Las hojuelas de Ofelia

Por: Ernesto Gómez Pananá

Era una mesa de madera, como de uno cincuenta por uno diez. Yo tendría entonces 9 años y ya la miraba medio vieja, gastada pero muy maciza, de patas firmes como toda ella.

Estaba al fondo de la casa, junto al altar, en un tejado junto al patio y casi siempre pegada a la pared, arrinconada. Llena de vasijas, de ollas, de moldes de latón y trapos de todos tamaños y colores.

Cada año, en diciembre, esa mesa salía de su letargo y se convertía en el centro de actividad de la casa.

Alrededor de ella, un comando de mujeres se distribuía las tareas de romper y batir huevos mientras otras cernían la harina, acarreaban la manteca y azúcar.

Dispuestos los ingredientes en la mesa, vertida la harina en una suerte de volcán, al centro se vaciaban la manteca y el huevo y se mezclaban profusamente unos minutos para luego dejar que reposara.

Mientras todo esto iba teniendo lugar, las participantes platicaban. De la vida, del calor, de los males y los difuntos, de los parientes no vistos y de los recién nacidos. Se bebían pozol o tascalate mientras agarraban aire para dar paso a la tarea central de la jornada: El amasado de la hojuela.

Comandadas por mi abuela Ofelia, los rodillos apaleaban la mezcla. la apretaban, la extendían, la golpeaban con fuerza y repetían docenas de veces la operación hasta lograr la consistencia que Ofelia indicaba.

Mis ojos de 9 años miraban con asombro la violencia con la que mi abuela hacia rodar la masa pegajosa y brillante, cómo la extendía por aquella superficie que parecía campo de batalla, cómo la estiraba y la volvía a compactar para volver a golpearla contra la superficie de la vieja mesa.

Recuerdo ese olor único todo el día llenando no solo el corredor sino la casa entera. Recuerdo la habilidad con la que a aquella masa extendida, ya en su punto, la acribillaba con habilidad Ofelia cuchillo en mano, dibujando rombos de todos tamaños en su superficie delgadísima, translúcida, brillante, con aquel olor característico.

Cada rombo amarillo, hasta juntar varios cientos se iban colocando en otra mesa, sobre mantas, para desecarla un poco y que se friera mejor.

Los nietos nos asomábamos múltiples veces al día, curiosos, expectantes. Deseosos de que el tiempo transcurriera más rápido y se hiciera de noche para hurtar una hojuela y comerla de prisa, a escondidas, sonrientes.

Durante varios de aquellos años, mi papel fue el de abastecedor. Temprano seguro ir por la manteca, dos cuadras al sur, a casa de Doña Adela. Más tarde, con don Rubén a la tiendita o más lejos, junto al Cerrito a una operación más compleja: Conseguir varias cajas grandes para almacenar el producto.

Mientras se cortaban los rombos, se preparaba la estufa. Un par de enormes sartenes de peltre azul hervían la manteca en la aquello que antes fue masa cruda tomaría ese color dorado y esa consistencia crujiente y delicada con la que tantas casas de Tuxtla vivíamos diciembre.

A lo largo del día, en casa sabíamos que aquel era un día especial, que era casi una fiesta. Que al final de la jornada las hojuelas de Ofelia estarían listas

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