Uber, Rappi, DiDi, Airbnb: ¿Somos realmente dueños de nuestro trabajo?

Uber
Foto: Cortesía

Las economías colaborativas toman lo que no es suyo y lo usan para producir plusvalía… lo hacen sin poseer la propiedad del capital fijo del que se sirven, ni mucho menos de la fuerza de trabajo, a la que ellas, las plataformas, eufemísticamente llaman “socios conductores” o “socios repartidores”

Por Fernando Aguilar en La Verdad

Preocupado por una crisis de liquidez en mis finanzas personales, en mi época de estudiante de maestría de tiempo completo trabajé como repartidor de comida a través de una plataforma tecnológica. En graves aprietos financieros por culpa de mi mala administración, la falta de dinero en verdad llegaba a ser un problema. Por eso, en un mar de deudas y seducido por la atractiva posibilidad de aumentar mis ingresos estableciendo mis propios horarios de trabajo, me puse a disposición de Uber Eats.

Durante tres o cuatro meses me conecté a esta aplicación para recoger los pedidos de muchas personas y llevárselas a sus hogares en mi automóvil particular.

Era un trabajo bastante duro, sin duda. Un trabajo riesgoso y, además, inseguro, en el más amplio sentido de la palabra. No solo en lo referente a mi integridad física, potencialmente lesionada ante la ausencia de prestaciones laborales y seguridad social tradicionales. También era el origen de una creciente inseguridad patrimonial, dado que era yo quien debía asumir los costos del desgaste prematuro de mi vehículo.

Esto que cuento sucedió hace tres años, cuando ni lejos veíamos una pandemia avecinarse.

Hoy, en el contexto de esta nueva normalidad a la que nos hemos tenido que acostumbrar, en un momento en el que sin duda hubo quienes perdieron sus fuentes de ingreso, en tiempos en los que estamos acostumbrados a pedir comida a domicilio, es urgente reflexionar sobre este asunto.

Propongo hacerlo desde la perspectiva de la precarización del trabajo a la luz de las economías colaborativas, ese interesante objeto de estudio social mediante el cual nuestro trabajo se desarrolla en condiciones cada vez menos dignas para nuestra supervivencia.

Uber, DiDi, Airbnb, Rappi e InDriver son aplicaciones móviles que facilitan nuestras tareas cotidianas. Nos permiten pedir comida a domicilio, hacer las compras de la semana y encontrar un medio de transporte prácticamente en el momento en que lo necesitamos. Además, desde luego, ofrecen ingresos para quien tiene un automóvil, una bicicleta, una vivienda.

Sin embargo, hay que concebir a estas y otras plataformas como lo que son: un producto del capitalismo en su fase neoliberal. Aunque se llamen economías colaborativas y este nombre haga alusión a la cooperación, la colaboración y la sinergia, no debemos olvidar que brindan el mayor de los beneficios sólo a las empresas propietarias. Y, desde luego, lo hacen pisoteando toda la superestructura jurídica que protege a los trabajadores en un régimen asalariado, bajo el disfraz de la supuesta innovación empresarial que busca, por supuesto, reducir costos al máximo.

Hay valiosos estudios que nos pueden ilustrar sobre cómo actividades materialmente tan sencillas como entregar comida o llevar a una persona a su destino se pueden llegar a convertir en la antítesis del trabajo. En el debate académico, uno de ellos es el de Dinego (2020), quien sostiene atinadamente la siguiente explicación que me gustaría reproducir textualmente por su gran valor para ilustrar mi argumento:

“La evidencia constata que la actividad en estas plataformas califica como trabajo en condiciones atípicas, con estándares informales, inestabilidad laboral, sin salario fijo, con controles y valoraciones que la propia plataforma establece de manera unilateral” (Dinego, 2020, p. 71).

¿Qué es lo que hacen las aplicaciones móviles con nuestro trabajo, esa actividad humana que, para muchos, “dignifica” a las personas? En pocas palabras: nos lo expropian con todo y nuestros medios de vida.

¡Sí! Desde una perspectiva marxista diríamos que las economías colaborativas capitalistas lo que hacen es extraer la plusvalía que produce el trabajo de otros, sin la necesidad de poseer la propiedad de ninguno de los medios de producción (el auto, la bicicleta, la fuerza de trabajo) de los que resulta dicho plusvalor.

Sometiéndola a las aplicaciones, de pronto, una habitación de la casa familiar se convierte en una nueva mercancía transitoria bajo el modelo de Airbnb. Un automóvil particular se convierte en el medio de transporte de una persona que busca un viaje en Uber. En otras palabras, las mercancías que previamente pudimos haber adquirido a través del trabajo asalariado convencional, se vuelven a convertir en mercancía en un proceso que teóricos como Farirweather llaman remercantilización.

Resulta sorprendente caer en la cuenta de que las economías colaborativas toman lo que no es suyo y lo usan para producir plusvalía, la máxima del capitalismo por excelencia. Resulta aún más sorprendente reparar en que lo hacen sin poseer la propiedad del capital fijo del que se sirven, ni mucho menos de la fuerza de trabajo, a la que ellas, las plataformas, eufemísticamente llaman “socios conductores” o “socios repartidores”.

Y si bien han podido desplegar relaciones de producción en el sentido clásico del trabajo asalariado al operar, por ejemplo, sus respectivos centros de asistencia telefónica, la principal extracción de plusvalía ocurre en el aprovechamiento de los medios de vida de las personas que buscan ingresos a través de una aplicación, tal como el teórico Fairweather sostiene.

Desde esta perspectiva, es evidente que el capitalismo establece nuevas formas de relaciones de producción en el marco de un trabajo no asalariado, un trabajo en condiciones de supuesta libertad. Una libertad que, por supuesto, consiste en la libertad para poder remercantilizar los medios de subsistencia y la fuerza de trabajo a la hora en que el trabajador –por recomendación de la plataforma basándose en la demanda de los servicios– así lo decida.

Estas son las nuevas condiciones de explotación laboral. Si antes, en la época de Marx, podían identificarse en las grandes fábricas que eran el escenario de las tensiones entre los propietarios de los medios de producción y los trabajadores asalariados, hoy también están a pocos toques de las pantallas de nuestros teléfonos.

Con el surgimiento de este tipo de capitalismo, el de las economías colaborativas contextualizadas en el proyecto neoliberal, la explotación se ha trasladado hacia nuevos ámbitos, pero, en esencia, bajo la misma lógica.

Somos testigos de cómo el capitalismo se reinventa continuamente con el perfeccionamiento de la tecnología, de cómo el capitalista ya no necesita poseer la propiedad de las fuerzas productivas que le hacen posible producir.

Es sin duda una reflexión de carácter urgente; más con la creciente popularidad de los ingresos por ‘apps’.

***

Fernando Aguilar. Periodista con estudios de posgrado en Planificación y Desarrollo Urbano. Actual estudiante de sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México. En el presente se dedica al análisis de información socioterritorial y cualitativa, trinchera desde la cual defiende el derecho a la Ciudad y pugna por una movilidad urbana más sustentable y equitativa.

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