Cruces rosas por San Cristóbal de Las Casas

Foto: Agencia

Por Darwin Petate

“…dedico este poema a las de primaria vespertina que reciben declaraciones de amor con faltas de ortografía.

A las que no se atreven a opinar ni a levantar la voz

A las que no pueden estar felices sin el consentimiento del macho.

A las que duermen con sus delantales puestos y piensan en el qué hacer mientras sus maridos eyaculan prematuramente.

A las que se levantan a oscuras en galeras de palma.

A las que tortean en jacales

y manchó de tizne su falda

A los que asolean chilacayote en su tejado y

no tienen sillones.

A las que arrullan a sus hijas en tsotsil y

traen mugre bajo las uñas.” Dedicatorias, Ámbar Past

A la memoria de María Flor Vázquez, niña de 10 años víctima de feminicidio.

 

Aquí en el sur todo es posible. Y los asesinatos son tan comunes en la nota roja que pasan inadvertidos; y eso que usted llama derechos humanos, solo es una joya que presumen entre los dientes, algunos políticos mal cogidos.

Pero he aquí, que hace un tiempo sobre la tierra, han caído muertas palomas blancas y en su lugar, cruces, y más cruces rosas como un calvario inmenso en el amplio y herido corazón de Chiapas.

Tan herido cuando una mañana llorosa las piernitas de María Flor fueron encontradas junto a su cuerpo asesinado. Con sus mechoncitos húmedos, en dos trenzas negras de coralillo carmesí, negras como las manos que la arrojaron desde un carro como un costal de basura; su carita niña bañada con las gotas de rocío matinal que quizá una madre lloraba en algún callejón desesperado.

Esa flor que fue deshojada por diez salvajes que la violaron a siniestra, ya no jugará más con su muñeca Maruch, y no le cantará en lengua como otras niñas tsotsiles de su edad. ¿Los diez años de Flor caben en su sexenio, gober?

Cuando una madre, encontró entre las frías aguas del arroyo, los cabellos de su niña que despidió para irse a la Uni;  esa jovencita, que luchó dientes en furia hasta que unas garras le arrancaron el aliento fresco de sus labios. Ese arroyo, le lavó la sonrisa a la madre y lo único que vivirá en el eco negro de su memoria serán las palabras cínicas del policía:

“Señora, váyase a su casa. Estará con el novio. Usted tiene la culpa. Se perdió con las amigas. Ya no chingue.”

¿Cuántas muertas señor Procurador? Preguntan las hermanas, las tías, las amigas que lloran a deshoras. Pero el señor, no las cuenta, no sabe contar mujeres muertas. Lo único que cuenta son los billetes y billetes en el banco.

Las otras, las que escaparon, las dueñas de conciencia, gritan, y el grito se tatúa en las casonas burguesas de San Cristóbal. San Cristóbal de las Muertas.

Y el olor, las direcciones cambian: Allá, por donde mataron a la última, en el hotel de la asesinada, la calle de la descuartizada, el paso de las violadas, y un manchón de sangre va tiñendo de purpura la bella ciudad que ya no es; la ciudad mutilada agoniza: Por sus cármenes, Viridianas, Margaritas, Violetas, Yolandas, Wendys, ni una más, ni una más, ni una más.

Y las antígonas madres no se mueven, el dolor las petrifica, y las mantiene en el amargo sabor del abandono. Justicia piden las uñas de sus hijas muertas; esas madres huérfanas que seguirán el camino de la justicia mexicana, que quizá nunca llegue, y así, morirán en la lucha porque ahora tienen una llaga en mitad del corazón.

Pero tu muerta, la muerta, sus muertas, nuestras muertas viven, viven en cada una que grita, en las que reclaman y exigen, las borran de los expedientes y viven, las descuartizan pero viven, las tiran desde los puentes pero viven, las vendan y las callan a golpes pero viven porfiadamente porque sus muertes son una piedra de dolor que nos aplasta desde siempre.

marzo del 2013

 

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