Salsita verde

Cuento

SALSA VERDELlegó guapísima, veinte minutos tarde. Y no es que se hubiera planchado su negrísimo pelo. Así era, lacia, cabellos finitos como su cuerpo. Era sábado.

Toc toc.

Ay, perdón, dijo Esteban, todavía sin camisa, fingiendo que acababa de despertar. Soltó un bostezo largo y una risita.En verdad que me da mucha pena. Anoche me quedé hasta muy tarde leyendo. ¡Pero pasa, Elena, ahorita preparo el desayuno!

Ay no, qué pena, Esteban. Si quieres vamos a otro lado.

No y no. Te invité a desayunar en mi casa, y aquí nos quedamos.

Te ayudo, dijo ella, pero Esteban la puso cómoda y le prestó un libro de seres mitológicos. Luego puso tortillas en el comal. Ya tenía listos los dos quesos: el fresco y el seco. El secreto estaba en la combinación. Y mientras se doraban las quesadillas (también les untó un poquitito de grasa) preparó la salsa.

+Tomates verdes
+Chilito de Simojovel (no debe ser otro)
+Cebolla y cilantro.
+Sal al gusto.

Los tomates se ponen con muy poquita agua en un pocillo, junto con los chiles (un puñito). Se tapa y se deja cocer sólo un poco, que apenas cambien el color. El cilantro ya estaba desinfectado. Mientras se cocían los tomates verdes Esteban picó cebolla y cilantro. Luego licuó chiles y tomates con ni tan mucha ni tan poquita sal, y puso todo en un traste de plástico rojo y una cuchara de madera.

¿En verdad no quieres que te ayude? Pues… bueno, sí. Pon dos platos y dos vasos en la mesa.

Mientras preparaba jugo de zanahorias (que también ya tenía cortadas) con apio y un chorrito de limón, las quesadillas se iban poniendo a punto de crujido, tres para cada uno. Esteban se sirvió café. Luego abrió su quedadilla, le puso la salsa, bastante. Y mordió. Elena sintió el crujido al morder la suya. La combinación de sabores le hizo primero abrir grandes los ojos y luego cerrarlos para concentrarse mejor. ¡Es una delicia!, dijo.

Esteban sonrió fingiendo que era cosa de la cotidianidad, que en su casa así era todo: sabroso como sus quesadillas. Elena comenzó a verlo más guapo, más interesante. Y se imaginó que era un experto en la cocina. Pero no. Esteban sólo comía y cenaba quesadillas. Lo supo Elena cuando decidió irse vivir con él, tres meses más tarde.

Por tu salsa te perdono todo, Esteban. ¡Créeme que es la mejor herencia de tu madre! Olvídate que tus hermanos se hayan quedado con el ranchito. Esta salsa vale más que eso. ¿Me estás oyendo? Vamos a poner un puesto, aquí en el cuarto que da a la calle, y venderemos sopes, huaraches, quesadillas, lo que sea. Cuando sientan el sabor de la salsita, mmh, se enamorarán de nuestra comida como yo me enamoré de ti.

Esteban siguió dibujando

El negocio se llamará “El anzuelo”. ¿Y por qué el anzuelo, señito? Ah, ellos mismos lo irán descubriendo. Dices que quieres ser artista, que quieres renunciar al trabajo del Municipio. ¡Pues ya está! Y vamos a envasar la salsa y te juro que hasta será de exportación. ¿Le entras o no le entras?

¡Ni me estás oyendo pinche Esteban!

¡Claro que sí, y sí que lentro!

Elena se lanzó hacia Esteban, lo tumbó sobre la madera del piso y se dieron un beso casi casi más sabroso que su salsa de tomate verde.

Tocaron la puerta. Era Elena, que llegaba a desayunar con veinte minutos de retraso.

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