El Último Naturalista del Siglo XX

Miguel Álvarez del Toro, viajando en carreta (Arriaga, 1943).
Cortesia: Yadira Megchún (Archivo Histórico, UNICACH) y de Barbarella Álvarez Pérez (Museo Zoológico «Ing. César Domínguez Flores», ZooMAT)

Por Daniel Pineda Vera.

Un 23 de agosto de 1917, en Colima, México, nacía quien fuera uno de los precursores de la investigación, conservación, divulgación y educación ambiental en Chiapas. Considerado por algunos, como «El último naturalista del Siglo XX». Zoólogo, hábil taxidermista, ilustrador, fotógrafo y relator de la naturaleza, minucioso observador, visionario y curioso (¡entre tantas cosas más!). Así fue Don Miguel Álvarez del Toro.
Algunos quizá supongan, que ya mucho se ha hablado y escrito sobre él, otros quizás apenas y le reconocen como «el señor del ZooMAT», otros tantos, quizás ni siquiera les resulte conocido su nombre, y finalmente, algunos -¿por qué no?- se preguntarían: «¿Por qué hacerle tanta bulla a este señor?».
Más allá del Zoológico Regional que lleva su nombre desde 1982, y el cual es su legado más y mejor conocido -aunque poco comprendido por muchos-, Don Miguel realizó importantísimos aportes a la Zoología (estudio de los animales), con principal enfoque en las aves (considerado incluso, uno de los mejores y más activos ornitólogos mexicanos por varias décadas, especialmente entre 1950 y 1980), reptiles (colaboró con herpetólogos en la descripción de varias especies de lagartijas nuevas para la ciencia, así como aportando registros nuevos para Chiapas y para México), mamíferos (aportó notas de gran relevancia sobre su ecología, comportamiento y distribución) y arañas (con interesantes estudios sobre su reproducción, distribución y riqueza de especies para Chiapas).
Resultado de este incansable trabajo de investigación en las selvas, playas y bosques chiapanecos, publicó, en primera instancia, seis libros monográficos sobre estos grupos, mismos que en su momento han sido editados en repetidas ocasiones (hasta tres ediciones, como en el caso de los reptiles), y que hoy en día son considerados por el público interesado, experto o no, así como coleccionistas, como auténticas reliquias de las Ciencias Naturales en México. Y claro, su valor no sólo reside en el mismo prestigio del autor, sino en la riqueza de su contenido, ya que Don Miguel, tenía la capacidad de transmitir sus conocimientos y experiencias por medio de la palabra escrita, de una forma tan amena e incluso romántica, que logra atrapar al lector, haciéndole de paso, comprender cabalmente los textos. Esto desde luego, refleja el genuino interés y pasión del autor por el estudio y comprensión de la naturaleza, con un claro objetivo: Educar a los chiapanecos, a través del conocimiento, valoración/apreciación y cuidado de sus recursos naturales. Vaya, habiendo tanta riqueza en formas de vida en nuestro maravilloso estado, ¿por qué no voltear los ojos hacia ellas, por qué no darles la prioridad que merecen? Ello lo tenía muy claro Álvarez del Toro, siendo además, que este concepto fue plasmado en el actual ZooMAT y que se consideró vanguardista.

Miguel Álvarez del Toro, junto a enormes plantas de Quequeshté o Xanthosoma sp. (Cintalapa, probablemente 1943).
Cortesia: Yadira Megchún (Archivo Histórico, UNICACH) y de Barbarella Álvarez Pérez (Museo Zoológico «Ing. César Domínguez Flores», ZooMAT)

¿Por qué importar elefantes, tigres y jirafas cuando aquí existen tantas especies animales, las cuales menospreciamos y hasta ignoramos? El mismo Don Miguel comenta en su libro anecdótico «¡Así era Chiapas!», la satisfacción producida en su persona, cuando los visitantes chiapanecos admiraban de cerca especies animales de los que había oído hablar o haber visto en el campo, y aprendían más sobre ellas. Y claro, tiene total sentido, ¿quién en su vida podrá ver un elefante, pingüino, león o cebra en vida libre en los campos chiapanecos? Personalmente coincido en el pensar de que como chiapanecos, tenemos la obligación de conocer nuestra riqueza biológica y cultural, aunque fuese de forma general, pero precisa. Resulta mucho más útil conocer las especies animales o vegetales que en la vida diaria o de manera ocasional, pudiéramos encontrar en la zona en que vivimos, ¿no?
Siendo así, el Zoológico Regional, funge como un centro educativo (de hecho, ese es su verdadero objetivo, y no la errada y burda idea de que es un centro de exhibición nada más), y es oportunamente complementado con las obras publicadas por el mismo Álvarez del Toro y consecuentemente, las publicadas por el extinto Instituto de Historia Natural (IHN). Figuran entonces, libros como «Arañas», «Los Reptiles», «Los Mamíferos», «Las Aves» y «Los Animales Silvestres», de Chiapas, así como «Los Crocodylia de México». Lástima, que como ya anticipaba, se consideran estas, y en general, todas las obras publicadas por Don Miguel, como una reliquia, puesto que en la actualidad -y desde hace ya poco más de una década-, es casi que imposible encontrarlas impresas fácilmente. No han existido ediciones posteriores a su muerte en 1996 (con excepción de «Los Crocodylia de México»). Lamentable situación para el Estado de Chiapas, siendo que sufre de una generalizada y terriblemente preocupante ignorancia sobre buena parte de nuestra biodiversidad. Vaya, las generaciones actuales conocen mejor a un pingüino que a las aves que visitan su jardín (si es que lo tienen, porque el humano de mente equivocada se esmera en cubrir todo de cemento).
Cabe destacar además, uno de los legados más importantes que nos ha dejado Don Miguel, mismo que no sólo es de beneficio para los chiapanecos, sino para buena parte del sur de México y, si se tomase en cuenta sus alcances económicos, se podría decir que para buena parte del país: Las Áreas Naturales Protegidas. Sépase que fue Don Miguel Álvarez del Toro, un promotor y gestor incansable de la protección de determinadas extensiones de tierra que, a su criterio, poseían características peculiares y una elevada riqueza biológica, razón por la cual, comenzó a realizar, junto con sus colaboradores del IHN, las pertinentes labores de gestión y de convencimiento, para que uno de sus sueños -proteger la naturaleza chiapaneca- fuese realidad, al menos parcialmente. ¿Cómo sería Chiapas si esto no hubiese ocurrido? ¿Qué sería de nosotros sin esas áreas naturales, que nos proveen de agua, tierra, regulación del clima, etc.?

Miguel Álvarez del Toro, y sus estudios sobre las Arañas de Chiapas (Tuxtla Gutiérrez, sin fecha).

Ojalá la vida y obra de Álvarez del Toro pueda ser fuente de inspiración a estas nuevas generaciones, ojalá que su legado y enseñanzas no sean olvidadas, como parece que ya muchos lo han hecho, prostituyendo además, mucho de lo que nos dejó. A veces, surge la impresión de existir un espacio en blanco o vacío, en el cual, los chiapanecos y muchos más, han olvidado mucho de lo que el Instituto de Historia Natural y Don Miguel construyeron, e incluso, resulta risible, que algunas estrategias y medios y herramientas para la educación ambiental y divulgación de la ciencia que hoy en día parecieran novedosos (y hasta se venden como tal), hayan sido iniciados por el mismo IHN hace ya varias décadas (iniciativas extintas desde luego, en la primera década de éste siglo).
Don Miguel, célebre persona, que a criterio del autor de estos párrafos, era un niñote, pues jamás perdió la curiosidad, interés y pasión por la naturaleza, que desde pequeño le caracterizó, cosa que, por cuenta propia o «las cosas de la vida», muchos perdemos mientras nos desarrollamos, hundiéndonos en la monotonía urbana, la abrumadora cotidianidad y el asqueroso trámite y la burda vanidad y amarillismo mediático.
A Don Miguel, ¡muchas, muchas gracias!

Miguel Álvarez del Toro en su campamento en la Selva «El Ocote» (Ocozocoautla, probablemente 1945).
Cortesia: Yadira Megchún (Archivo Histórico, UNICACH) y de Barbarella Álvarez Pérez (Museo Zoológico «Ing. César Domínguez Flores», ZooMAT)

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