Casarme sin ser Tita

Celebración
Foto: Erika Valdez

#Deunaauno

Por Erika Valdes

Edición: Andrés Domínguez

Cómo agua para chocolate de Laura Esquivel relata la vida de Tita y su familia. Ella como la hija menor, tenía prohibido casarse pues su deber era cuidar hasta sus últimos momentos a su mamá. Entre recetas familiares, Laura nos cuenta como la vida de Tita va transformándose, al enamorarse de Pedro con quién le prohíben casarse y a cambio lo casan con su hermana mayor Rosaura; todo esto en el contexto del México revolucionario.

Nunca me fijé en el protocolo de las bodas de mis primas mayores cuando yo era niña, lo único que me importaba (y recuerdo) es una estructura de metal donde ponían pasteles individuales, que formaba una especie de marco y los novios se fotografiaban al final de la ceremonia a manera de recuerdo. Y como esos pasteles estaban durante toda la fiesta y eran partidos hasta el otro día (justo cuando yo ya me había dormido o no estaba en la fiesta). Pasteles que eran de pan de vainilla con relleno de mermelada de fresa. Decorado con un betún de claras de huevo «levantadas» a punto de turrón.

Se ponen los chabacanos al fuego con muy poca agua, se dejan hervir y se pasan por un cedazo o tamiz; si no se tiene se puede usar una vulgar coladera. Se pone esta pasta en una cacerola, se le agrega el azúcar y se pone al fuego sin dejar de moverla hasta que toma punto de mermelada. Se retira del fuego y se deja enfriar un poco antes de ponerla en la parte de en medio de pastel… Fragmento de Como Agua para Chocolate.

Fue hasta el 2010 cuando familiares de mi abuela nos invitaron a su boda en Benito Juárez, Villaflores.

Cuando llegamos a la casa del novio, dónde nos hospedamos mi mamá y yo, había un grupo de mujeres corriendo por todo el patio con charolas, ingredientes, «cochiteros» (que para el que no vive en Chiapas son cacerolas de barro dónde horneamos la mayoría de las comidas en horno de piedra). No eran ni las 2 de la tarde, la boda era a las 5 pm y habían ollas que esperaban su turno para entrar al horno y terminar su cocción. Mi abuela dirigía (como siempre) la preparación de todo el menú que consistía en rollos de carne molida de res, espagueti con salsa de tomate picoso (un toque de crema y salsa de chile de árbol), piernas y alas de pollo horneado y una variedad de botanas muy chiapanecas: ensalada de novia, que consiste en pollo deshebrado con verduras bañados en una crema que puede ser mayonesa o media crema que le da el color por el cual se le compara al vestido de la novia. Tinga de pollo y rajas con crema.

Yo sabía que nada más al llegar, mi abuela me pondría a «trajinar» porque si bien éramos invitadas, sabíamos que ella poco le importaba eso e igual nos pondría a cocinar como en todas las fiestas donde se cocinaba para todos.

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Ya no le molestó para nada ver cómo Pedro y Rosaura iban de mesa en mesa brindando con los invitados, ni verlos bailar el vals, ni verlos más tarde partir el pastel…

Después de terminar con el menú, nos arreglamos para la fiesta, en nuestro entender solo era dirigirnos al salón; pero el protocolo tradicional marcaba otra cosa:

Primero los padres del novio lo tomaban del brazo para salir de su casa.

Mientras la «banda», compuesta por una tambora, unos platillos y una trompeta empezaba a sonar con ritmo de fiesta.

Al mismo tiempo dos hombres (conocidos del novio) lanzaban cuetes, avisando que el novio estaba saliendo de su casa.

Habíamos caminado tan solo unos cuantos pasos sobre la calle cuando escuchamos «otros» cuetes. La familia de la novia lanzaba también los suyos para avisar que ya estaba lista.

En una mini procesión del brazo de mi abuela, con los padres y el novio a la cabeza caminamos unas cuantas cuadras, grandes (de pueblo como decimos cuando son muy largas) Y llegamos a la casa de los padrinos de bautizo del novio. Ahí nos esperaban con cervezas y tequila, brindamos y se tomaron algunas fotos.  La música nunca paró desde que salimos y a cada cierto tiempo seguían lanzando cuetes de parte del novio y desde la casa de la novia.

Esa novia está muy desesperada escucha como lanzan cuetes de que ya quiere que lleguen por ella» comentó alguien de la familia.  Al parecer los «cuetes» aparte de anunciar que la boda esta por iniciar, es un medio de comunicación entre los novios: «ya estoy lista, arreglada, apresúrate a venir» de parte de ella.

«Ya vamos en camino» de parte de él.

Después del brindis y ya con los padrinos incluidos en la procesión salimos camino a casa de la novia.

Tocaron a la puerta con toda la alegría que llevaba la música y los cuetes.  Los padres son quiénes hablan y la novia vestida de blanco sale de la puerta principal del que hasta ese momento fue su hogar.

El padre de la novia la entrega al novio y se forma una nueva procesión rumbo al lugar de la fiesta donde los demás invitados (que se podría decir no son familia tan cercana) los esperan.

Al inicio de esta nueva fila se colocaron unas jovencitas con vestidos del mismo color: las damas. Anteriormente la novia avisaba a las conocidas (a veces eran primas o amigas de la familia) que estuvieran solteras y en edad casadera para ser sus acompañantes. Era una manera de que otros jóvenes supieran quienes podrían ser sus prospectos a esposas. Después de muchos años la tradición mutó a solo invitar a amigas o primas de la novia sin importar que quisieran casarse pronto. El único requisito es estar soltera.

Después de este grupo de damas formadas en dos filas paralelas, se formaron al centro los novios y sus padrinos a los lados.

Atrás los padres de los novios, abuelos y tíos  muy cercanos.

Y al final la banda y los encargados de los fuegos artificiales.

Y así, al fin llegamos al salón donde ya había un grupo musical, sirvieron la comida, la bebida y bailamos hasta casi la madrugada.

Al otro día, nos despertamos casi a las 11 am, el desayuno/comida estaba listo: se habían preparado ollas de caldo de pollo de rancho para descrudar. En casa de los papás del novio se recibió a los consuegros y padrinos para la famosa «tornaboda»; dónde en un ambiente más íntimo se celebra y se descansa de lo que fue la fiesta el día anterior.

Y todo eso fue nuevo para mí, me sorprendió como la tradición se mantiene pese al tiempo. Hoy escribo estas líneas pensando en la comida de mi abuela, porque era su sazón lo que hizo especial el menú de esta fiesta, y de muchas otras.

El arte de cocinar y combinar recuerdos familiares es infinito, Laura Esquivel nos contó una historia maravillosa a partir de recuerdos familiares que incluían olores y sabores.

¿Qué olor nos transporta a un momento especial?

¿Qué sabor puede activar una imagen, sacar una sonrisa o una lágrima?

Mi «abu» tal vez no dirigió la cocina para mi boda, pero cocinar sus recetas con todo y los secretos que me compartió hacen que ella siga presente con nosotros aunque partió de este plano hace unos años.

Y vaya que los mejores nuegaditos chiapanecos bañados con miel de panela eran los que ella preparaba en casa.

Pero yo a diferencia de Laura Esquivel, nunca publicaría estás recetas.

 

Libro sugerido

COMO AGUA PARA CHOCOLATE

Laura Esquivel

$272.00

Para conocer más de nuestra gastronomía chiapaneca:

SABORES Y SABERES DE LOS ZOQUES EN TUXTLA GUTIERREZ  editado por UNICACH.

$200.00

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