Hábitos de consumo alimentario, dentro del poder, diversidad cultural y desigualdades en las regiones indígenas de Chiapas

Sopa de Fiesta, tradicional comida de la zona Zoque, una deliciosa combinación de sabores. Cortesía: Turismo Chiapas.

A partir de lo que se come, los individuos se construyen a sí mismos y a los otros, desde este contexto los investigadores abordaron concepciones a la elaboración y consumo de los alimentos en relación con lo que significa la comida y su asociación con lo social, estigmatización, conflictos, conformación y confrontación de identidades.


Marina Alonso Bolaños, Javier Gutiérrez Sánchez y Rosalba Tadeo Castro del Instituto Nacional De Antropología E Historia y, Fermín Ledesma Domínguez de la Universidad Autónoma Metropolitana, realizaron una investigación denominado “Etnografía de los procesos alimentarios y el poder en regiones indígenas de Chiapas” , con el objetivo de aportar conocimiento de los procesos alimentarios en distintas regiones tsotsiles, tseltales, zoques y ch’oles del Estado en el contexto de la diversidad cultural y las relaciones de poder.

Los investigadores, demuestra que la comida, en hecho social dinámico, es un campo observable, expresa distintas escalas y niveles del poder social y político entre el Estado, el sistema de mercado, la sociedad nacional y los pueblos indígenas, al interior de estos últimos en ámbitos regionales y locales específicos.

Alonso Bolaños, Gutiérrez Sánchez, Toledo Castro y Ledesma Domínguez, plantean la categoría antropológica de “control” para explicar lo alimentario en lo que concierne a la experiencia social de la elaboración de la comida y su consumo.

Los autores contextualizan en que, el acto alimentario como hecho social total puede ser pensado como un valor o visto como un acto de poder, lo que permite ver su sentido político, más allá de ser un eje de la vida de los pueblos indígenas, constituye un campo privilegiado para observar las relaciones de poder entre el Estado, la sociedad nacional y los pueblos indígenas, en ámbitos regionales o locales.

“De hecho, es en la práctica alimentaria que distintos niveles y grupos de poder definen el acceso o ‘apropiación diferenciada’ de los alimentos y determinan, en cierta medida, los gustos y preferencias por ciertas comidas sobre otras estigmatizando aquellas que consumen otros sectores de su sociedad o bien rechazando las prácticas alimentarias de sus alteridades étnicas”, exponen los autores.

Alonso Bolaños, Gutiérrez Sánchez, Toledo Castro y Ledesma Domínguez, acentúan que en su trabajo de investigación posibilita observar la manera en que se pronuncian los grupos sociales y sus espacios, así como la idea que tienen los sujetos acerca de que la comida determina la salud, enfermedad y configura el cuerpo de los individuos.

Los investigadores, mencionan que La etnografía, refleja temporalidad y espacialidad para la reflexión etnológica en localidades de las regiones: zoques de la depresión central y las estribaciones del volcán El Chichonal, tseltales y tsotsiles de Los Altos, ch’oles del norte y ch’oles, tzeltales y zoques de la selva lacandona, así como mames, mochós y cackchiqueles de la Sierra Madre.

De esta manera, añaden que los datos son de gran alcance pues la etnografía refleja, aspectos observados por el equipo de investigación en distintas localidades, esto posibilita la comprensión de grandes procesos concernientes a lo alimentario.

En términos generales, puntualizan que la etnografía se desarrolló en estancias de investigación para la realización de observaciones y entrevistas a diversos sujetos, entre ellos, padres y madres de familia, jóvenes agricultores y campesinos, y autoridades locales.

Los autores, narran que los hábitos alimentarios de las poblaciones indígenas de Chiapas cambiaron a partir de los años setenta y ochenta debido al proyecto neoliberal y los sistemas de mercado, el primero corresponde a los patrones de alimentación de las sociedades modernas donde la alimentación está sujeta a la práctica que prioriza la rapidez y la corta duración, como parámetros que regulan mayor producción en el menor tiempo posible.

Sin embargo, añaden que investigaciones han dominado el análisis de las lógicas del capitalismo y sus discursos para enmarcar los mercados, el manejo del tiempo para la rentabilidad de la tierra y la producción de alimentos, la formulación de regiones productivas y su contraste con el impacto y, las respuestas locales.

Debido a lo anterior, explican que lejos de considerar la diversidad como resultado de algo distinto, deberían enfocarse en las desigualdades, a su vez, contextualizan lo relacionado con “lo indígena” y lo que no es, por el otro, la dimensión de lo rural ante lo urbano.

Con base a lo anterior, exponen que las relaciones de poder son relativas pues dependen de los contextos en los cuales se enuncian, para ello, relataron la preocupación por la calidad de los alimentos, así como su peligrosidad en términos de los propios actores sociales.

Los investigadores, dicen que tiene que ver con la noción de los programas gubernamentales en pro de la alimentación del entonces presidente Enrique Peña Nieto, estos partieron en torno a lo indígena, con explicaciones que también fueron manejadas en el campo educativo.

“Dichos argumentos partían de que las poblaciones indígenas eran ignorantes, antihigiénicas y que su alimentación diaria estaba desbalanceada. Estamos ante la configuración de una identidad estigmatizada que históricamente ha ubicado a los indígenas en una posición subordinada, a la cual se suma una condición de vulnerabilidad debido a la pobreza y marginación”, mencionan los investigadores.

Ante ese contexto, Alonso Bolaños, Gutiérrez Sánchez, Toledo Castro y Ledesma Domínguez, dicen que la política pública alimentaria tuvo como propósito impulsar lo que concebían como seguridad de las poblaciones rurales, mediante el consumo de alimentos procesados por las agroindustrias, a la vez que restringió, mediante reglas que simulaban ser comunitarias, el consumo de alimentos culturales y locales, generando tensión en la producción, las formas de circulación y de consumo.

No obstante, la población indígena ha sostenido, hasta donde le es posible, ciertas formas que visualiza como tradicionales o propias: el hecho de que la alimentación y su forma de preparación, almacenaje, periodo de consumo, cantidad y calidad esté relacionada con los valores de lo frío y lo caliente, entre otros aspectos vinculados con el parentesco, la pertenencia, intercambios, negociaciones y representaciones sociales como componentes que dan sentido de identidad local o regional.

“Debemos resaltar que los procesos alimentarios, es decir, la comida en su más amplia acepción, constituyen un ámbito donde se despliega todo tipo de relaciones sociales… Aunque la población indígena migrante o habitante de las ciudades haya modificado sus formas de alimentación… las formas de consumo buscan reproducir patrones culturales, hábitos tales como compartir los horarios con la familia e incluso la búsqueda de alimentos que satisfagan una suerte de estómago familiar”, comentan los investigadores.

De acuerdo con la percepción de organizaciones de mujeres en la selva, los programas públicos en materia de alimentación del sexenio pasado (“La Cruzada Nacional contra el hambre” y “Canasta alimentaria del corazón”) fueron instrumentadas en las poblaciones indígenas basándose en su condición rural o urbana.

Los qato’k/mochó de Chiapas se definen como agricultores, actividad que realizan sobre todo para autoconsumo; los principales cultivos son maíz y frijol de vara. Cortesía: Museo indígena.

 

Asimismo, los autores añaden que la educación pública ha influido en los procesos alimentarios en distintos momentos y niveles, por ejemplo, una joven universitaria tseltal de Oxchuc durante su niñez aprendió en la escuela que la tierra era un recurso natural explotable, idea que diferenciaba con la forma en que su familia establecía vínculos con la milpa.

Cuando ella ingresó a la carrera se percató de la importancia del suelo y del agua, así como de los beneficios de un manejo adecuado a través de la producción local de alimentos, el uso medicinal de plantas y el reciclaje de desechos, de forma tal que revaloró los conocimientos de sus padres y dejó de considerar a la tierra como un recurso, sino como un entorno, un ambiente en el cual se habita.

Muchos jóvenes indígenas de Los Altos, entrevistados por los investigadores decidieron migrar a las ciudades debido a que sus entornos habían sido destruidos por el uso inadecuado o el abuso de sustancias para fertilizar, y debido a la escasez y empobrecimiento de los suelos pese a que las familias diversificaban sus formas de subsistencia.

Por ejemplo, para las familias ch’oles el principal medio de subsistencia era la producción de hortalizas, pero a pesar de tener conciencia del cuidado ambiental, recurrían al uso de fertilizantes y plaguicidas químicos para obtener frutos más vistosos y en menor tiempo, mencionan los investigadores.

Además, comentan que los jóvenes sabían que estos artículos eran nocivos para el ambiente y la salud, pero a pesar de que lo explicaban a sus padres, éstos continuaron utilizándolos, algo similar ocurrió en Chamula, donde los agricultores aplicaban fertilizantes, pero las familias eran conscientes de la necesidad de dar descanso a sus parcelas, por ello, en ciertas temporadas del ciclo agrícola, rentaban tierras de labrar.

También, de esas parcelas y de sus propias milpas, la mayoría de las familias consumía alimentos que provenían de sus traspatios, espacios sobre los cuales tenían control, esto es interesante para los autores, porque en las ciudades de origen zoque en la depresión central los habitantes han procurado instalar huertos urbanos para cultivar productos como el chipilín (Crotalaria longirostrata), su uso es recurrente en la elaboración de platillos tradicionales.

Los investigadores también plantearon sobre el “control de lo que se come” como categoría antropológica para explicar lo alimentario en relación con la esfera de la experiencia social de la producción, la distribución y el consumo de alimentos que generan, y a su vez son generados por relaciones desiguales.

“El control implica la capacidad de elegir y decidir lo que se come, se produce y la forma en que se distribuye; también incluye la creencia por parte de los sujetos en la superioridad de unos y la inferioridad de otros a partir del fenómeno de la alimentación y su acceso, de ahí que el control integre la inclusión y se relacione con su contraparte la exclusión”, explican los autores.

Cocina tradicional en los Altos de Chiapas. Cortesía: Claudia Garza.

Esta práctica para las mujeres de la familia Pérez Díaz, asentadas en una zona de San Cristóbal de Las Casas, originarias de Huitepec de las Flores, significa que, el control de lo que se come es la posibilidad de guisar para sus hijos, pero como trabajan fuera de sus hogares no tienen tiempo para ello.

Sin embargo, el sentido común les impone no permitir a sus hijos comer frituras, no sólo por el costo de la compra sino, porque no tienen conocimientos concretos de sus ingredientes y procesos de elaboración.

Por ejemplo, esta familia de origen tsotsil compra en ocasiones comida de los puestos de venta en la calle y no de restaurantes porque en los primeros pueden observar cómo lo sirven.

“Cuando se comía más pobre estábamos más sanos y buenos (refiriéndose a lo considerado como “pobre” por provenir del campo); y ahora que tenemos más dinero comemos diferentes cosas, pero estamos enfermos (que es el costo por vivir en la ciudad)”, expuso la señora Clara Pérez.

Otra mujer, miembro de la familia, comentó que por las tardes salen los vecinos que tienen dinero a tomarse una Coca cola afuera de su casa para que los demás vean que tienen dinero para comprar un refresco.

Lo anterior, es una forma de demostrar que tienen posibilidades económicas, también se presenta cuando hay una negación a la posibilidad de producir sus propios alimentos e ingredientes, exponen los autores.

Huerto urbano o de traspatio. Cortesía: Agricultura.

Otro caso es el que relató una vecina de la zona norte de la ciudad acerca de una mujer joven extranjera que llegó a su colonia y comenzó a hacer un huerto doméstico en su traspatio, los vecinos en su mayoría migrantes tsotsiles y tseltales, la miraron con lástima.

“La pobrecita era tan pobre que no tenía para ir a comprar a las tiendas y tenía que sembrar en su casa… antes sembrábamos en la comunidad, pero que ahora que vivimos en la ciudad ya no lo acostumbramos porque sólo la gente pobre hace eso, los que no tienen qué comer”, argumento la vecina.

Los autores explican que, en el primer caso, el control es aquello que permite a las sociedades saber la procedencia de lo que comen, en el segundo implica la capacidad económica para ampliar el repertorio de comida y el acceso a distintos bienes alimentarios.

Por otra parte, los investigadores mencionan que hay relación entre la comida y la salud/enfermedad, para los mochó tiene que ver más allá de las asociaciones a los malos espíritus.

Lo anterior, es planteado por don Luviano, curandero de Motozintla dice que el alto índice de ácido úrico y colesterol se debe a los cambios en la alimentación, de manera el rechazo a cierto tipo de comida se debe a que no se tiene control sobre su origen y las sustancias empleadas para su conservación, pero también ante los temores de que son los causantes de diversos males.

Por su parte, el director del bachillerato de Palenque argumenta que los jóvenes enfermos, entre los que considera a los homosexuales, son más visibles y numerosos en los últimos años en la ciudad porque son resultado del consumo de alimentos de origen animal inyectados con hormonas para su rápido desarrollo.

“Esta permanente preocupación por las propiedades de los alimentos, también conlleva ideas en torno al cáncer y a diversos problemas estomacales. Pero otro tipo de afecciones, como la diabetes, no se asocia a la herencia genética, a los hábitos alimentarios o al exceso del consumo de azúcar en los refrescos, sino que en las regiones de estudio se vincula con la enfermedad del susto”, comentan los investigadores.

El Pox y la Coca-Cola forma parte de los rituales en las comunidades indígenas de Chiapas. Cortesía: Jorge Villalpando C.

Alonso Bolaños, Gutiérrez Sánchez, Toledo Castro y Ledesma Domínguez, retomaron el tema del consumo de Coca Cola entre la población indígena de Chiapas, les resulta oportuno mencionar el uso medicinal del refresco, como suero para la deshidratación y para proporcionar energía a los enfermos.

Pero también grupos tsotsiles asocian al refresco con el pukuj o diablo, pues tienen la creencia de que está elaborado con sangre humana obtenida de algún hospital de San Cristóbal de Las Casas.

Otro caso que evidencia la relevancia del control de la comida para las poblaciones indígenas es el de las kiu-syi o cocineras de Nuevo Carmen Tonapac, territorio zoque del municipio de Chiapa de Corzo, al igual que especialistas de rituales zoques, estas comideras adquieren el don de cocinar a través del sueño.

Su cargo se pone a prueba durante las fiestas cuando les solicitan la preparación de platos ceremoniales, en el caso de que alguna pierda el control porque no cumplió con las expectativas de los comensales, no sirvió abundante carne de puerco a los danzantes y tamboreros, o porque la cantidad fue insuficiente, la cocinera podrá ser objeto de prácticas de brujería, y el “daño” se presenta en dolencias en el cuerpo, sobre todo en brazos y manos.

Por último, los autores mencionan otro caso complejo y de interés en torno al poder y los procesos alimentarios: el pox y los refresco, el primero fue promovido entre las comunidades de Los Altos por parte de los habitantes de San Cristóbal de Las Casas en la década de 1930 como forma de control político y económico de la zona, al tiempo en que fueron prohibidos y perseguidos los trapiches caseros.

“Décadas después el ingenio de Huixtán se consolidó como una de las industrias del aguardiente que inundó el mercado en las zonas indígenas, en particular las ch’oles del norte, que hoy en día se conoce como “el huixtán” por la producción del pox, una de las causas de este crecimiento expansivo ha sido el bajo valor con el que se puede adquirir”, finalizan los autores.

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