y ya no tuvieron tiempo de bajársela con el ventilador. Ella escapó de casa y durante dos días se dedicó a perseguir a todos los hombres del pueblo. Hubo (nunca falta) un “caliente” que aprovechó la “gana” de la tía. No despertó al siguiente día, lo encontraron tirado detrás de la barda del pantéon. Estaba como chupado, su cuerpo era como una tira de carne seca.

                El diccionario dice que el ventilador es “un instrumento o aparato que impulsa o remueve el aire en una habitación”. Lo que no dice es que es uno de esos aparatos raros que tienen “vida propia”. Pertenece a la categoría de los aparatos monstruosos, como autos o como sierras eléctricas. Si el lector pone atención a los chunches que tiene a su alrededor verá que la silla, la mesa y la cama son objetos nobles, como gatitos que sólo se embarran la manita con saliva. Ya la lámpara es uno de esos objetos monstruosos que pueden, sin aviso, a la hora que uno la acaricia soltar un mandarriazo tan fuerte que puede, incluso, provocar la muerte del incauto (si no que lo diga la Rosario).

El ventilador no sólo remueve el aire (como lo establece el diccionario). No lo creerán, pero yo vi a un niño que jugaba en la habitación de un hotel y volaba avioncitos con el ventilador. De un hotel de esos de categoría ínfima. Estábamos en la sala de recepción, sentados en asientos llenos de grasa, tapizados con un plástico que sudaba, que provocaba que, a cada rato, la gente resbalara de a poco y si no tenía cuidado podía dar contra el suelo. El ventilador de pedestal estaba instalado en una esquina, tenía unas cintas de papel que danzaban como serpientes inocentes. Las cintas se movían por el influjo del movimiento circular de las aspas del ventilador. Digo esta obviedad porque fue lo que el niño descubrió. Descubrió que si ponía el avioncito de papel al lado de donde las cintas se extendían como ramas frágiles y abría los dedos el avioncito volaba tantito, casi hasta mitad de la sala. El niño rió. Al rato, el niño descubrió que si acercaba más la mano a la fuente original del aire ¡el avioncito volaba más! Ya llegaba casi a las patas del sillón. El niño acercó el avioncito más y más hacia la fuente original y el avioncito voló más  y más; mientras nosotros, los adultos, leíamos el periódico y, asfixiados, nos limpiábamos la frente y el cuello con pañuelos que ya estaban igual de húmedos que nuestras camisas y nuestros pantalones. Creo que no debo seguir el relato, porque sería tanto como dudar de la inteligencia del lector que en este momento ya intuyó cuál fue el final. Yo no hice algo. Vi que la madre corrió a abrazar al niño y don Eusebio (el dueño del hotel), primero corrió a desconectar el ventilador y luego a la barra de recepción para llamar a la Cruz Roja. Yo dejé el periódico sobre el asiento grasoso y plástico del sillón y, como vi que la mamá ya llevaba al niño en brazos y ya se oía el aullido lastimero de la ambulancia, fui a conectar el ventilador de nuevo. ¡Hacía un calor de los mil demonios! A la hora que me agaché para conectar el cable en el contacto miré dos  de los deditos que el niño perdió. Ya luego la afanadora halló los otros dos debajo del asiento colocado en la esquina más extrema.

El diccionario nunca consigna que estos chunches son hijos del demonio.

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