El Estado canalla

Lo ocurrido en el encuentro del presidente Donald Trump con el mandatario de Ucrania, Volodimir Zelenski, en la Casa Blanca, en febrero pasado, no es nuevo y tampoco inédito. Ante los ojos del mundo, la humillación al ucraniano con lujo de violencia verbal, en el marco de una discusión sobre la guerra Rusia-Ucrania, se convirtió en más que un acontecimiento viral en las redes. Fue una advertencia de cómo el Estado canalla gringo actuaría de ahora en adelante.

Cuenta Porfirio Muñoz Ledo, cuando era representante de México anta la ONU, una vez votada una iniciativa contraria a los Estados Unidos, Alexander Haig (un “halcón” radical), en ese entonces Secretario de Estado de esa nación, lo mandó a llamar. Apenas entró Muñoz Ledo a la oficina e iniciaba el saludo de cordialidad, cuando de un manotazo el político estadounidense le espetó su enfado por su votación, recordándole la eventual sumisión que todo país latinoamericano debería tener en temas de geopolítica. Decía el mexicano que ni tiempo le dio de alguna réplica; una vez hecho el regaño lo mandó a salir de la oficina.

Siempre ha sido así la política exterior estadounidense. Nada nuevo.

En el encuentro, o más bien la madriza con que Trump y el vicepresidente James D. Vance, como buenos gandallas de barrio, le descargaron a un solitario Zelenski, lo que impactó fue ver la transmisión, en vivo y en directo, de la forma en que negocian los políticos de Estados Unidos. Hasta de la forma de vestir de mandatario ucranio se burlaron.

El “trumpismo” -que no nada más lo representa Donald-, es esa forma de hacer política de derecha, desde el cinismo, donde toda forma de política queda sujeta al histrionismo de circo de personajes disruptivos, donde lo que impera es la ganancia a ultranza por encima de todos los órganos de equilibrio democrático. Para el “trumpismo”, la democracia es obsoleta y la política convencional un estorbo. La diplomacia en política exterior y, por tanto, los convenios y modales internacionales, así como la civilidad entre adversarios políticos, no sirven sino para demostrar, sin ningún rubor moral, que quien debe ganar la partida utiliza todos los medios posibles, por la buena o por la mala. Ahora se ve que será por lo segundo.

Ya lo dijo Trump, con todas sus letras, en el caso venezolano: queremos el petróleo. Por tanto, las guerras pasadas y actuales de los Estados Unidos quedan desnudas de cualquier presunción “democrática”. No hubo “armas de destrucción masiva” en Irak y asesinaron a cientos de miles, población no combatiente en su mayoría. La palabra correcta es asesinato, porque no hubo un conflicto bélico de por medio, sino una serie de sucesos llenos de mentira que validaron, por omisión o complicidad, decenas de países del mundo “desarrollado”.

Porque no se trata de entender esto entre buenos y malos, que es exactamente el maniqueísmo que los Estados Unidos han creado para defender sus guerras: contra los ingleses en el siglo XVIII, los indios de las praderas, los yanquis o confederados, los fascistas, el “comunismo”, las guerrillas, el islam y el “terrorismo”, ahora el narcotráfico (en un país que tiene el mayor y espectacular consumo de drogas del planeta), y un largo e histórico etcétera.

No se trata “estar en contra” de Estados Unidos o estar de lado de los “dictadores”, los malos de la película, sino criticar la ridícula y, al mismo tiempo, pavorosa manera de hacerse el héroe del mundo y condenar absolutamente todo lo que no esté a su favor, en una nación que se autodenomina como ejemplo democrático. La “política del gran garrote”, en toda la extensión del concepto.

Ya lo ha dicho Franklin D. Roosevelt, ese demócrata bonachón, cuando se refería a Anastasio Somoza padre: “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Más claro, ni el agua. Aplica al caso de Venezuela, como ejemplo de que Estados Unidos, con Donald Trump, sigue siendo un Estado canalla y peligroso para el mundo entero.

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