La clase política mexicana: mala administradora y pésima privatizadora

Salinas

 

Por definición, la privatización es un proceso mediante el cual se transfiere la propiedad pública total de un bien público a manos privadas. También existe privatización cuando alguno de los procesos o servicios que otorga el gobierno se concesiona a particulares; tal es el caso del cobro de algunos servicios.

Por ejemplo hablando de agua potable, se puede privatizar la empresa paraestatal o solamente el proceso administrativo de cobrar el servicio.

La propiedad pública de las empresas o de las riquezas nacionales busca sobre todo -a través del control de los precios- que los productos tengan un precio accesible y que todas las capas sociales especialmente las más desprotegidas accedan a alimento, calzado o vestido, entre otras mercancías.

En los procesos privatizadores de todo el mundo se pueden observar claramente dos características; a veces responden a motivos puramente políticos, como cuando se desmantelaron los regímenes comunistas de Europa del este y en otras ocasiones corresponden a un cambio en el modelo económico, este tipo de privatizaciones respondieron a un intento de frenar los susidios, las pérdidas y la corrupción en las empresas paraestatales que provocaron déficit fiscales, inflación y endeudamiento público y que poco a poco dejaron de cumplir la función de controlar el precio.

Así, las paraestatales dejaron de cumplir la función para la que fueron creadas, porque el contexto económico cambió, el país se abrió al exterior y la competencia con la entrada de productos extranjeros más baratos y por lo tanto; la planta industrial debía de hacerse eficiente y competitiva.

Cuando a finales de los años 80s y 90s del siglo pasado comienza la ola privatizadora en México y Latinoamérica, se pensaba que si las empresas paraestatales se vendían y eran manejadas por el sector privado, estas serían más eficientes y el gobierno se concentraría exclusivamente en la atención de las cuestiones sociales como la salud, la educación y sería promotor de inversiones con el desarrollo de infraestructura.

Famosa es la anécdota de Jesús Silva-Herzog Flores que al retratar el nivel de la intervención del estado en la economía, comentaba que el gobierno mexicano era propietario de un cabaret, que seguramente era el único negocio de su tipo en el mundo que perdía dinero en lugar de ganarlo.

Esta anécdota ilustra claramente que si bien el contexto económico cambió, nuestra clase política nunca ha sido buena administradora y al contrario, ha derrochado los recursos presupuestales y las ganancias. Por ello nuestras industrias nunca fueron eficientes y productivas.

Por eso si privatizábamos, la venta de los activos cambiarían las pérdidas por la venta de las paraestatales al mayor precio posible, lo que engrosaría las arcas federales y además cada año entrarían recursos frescos al gobierno vía ingresos fiscales.

A la mala administración y la venta de las industrias nacionales de esos años no le siguieron recursos frescos ni nuevos ingresos fiscales, los primeros nunca se aclararon porque no existía la cultura de la transparencia y los segundos seguramente se difuminaron en la enorme lista de excepciones fiscales que el gobierno otorga a las grandes empresas para exentar impuestos, condonar recargas o incluso la devolución de las cargas impositivas.

Fue en la década de 1980 bajo los liderazgos de Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos que la privatización cobró impulso en todo el mundo . Thatcher privatizó una tras otra a British Airways,  la petrolera estatal, la productora de acero, los correos y las compañías operadoras del agua potable que eran empresas paraestatales regionales.

Pero en realidad fue en Chile en 1974, bajo el régimen de Augusto Pinochet que comienzan las primeras privatizaciones modernas. Milton Friedman, el llamado padre del neoliberalismo y la libertad económica solo necesitó una entrevista de 45 minutos con el general Pinochet y una carta de ocho puntos, para que los procesos privatizadores y la retirada del estado como empresario se comenzara a dar en América Latina.

En México, en 1991 una de las empresas emblemáticas fue privatizada y se dijo que se hacía porque no era rentable, porque estaba rezagada tecnológicamente y que si se privatizaba bajarían los costos al consumidor y mejoraría el servicio.

En realidad lo que la privatización de TELMEX hizo fue gestar al hombre más rico del mundo; Carlos Slim, a una empresa monopólica y a un país con unas tarifas de las más altas del mundo por lo hablar del pésimo servicio que la compañía presta a sus usuarios y de la indiferencia de la compañía privada a llevar su señal a las zonas rurales más apartadas del país.

Pero si el caso de TELMEX produjo un multimillonario, la Banca mexicana y su historia privatizadora es increíble; el sistema de pagos nacionales sufrió en solo diez años (1982-1992) una nacionalización, una privatización, un rescate a través del FOBAPROA y finalmente es como la conocemos hoy; es decir está casi totalmente en manos de inversionistas extranjeros.

Otro caso emblemático es la televisión mexicana, IMEVISIÓN se convirtió en TV Azteca y con ello prácticamente el entretenimiento mexicano se convirtió en un duopolio televisivo que orienta sus tentáculos hacia distintas áreas de la economía nacional. El dueño es miembro asiduo de la lista Forbes y se dice que mantiene grandes inversiones en Chiapas.

Sin embargo, la joya de la corona; ese objeto del deseo de los grandes inversionistas internaciones y de otros gobiernos, especialmente el norteamericano siempre fue PEMEX. Carlos Salinas de Gortari solo la dividió en cuatro grandes áreas: exploración, refinación, producción y petroquímica; a más no llegó y hoy con la reforma petrolera es casi un hecho que la propiedad de la nación sobre los hidrocarburo es simple historia.

Volvimos a tropezar con la misma piedra de las privatizaciones o nada nos han enseñado los años, siempre caemos en los mismos errores, parafraseando dos canciones populares muy conocidas. Y lo volvimos a hacer porque la propiedad privada de los bienes nacionales solo beneficiaron a los dueños y no a la sociedad. Nunca hemos visto que las tarifas telefónicas bajen y nunca veremos que la gasolina no tenga precios a la alza ni que el servicio de luz eléctrica baje.

Con la peculiar historia del sistema de pagos mexicano (la banca) no hemos visto incrementar los microcréditos o el apoyo con créditos al campo por ejemplo.

Nada bueno debemos esperar de la reforma energética; a cambio de la creación de nuevos empleos que esta ofrece en teoría, seguramente su efecto negativo será que el costo de la vida se encarecerá.

Nuestra clase política es y seguirá siendo mala privatizadora y pésima administradora. ¿Hasta cuándo soportaremos eso?.

Por lo pronto, yo también opino como Saramago:

“Que se privatice Machu Picchu, que se privatice Chan Chan, que se privatice la Capilla Sixtina, que se privatice el Partenón, que se privatice Nuno Gonçalves, que se privatice la catedral de Chartres, que se privatice el Descendimiento de la cruz de Antonio da Crestalcore, que se privatice el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, que se privatice la cordillera de los Andes, que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo, que se privatice el agua y el aire, que se privatice la justicia y la ley, que se privatice la nube que pasa, que se privatice el sueño, sobre todo si es diurno y con los ojos abiertos. Y, finalmente, para florón y remate de tanto privatizar, privatícense los Estados, entréguese de una vez por todas la explotación a empresas privadas mediante concurso internacional. Ahí se encuentra la salvación del mundo… Y, metidos en esto, que se privatice también a la puta que los parió a todos”

Twitter: @GerardoCoutino

Correo: geracouti@hotmail.com

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