Tardecita veraniega
Agradeció la lluvia que había caído, por haber refrescado el clima, y también porque ella tenía la oportunidad de disfrutar esa tardecita veraniega.
Agradeció la lluvia que había caído, por haber refrescado el clima, y también porque ella tenía la oportunidad de disfrutar esa tardecita veraniega.
Escribo estas líneas con profunda gratitud en el marco del noveno aniversario de esta columna. Para mí ha sido una hermosa oportunidad de aprendizajes, de nuevas experiencias, de conocer personas, divulgar historias, crear personajes, recorrer territorios, compartir perspectivas, reflexionar sobre distintos temas y desarrollar la escritura por placer.
Las que anunciaban la lluvia eran las ranas. La primera vez que escuchó el canto de las ranas no supo identificar qué era, hasta que le dijeron.
Se detuvo con especial atención en sus ojos, le gustó encontrar en ellos ese brillo que solía recordar en cada momento emotivo, como ese día.
El paisaje de la naturaleza se había transformado. Los árboles florecían. Se deleitó la vista con las flores de mayo en diversos colores. Los árboles de flamboyant también presumían sus flores rojas y anaranjadas que hacían una hermosa combinación con el follaje verde de sus hojas.
Algunos días un poco más grises otros un tanto más soleados, llenos de ánimo y acompañados del canto de las aves, de la lluvia, del viento, pero también del silencio.
Recordó la algarabía del canto de los pájaros mientras aún percibía el olor a tierra mojada.
Mientras iba a casa pensó que el solo hecho de participar ya la hacía ganadora y que había un gran aprendizaje en esa sesión, soltar el miedo para defender su palabra, sus ideas, su trabajo y su valor y respeto como mujer artista.
No pudo evitar traer al presente la primera vez que vio a una chicharra. Era una tarde cálida de primavera, las chicharras cantaban, casi como de costumbre.