Libros infantiles para todo público

LIBROS INFANTILES

No somos pocos quienes llegamos a los libros infantiles en una edad en que nuestros padres esperaban que compráramos esos mismos libros para nuestros hijos y no para nuestra lectura personal. En mi caso, títulos como Cuánto cuenta un elefante o La peor señora del mundo aparecieron como una suerte de epifanía en la que descubrí una literatura capaz de decir cosas profundas de las maneras más sencillas y entretenidas posibles. Y si bien mi propia infancia también fue rica en historias, no puedo negar que ahora siento envidia por los niños de esta generación, para quienes la oferta de libros es amplia, variada y, en no menor medida, altamente transgresora.

1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer es una útil guía para saber qué títulos son indispensables en tiempos de los demasiados libros para niños. Preparada por Julia Eccleshare y prologada por el inigualable Quentin Blake, se trata de un trabajo que abarca clásicos y libros recientes, autores de diversos países y tradiciones, seleccionados y descritos por poco más de setenta colaboradores de todo el mundo. Incluye además, una recomendación realizada por algún peso pesado de la literatura, como Margaret Atwood o Philip Pullman, quienes describen su propia experiencia con clásicos de sus respectivos países, como Ana la de las tejas verdes (Canadá) o ¡Abajo el “colejio”! (Reino Unido).

De Julio Verne a René Goscinny, de Las fábulas de Esopo a Una serie de eventos desafortunados, esta guía da muestra del amplísimo territorio de la literatura para niños. No todo son castillos y princesas y encantamientos, ni siquiera cerilleras que mueren de frío y lobos que se trasvisten de abuelas. No todos los animales aparecen para enseñarte una moraleja ni las brujas son absolutamente perversas. En más de un caso podemos encontrar familias en la miseria (Hansel y Gretel), transplantes de órganos (El niño con el corazón de cerdo), señoras maniaco-depresivas (La madre tatuada), hijos con Asperger (El curioso incidente del perro a medianoche). Y también, en más de una ocasión, lo que muestran estos títulos es una suerte de moralidad ambigua, como solo puede presentarse en la infancia: niños a los que no les parece mal echar a un viejo a un río si eso cuenta como una travesura (Max y Moritz), o a quienes les importa poco que sus desagradables tías mueran aplastadas por una fruta descomunal (James y el melocotón gigante). 1001 libros nos permite entender que el universo infantil se ha expandido más de lo que los adultos están preparados a consentir, y que, puestos a evaluar los resultados, ese ensanchamiento ha resultado favorable para eso que llamamos “literatura” a secas. Como bien ha afirmado Julia Sccleshare en su presentación: “Ciertamente, deshacerse de los adultos y [que los niños puedan] valerse por sí mismos es casi un requisito previo en todos los grandes libros infantiles”.

Con 1001 libros, el lector puede tener hallazgos extraordinarios como los títulos para niños de autores a los que difícilmente identificaríamos con esa etiqueta: Antonio Gramsci (El árbol del erizo), T. S. Eliot (El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum), Ian Fleming (Chitty Chitty Bang Bang) o Henning Mankell (El niño que dormía con nieve en la cama), por poner cuatro ejemplos. De igual modo, se trata de un trabajo enciclopédico que busca abarcar todo lo que podemos considerar “literatura infantil” sin limitar la forma en que se presenta (incluye, por ejemplo, Emigrantes, de Shaun Tan, un libro sin palabras; o La invención de Hugo Cabret que combina el cómic silente con la narración tradicional).

Hermosomente diseñado con las ilustraciones originales de cada título, organizado de manera muy práctica por año de aparición y con datos sobre los autores, ilustradores y temáticas, esta guía puede leerse como algo más que un catálogo de compras futuras. Es una lectura gratificante en sí misma, y puede funcionar también como una suerte de historia global de la literatura infantil. Un compendio muy completo que nos permite saber qué ha sucedido con los cuentos para niños desde la última vez que alguien nos contó El soldadito de plomo.

Y como dijo cierto autor: “Libros tan inútiles como los infantiles nos devuelven la pasión primigenia de la literatura: buscar aquello que no nos aburra. Escoger por intuición, por voluntad o por capricho. Elegir por culpa de cualquier detalle, por el título, por las ilustraciones, por lo que sea. Abandonar la lectura al primer cabeceo, retomarla sin obligaciones cualquier día, no hacer resúmenes, no leer biografías de nadie, no atender demasiado a los premios. Aprender más que nada del entusiasmo de los amigos”.

El texto fue retomado del blog del autor Tediósfera

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