La sonrisa que transforma el caos

Tamarindito, virtudes y dolencias.

Por Luis Mario Aguilar Avendaño

26 años de edad, payaso callejero por decisión

Comienza maquillándose fuera de su casa, montones y montones de maquillaje en polvo, mientras se da palmadas en el rostro con una esponja. El viento se lleva el resto y lo esparce por las calles. Usa de espejo la ventana de un “bochito” rojo estacionado frente a su casa. Y mientras se ve en su espejo, sonríe. Sus ojos se hacen chinitos, van haciéndose más pequeños con el maquillaje, y mientras se coloca el rubor en las mejillas dice: Cuando me maquillo siento que me transformo, que me coloco una mascará, y me convierto en un niño, un adolescente. A “Tamarindito”le gusta molestar, él juega con todos. Jorge Luis González Morales, el cual es su nombre de pila, puede “echar desmadre con sus amigos”, pero “Tamarindito”no tiene pena, puede jugar con quien esté cerca “añañaña”.

Termina su diálogo con lo que parece ser una frase característica de su personaje. Esta vez su maquillaje es la cara blanca, rubor color rosado, en los parpados una sombra verde, un poco de naranja, todos colores fosforescentes. Su vestuario, una camisa azul, pantalón de mezclilla, su nariz roja, y perfume. Porque en su concepto, un payaso debe verse chistoso, amable y presentable. Además de hacer labor de payaso callejero, Tamarindito ejerce el oficio del payaso de manera profesional, y acude a cumpleaños, y siempre esta presentable, pues no sabe cuándo podría estar frente a un cliente.

Son las 6 de la tarde y comienza su recorrido, camina despreocupado por las calles saludando a niños, recibiendo sonrisas. Se dirige a un supermercado de autoservicio, uno esperaría que se fuese directo a una parada de colectivo y comenzar a trabajar, pero Tamarindito dice, que, si no molesta cajeras o algo, no está tranquilo.

Camina por el estacionamiento, este tiene la función de un portal, de dejarlo pasar a través de su vida personal, a la vida de Tamarindito Acidito. Sube las escaleras eléctricas de manera peculiar, se acuesta y con una pose “sexy” deja que la escalera lo suba hasta llegar a la entrada, en donde la guardia del supermercado, lo recibe con una sonrisa.

Entre las chicharras de las cajas registradoras, el murmullo de la gente, las bolsas traillándose por que los cerillitos las separan para colocar la despensa en ellas, se escuchan risas entre dientes, las cajeras voltean a verlo y se ríen, el ambiente cambia, gente que espera en la fila escucha que  dice “Como trabajan”, y basta para que las cajeras respondan, y la gente ríe.

En ocasiones Jorge Luis también va al supermercado con su papá, va por la despensa, pero en esas ocasiones es un hombre muy serio, pues al acompañar a su padre, guarda compostura. Las cajeras lo ven, habrá quien lo reconozca sin maquillaje, y solo sonríen con afán de saludo.

En ese momento sale del supermercado, y camina a la parada del colectivo, se coloca los audífonos, y la música que usualmente escucha es Calle 13, Banda y Rock. No pasa mucho tiempo para llegue un colectivero que lo conoce y que lo deja subir a trabajar. Cuando Tamarindito sube la gente tiene una cara de estrés, algunos después de verlo miran hacia la ventana, otros comienzan a reír inmediatamente.

Tamarindito lo hace ver fácil, y el con ojos de añoranza, mirando al cielo y hacia un lado, hace notar que recuerda sus inicios y comenta “No, lo que vivo no es fácil, es costoso, cuesta hacer reír, cuesta a veces dejar tus problemas y dejar todo atrás, hacer reír es lo más difícil, y algo que he aprendido es que una vez que me pongo la máscara, el show debe continuar”.

Al bajar del colectivo, agrega que una de sus tías está gravemente enferma, y que eso lo ha tenido preocupado, por ello, esos días son más difíciles, pues primero tiene que contentar su corazón, para contentar el de los demás.

Sin más, se dirige a saludar a sus amigos, personas que ha conocido haciendo su trabajo, una chica de una estética, que cuando está ocupada, como en esta ocasión, solo saluda desde la ventana. A unos chicos que trabajan en una barbería, y pasa diciéndoles cosas como “A qué hora vas a llegar a la casa gordo”, y ellos responden. El payaso se vuelve un escape para los trabajadores, un respiro, un instante, en donde por un momento pueden sentir que decir una frase, la que sea, no es grosera, no ofende, porque un payaso no se toma nada en serio.

Todo esto mientras espera a otro colectivo, para seguir trabajando. Él formo una ruta en donde puede trabajar, en donde hay bastantes pasajeros para poder sacar la mayor cooperación que pueda. Después de subir al colectivo y hacer su show, llega a una parada en donde se encuentra Claudia, una checadora de colectivos.

Sentada con una lona que la cubre del sol, Claudia dice que hace ya tres meses que conoce a Tamarindito, ella dice que ya hasta lo espera, porque sabe que trabaja todos los días, tiene un horario, y ella responde muy bien ante el trato. En su concepto, Claudia define a Tamarindito como un payaso ridículo, buena onda, en ocasiones hablan de temas personales, ella dice que es muy molestoso, que mientras espera su siguiente ruta, molesta a las escueleras.

Claudia comenta que la trayectoria de Tamarindito es buena, a pesar de que es muy flojo, en cuanto llega con ella, se queda dormido en el piso, en medio de la banqueta, Claudia dice que en ocasiones lo ha tenido que levantar porque llega su ruta y él tiene que seguir trabajando. Claudia mostró otro panorama del payaso, un niño que comienza con mucha energía y que al poco rato ya está cansado y rendido.

En la espera, mientras está sentado molestando a los transeúntes, platica que este oficio si logra solventar su vida, como todo trabajo, tiene que ponerse un horario, y luego de un largo día logra sacar para sus gastos básicos, incluso dice que podría ir de vez en cuando por unos tacos. Y termina diciendo que más que trabajar por dinero, el hace el oficio de payaso, porque le encanta hacer reirá, le encanta conocer personas y platicar con ellas.

Cuando  subió al siguiente colectivo, esta vez conducido por un amigo llamado Ángel, se conocen desde hace 2 años, él es colectivero con más personalidad, después de cada comentario que le hace a Tamarindito, el siempre voltea a verlo y sonríe agregando un “já”. Ángel pudo confirmar que Tamarindito, es conocido como el payaso que se queda dormido en los colectivos, incluso dice que tienen fotos y que se la envían en los grupos de colectiveros, pero también dice que es muy buen payaso, le gusta llevarlo en su colectivo para que le quite el estrés, a veces participa en la rutina y son buenos amigos, porque dice que incluso han “echado la coca juntos”.

La música de Los Ángeles Azules, Caifanes, luces neón dentro del colectivo, y la rutina de Tamarindito nos llevan a otra faceta de su rutina diaria. Eta vez tiene que encontrarse con “Karito con K de kilo” una payasita ex compañera de trabajo.

Karito describe con sus palabras a Tamarindito: es inmaduro, parece niño, es buen amigo, es leal como los perritos, pero también es traicionero como los pitbulls, y no mide las cosas al hablar, lástima a lo “pijijijí”.

Karito no sostenía la mirada, ella tenía la mirada perdida mientras platicaba su percepción de Tamarindito, además que de vez en cuando, luego de algunas frases, le daba una bocanada a su cigarro. Su voz se escuchaba entre quebrada, se podía notar que por estar en personaje se aguantaba un poco de su malestar, entre ellos había mucha tensión, hace un año que se conocen y comenzaron a trabajar, mientras ella habla de eso, Tamarindito dice que es lamentable que se hayan conocido. Sin embargo, se comparten el cigarro, se preguntan de como están.

El motivo de encontrarse es que le debía dinero por un evento que trabajaron juntos, él saca sus monedas, ya las había contado y aparatado, se la entrega, y ella lo mira y le pregunta su esta completo, él dice sí, cuéntalo, y ella simplemente las pone en su bolsa junto a su demás dinero, se despiden con unos cuantos insultos, y Karito simplemente camina sin voltear a verlo, le responde y desaparece en la oscuridad de la noche.

La rutina de Tamarindito termina regresando al mismo supermercado, juega de nuevo con las cajeras, con el guardia de seguridad, pasa por una sobrita, camina ya con gesto cansado, arrastra un poco los pies con los grandes zapatos de payaso que ya le pesan, se sienta en una banca en un parque, se quita la nariz de payaso y dice que ahí es cuando su día a terminado.

Ahora Jorge Luis recupera el control, y reflexiona acerca de sus sueños en la vida. Ahora mismo se encuentra en trámites para entrar a la Prepa abierta, posteriormente tiene el sueño de convertirse en abogado, tener una familia, una casa propia, y ser luchador profesional.

Cajeras, transeúntes, checadores, colectiveros, payasos, guardias, escueleros; ellos son los compañeros de trabajo de Tamarindito, un payaso que deja entre ver que cargar con un oficio no es fácil, ser payaso callejero tiene sus virtudes, y también sus dolencias, todos vemos el maquillaje, lo bonito, lo divertido, pero detrás hay una persona con sueños y aspiraciones, que retrata la vida en una ciudad que es caótica, pero por un momento, se detiene para escuchar de un buen chiste y reír de sus propias desgracias, porque así es el pueblo Tuxtleco.

 

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