La «corte» de los funcionarios públicos

ADULADORES

“La primera opinión que se tiene del juicio de un príncipe se funda en los hombres que lo rodean: si son capaces y fieles, podrá reputárselo por sabio, pues supo hallarlos capaces y mantenerlos fieles; pero cuando no lo son, no podrá considerarse prudente a un príncipe que el primer error que comete lo comete en esta elección”.

Nicolás Maquiavelo

“¡Hola! Amiga, ¿cómo estás? ¿si te acuerdas de mí, verdad?” me dijo mi interlocutor mientras yo estaba sentada en la sala de espera de una oficina de gobierno del estado para una entrevista.

El sujeto se dirigía a mí con mucha confianza, me decía que ahora trabajaba de asesor del director de la dependencia donde estábamos, se desvivía en halagos hacía su jefe. Que si era muy inteligente, humano, responsable, que había hecho cambios drásticos y muy buenos en la dependencia. No tardé en reconocer el discurso y la apariencia de la persona con la que hablaba, y no propiamente porque me acordará de él –que si me acordaba-, sino más bien porque sujetos semejantes me he encontrado en diferentes espacios en mis años como periodista.

Estos sujetos –la mayoría son hombres, pero ya también se van incorporando mujeres- son integrantes de “la corte” de algunos funcionarios públicos, que gustan que les carguen maletín, les abran la puerta y los colmen de halagos simples.

Mi experiencia en esa oficina no terminó ahí. Entré a una oficina en donde fueron llegando los encargados de cada área de la dependencia, todos con el mismo discurso que la primera persona que me atendió. Parecía que a todos les habían dado el mismo guion, que estaban cortados con la misma tijera.

Este tipo de personas me irritan sobre manera. No es por su falta de criterio, ni porque terminan siendo una especie de esnob de lo más chocante, sino porque al final del día son con ellas con las que más tiene que tratar la ciudadanía.

No se asumen como funcionarios públicos, sino como integrantes de una “corte” en donde su jefe en turno es el rey a quien hay que complacer. Esas personas se definen por tratar muy bien a quienes piensan que están arriba de ellas, pero muy mal a quienes –según su cabeza- están por debajo.

Creen que hacer bien su trabajo es adular a su jefe y no cumplir con la tarea que se le ha encomendado.

“(..) Los aduladores, que abundan en todas las cortes. Porque los hombres se complacen tanto en sus propias obras, de tal modo se engañan, que no atinan a defenderse de aquella calamidad; y cuando quieren defenderse, se exponen al peligro de hacerse despreciables. Pues no hay otra manera de evitar la adulación que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad (…).  Un príncipe debe rodearse de los hombres de buen juicio de su Estado, únicos a los que dará libertad para decirle la verdad, aunque en las cosas sobre las cuales sean interrogados y sólo en ellas. Pero debe interrogarlos sobre todos los tópicos, escuchar sus opiniones con paciencia y después resolver por sí y a su albedrío. Y con estos consejeros comportarse de tal manera que nadie ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente hable”.

Nicolás Maquiavelo

La actitud de esta clase de funcionarios públicos que rodean a quienes gobiernan u ostentan un cargo de dirección en el servicio público, no solo los define a ellos mismos, sino también a sus jefes.

Hace algunos años un secretario de la actual administración, en ese entonces ocupaba otro cargo, me dijo  que él tenía a una de estas personas solo para regañarlo, me lo dijo sin ningún tipo de miramiento. “A él lo tengo para echarle la culpa de todo lo que sale mal o no quiero atender. Cuando no quiero recibir a alguien y después me lo encuentro le digo que este no me pasó el recado y hasta lo regaño, pero pregúntale cuánto gana, cómo es que se pagan esas regañadas” me dijo.

La confesión me hacía sentir incómoda y se lo hice saber, pero él jamás se dio por enterado que era infame e inmoral el uso de esa práctica y que además me la compartiera con todo descaro.

Para los directores, secretarios, gobernadores (…) es muy cómodo tener personas así a su alrededor: que no les discuten, que solo son sus eternos aplaudidores. Sus asesores tienen más alma de “animadores” que de personas de Estado, que les ayudan a tomar mejores decisiones.

Hay algunos funcionarios y funcionarias que parecieran temer a contratar a personas inteligentes y más conocedoras que ellos o ellas en el tema; que les hagan ver sus errores, que les marquen otro camino o les ayuden a caminarlo mejor.

Su grado de inseguridad, inmadurez y poca capacidad de estar en el cargo que ostentan se puede medir en el número de personas que tienen solo para alabarlas. Lo peor de todo es que esta práctica tan común quien más la sufre es la ciudadanía.

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