Ecologismo: Urgente, sí; bien meditado… Quizás no (II)

Si bien no fue tratado explícitamente en el presente texto ni el anterior; el uso y conocimiento tradicional que tenemos de nuestra riqueza biológica, es también información de vale la pena documentar, rescatar y practicar. Quizás muchos ya no lo sepan, pero estos hongos, tentativamente identificados como Pleurotus djamor y que localmente suele ser llamado «Moní» (pariente del Hongo Seta o Pleurotus ostreatus), fueron alimento tradicional de los habitantes de estas regiones durante la época de lluvias, y aún hoy en día, pueden crecer incluso en nuestros jardines. Por desconocimiento y malinchismo, hemos perdido y desperdiciado el conocimiento de nuestros ancestros. © Daniel Pineda Vera.

Por Daniel Pineda Vera de Pájaro Cantil

Por muchísimos medios, hemos estado hablando de una sexta extinción masiva; organizaciones, instituciones y países enteros se han congregado en infinidad de foros, de congresos, simposios, de mesas de trabajo y firmado decenas de tratados y protocolos, según dicen, para llevar a cabo acciones «en pro del medio ambiente». Pero, da la impresión de que tanto papel, tanto discurso, tanto ruido político, de nada sirve, cuando vemos la humareda purgando de vida los cerros, los valles, las pocas selvas y bosques que aún nos quedan y que otrora, albergaran vida, vida hoy en día chamuscada por la miopía y egoísmo de unos cuantos, ignorantes quizás, ayudados por la abulia pública y la -sospechosa y quizás turbiamente intencional- pasguatez de instituciones y algunas organizaciones ambientales. 

Y es que el ser humano es un ególatra enfermizo, voluntariamente ignorante y anárquicamente destructivo por naturaleza. Al menos eso, es lo que con muchísimas evidencias han señalado diversos conservacionistas, antropólogos y sociólogos (recomiendo muchísimo leer la obra “Ecocidio”, de Franz Browsimmer, de 2005). Los problemas y desastres ecológicos actuales no son nada nuevos. Al contrario, son crisis que se han repetido una y otra vez a lo largo de la historia y que de hecho, conocemos bastante bien, aunque no desde una perspectiva ambiental. El auge y desaparición de civilizaciones, desde los sumerios de Mesopotamia, a los Mayas y los habitantes de Rapa Niu, mejor conocida como la Isla de Pascua; todos ellos han sido víctimas de su propia miopía y falta de conciencia ambiental. Toda crisis socioeconómica es antecedida por un causante ambiental creado de forma local. Los sumerios, los egipcios, los mayas, y demás, sucumbieron por explotar de forma descontrolada sus tierras, modificando el paisaje y por tanto, las condiciones climáticas, los ciclos biogeoquímicos, y con ello, se pusieron la soga al cuello, para finalmente darse muerte por medio de guerras generadas por esta crisis ambiental (cosa que a la fecha, sigue sucediendo).

Y si en aquellos tiempos la humanidad no se extinguió, fue porque los impactos, a pesar de todo, eran locales. Afectaban solo una región. Sin embargo, hoy en día el impacto, la crisis ecológica actual, es a nivel planetario, no existe país que no esté atravesando una seria problemática ambiental. Y repito, nada de esto es nuevo. Todos los efectos negativos que hoy en día presenciamos, no son más que la consecuencia de todo el daño que hemos hecho desde comienzos del siglo pasado.

Imagen demasiado cruda quizás, pero es la situación real que día a día enfrentan diversos grupos biológicos vulnerables, que a pesar de los múltiples servicios ambientales que generan, siguen siendo víctimas de una persecución causada por el temor, ignorancia, falta de respeto, creencias y vaya, ¡por costumbre! En este caso, una Culebra Negra o Arroyera (Drymarchon melanurus), resultó asesinada, muy a pesar de que es totalmente inofensiva, y se alimenta de roedores (ratas, tuzas, etc.) y hasta de serpientes venenosas, siendo sumamente útil. © Daniel Pineda Vera.

Hace un par de semanas, platicando con un amigo, analizábamos si lo que hacemos, las actividades de sensibilización, la investigación en campo, el desarrollo de proyectos de conservación y demás, realmente servirán de algo. Y aunque suene muy pesimista, me atrevo a decir que aún somos como un grupo de hormigas queriendo detener un camión. Los esfuerzos aún son mínimos y el impacto casi nulo, con muy contados casos de éxito, mismos que podrían ser fácilmente revertidos.

Tendría qué suceder que algún país considerado potencia mundial, con el suficiente poder para movilizar a todo el mundo, entre en una grave y evidente crisis ambiental, y casi por fuerza, obligue a la población mundial a ser “ecológicamente responsable”, y sólo quizás por ese medio, las cosas pudieran cambiar, mientras tanto, aquellos países que dominan actualmente la economía y que por tanto son los que extraen, saquean y explotan las tierras ricas en biodiversidad (como es el caso de Chiapas), seguirán viviendo a costa nuestra, agravando la crisis ecológica que ya estamos viviendo, y tornándose más violenta esta situación. En realidad, sería demasiado tonto no considerar las guerras como una de las más grandes impulsoras del ecocidio. Ese sanguinario juego, que derrocha tantos y tantos millones de dólares anualmente, que inmediatamente aniquila pueblos enteros, y que a la larga, los deja estériles, pues, como bien se demostró con la guerra de Vietnam, las consecuencias de esta cruenta lucha, persisten a la fecha, en un país al que le fueron arrebatados de tajo sus selvas y bosques otrora exuberantes, los mismos ecosistemas que daban sustento a dicha nación.

También hemos de recordar que toda actividad humana, tiene impacto negativo en el medio que nos rodea, y no existe un conservacionista perfecto. Actualmente es imposible ser 100% congruente y ser ecológicamente amigable. Eso es una farsa; lo es desde el momento en que usamos ropa, tenemos un sitio dónde vivir, tenemos un teléfono, medios de transporte y de comunicación. A estas alturas, donde parece no existir vuelta atrás, no estamos en condiciones de ver solamente por aquello que nos dé un beneficio o retribución, y que sólo por eso se considere importante conservarlo. La vida, en sus muchas expresiones, debe respetarse y procurar conservarse, desde los carismáticos osos pandas, ballenas y tortugas, hasta los repudiados reptiles, arácnidos e insectos.

Sin embargo, cada quien desde nuestra trinchera, podemos hacer algo, algo más allá de no usar popotes y sembrar arbolitos anárquicamente. Los invito entonces, a que antes de ejecutar cualquier acción “en pro del medio ambiente”, nos informemos de forma objetiva, abundante y veraz sobre la riqueza biológica que habita en la zona o región a trabajar… Podríamos incluso comenzar con nuestro propio jardín, parque o ciudad. 

Tenemos qué darnos cuenta, de que no existe otro planeta Tierra qué habitar, que al aniquilar los ecosistemas de nuestro planeta, estamos cortando la rama sobre la cual estamos sentados, y estamos muy próximos a caer. Quizás estamos a tiempo de hacer algo, al final de cuentas, somos los diseñadores de nuestro futuro. 

Una forma de conciencia ambiental, sencillamente, es estar consiente de los elementos del medio que nos rodean, y aunque parezca muy sencillo, es impresionante el cómo este tipo de conciencia nos impacta al momento de conocer los riesgos que implica que un parque, nuestra misma casa o colonia o bien, un área natural sea afectada por la actividad humana. © Daniel Pineda Vera.

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