De marchas, plantones e intenciones

Desalojan predio invadido por el Movimiento Obrero Campesino Regional Independiente-Emiliano Zapata (MOCRI-Zapata). Foto: Cortesía

El viernes pasado, la capital de Chiapas vivió una jornada de caos. La causa: el desalojo de un grupo de militantes del llamado MOCRI -Movimiento Campesino Regional Independiente- que intentaban posesionarse de un predio en la orilla norte de la ciudad.

El resultado: bloqueo a vialidades, destrucción y saqueo a comercios y vehículos, una treintena de detenidos, voces que aplauden la actuación de la autoridad y -muy probablemente- una respuesta de mayor calado por parte del MOCRI. Se trata de una medición de fuerzas que aún no acaba.

En sus orígenes, por ahí de 1991, esta organización, como muchas otras, surgió como vehículo de lucha social de comunidades marginadas. Sus demandas: tierra, escuelas, salud, agua. Nada injusto. Nada nuevo tampoco. Como tampoco es nuevo afirmar que si algo definió al gobierno de Manuel Velasco -además de su deshonestidad- fue su colosal capacidad de seducción. Ahí se pervirtió la historia.

Los seis años de gobierno verde se caracterizaron también por constantes protestas. En la plaza central de Tuxtla levantaron la voz el magisterio, los bomberos, las enfermeras y el personal de salud, los policías, los movimientos sociales y campesinos. El MOCRI incluido. Pero sucedió entonces que la confrontación “poderoso-oprimido” se transformó en un vínculo cómplice en el que los “oprimidos” comieron de la manzana verde y se convirtieron en grupo de choque -su grupo de choque.

Si, solo como ejemplo, el magisterio o un grupo de desplazados de alguna comunidad -ironía de la ironía- tomaban el Congreso del Estado y era necesario retirarlos, de inmediato se operaba la presencia de docenas de militantes del MOCRI que, armados con garrotes se encargaban del trabajo sucio.

El pago: prebendas, concesiones de taxis o transporte público; financiamiento de proyectos; permisos, gestiones y un compromiso de impunidad, siempre y cuando se cumpliera con las instrucciones recibidas.

En Tuxtla, particularmente en su clase media urbana, MOCRI es sinónimo de desmanes y violencia y se aplauden las acciones del viernes. Habría que tener presentes dos cosas:
Si bien la existencia de grupos de choque es totalmente condenable y si hay delitos deben castigarse, también sería deseable voltear a ver los padrinazgos que alimentaron -o alimentan- a dichos grupos. Que paguen los de abajo, pero también los de arriba y tal vez algo más: habría que atender las causas de fondo.

Los grupos de choque germinan a la sombra de la ignorancia y la pobreza. Esas son las cosas que urge “desalojar” para que nos “invada” un mejor mañana.

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