Definición de ladrillo

Ladrillos dos

A mi sobrina María, de diez años, le pregunté qué era un ladrillo y me dijo: “Es lo que sirve para hacer casas”, pero Rodrigo, de la misma edad, dijo: “Mentira, mentira, un ladrillo es con lo que a mi tío Manuel le abrieron la cabeza”.

Resulta entonces lo que siempre se ha dicho: Los objetos sirven para destruir y para edificar. Un simple lápiz, en manos de un Leonardo, sirve para crear una obra de arte, pero en manos de un malvado sirve para dejar ciego a un pájaro.

Lo mismo sucede con ese objeto maravilloso que se llama ladrillo, es elemento para construir, pero también puede ser un objeto para abrir huecos en cabezas o en la amplitud del universo. Porque el ladrillo ha servido para formar los hogares de millones de personas en todo el mundo. Cuando uno mira una fotografía de un desastre, como un bombardeo, un temblor o una hecatombe, lo primero que asoma es el rimero de ladrillos sobre el piso y uno sabe que ese ladrillo ha perdido su vocación. Los ladrillos, sencillos, humildes, tienen la vocación de la grandeza, porque, a pesar de que el suelo es su lugar de origen, no es su destino. El destino de un ladrillo es la altura. Todos sirven para construir paredes, pero hay algunos que se quedan en la primera fila y otros que alcanzan las mayores alturas. ¿Cuál es el misterio que sucede a la hora que uno le toca ser de la fila de abajo, la que está por encimita de la cadena, y otro estar en la cima, al lado de la trabe? Lo mismo sucede con las personas, que, en su mayoría, también están moldeados de barro, ya nos lo explicaron los textos antiguos. Todas las personas (recordemos aquello de que somos los arquitectos de nuestro propio destino) sirven para construir o para derruir. Algunas personas siempre están en las filas de abajo y otras en las filas superiores. A veces, lo vemos muy seguido en la fauna política, los ladrillos más bofos, los que no tuvieron un buen cocimiento, están hasta mero arriba. Es una pena que los mejores ladrillos, en ocasiones, estén en la parte más baja, soportando el peso de los otros ladrillos, que, por estar pisando a los demás, creen que son diferentes.

María me dijo que ella es inventora y que le gustaría inventar ladrillos de algodón para que entonces no sirvieran como armas, porque, era cierto, había visto una fotografía donde niños, trepados en azoteas, aventaban ladrillos a la gente de abajo. Si fueran de algodón, los ladrillos servirían para curar las heridas de los descalabrados.

Rodrigo dijo que eso era una bobera, ¿cómo podían construirse casas con ladrillos de algodón? Cuando lloviera, dijo, las paredes se caerían de tan aguadas. María nada dijo en ese momento, pero cuando estábamos en el parque central, sentados en una banca, y mirábamos a unos niños correr detrás de unas pompas de jabón, me dijo que las casas con ladrillos de algodón podrían ser altísimas porque su peso sería como el de una nube y que la gente no moriría cuando ocurriera un temblor.

Yo pensé que también serían muy convenientes para la vida práctica, porque así muchos políticos no se marearían a la hora de subirse a un simple ladrillo.

 

 

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